lunes, 1 de julio de 2013

“Escribir y leer para resucitar a los vivos. Notas para pensar el gesto de la lectura (y de la escritura)”.

(Publicado en Buenos Aires: Novedades Educativas, febrero, 2011, número 242, 5-8; otra versión del mismo texto fue publicada en Juana Porro (compiladora): Educación literaria. Articulación entre escuela media y universidad. CURZA, Universidad Nacional del Comahue, Viedma, 2011, 11-22 y, también, en: Walter Kohan (Comp): Devir-criança da  filosofia. Infância da educação. Belo Horizonte: Autêntica Editora. 2010, pp.17-25). 


(Fotografía: Iván Castiblanco Ramirez)


“Escribir  Leer  / Apenas suponen / A duras penas quisieran /  Resucitar a los vivos”.[1]



I

Un gesto, apenas un gesto: abrir un libro, es decir, dejar la mirada, dejarse olvidada la mirada, dejarla casi abandonada, alrededor de algo que no es tuyo y que, quizá, alguien te ha dado. Te lo ha dado, y es mejor no ver su mano, que la mano no se muestre, que la mano desista de revelarse como el origen. Pero que deje más o menos cerca, amorosamente, insistentemente, un libro, el gesto de dar la lectura, de dar a leer.

Alguien te ha dado la posibilidad de abrir un libro. Y será mejor no quedarse allí para preguntarte, para indagarte, para someterte al juicio de lo que deberías leer, de lo que deberías ser. Alguien, cuya mano está dispuesta a un convite tan simple como milenario: dar a leer. Dar a leer porque sí. Dar a leer porque alguien ha escrito algo antes. Dar a leer porque alguien ha leído antes.

Siempre alguien ha escrito y leído antes. ¿Antes de qué? De tu nacimiento, de tu cuerpo que todavía no es pero ya existe. Antes que pudieses abrir los ojos, para sonrojarte o para desolarte, ya hay alguien que escribió y que leyó algo antes. Alguien escribió algo y, quizá, sin otro motivo que el de poder leerlo, dará comienzo esa extraña tarea de encuentros y de desencuentros, de soledad y multitud, de pasividad y turbulencia.

Primero, torpemente, es decir, sin saber muy bien si lo que hay que hacer es reconocer la letra o la palabra o la voz que antecede. Luego, audazmente, como si la lectura tuviera que ver con la voracidad. “Lector, esperaba los libros. En espera del libro, lo buscaba como (perdón por decirlo así) un animal que tiene hambre”.[2] Más tarde, al final, serenamente. Porque de algún modo la serenidad te dará un lugar en la lectura.

Alguien ha escrito y leído antes. Alguien es una mano que ha escrito y otra mano te dará a leer para que tu propios brazos realicen el gesto de abrir un libro, abrirte a la lectura, provocarte una hendidura por donde pasarán, como lentas  conversaciones, palabras que no son tuyas, hilos que no son tuyos, heridas que no son tuyas, pero que podrían comenzar a serlo.

Porque: “Como lector se abre, es abierto, el abierto, como su libro está abierto, se abre como una herida está abierta, abre y se abre, se abre del todo sobre lo que la desborda del todo, y la abre”. [3]

Abrir un libro, ese gesto no es sólo la abertura del libro, no es apenas “abrir el libro”. Se abren, a la vez, posibilidades e imposibilidades, el estar presente y el ser sustraído, la musicalidad y la taciturnidad. Se abre el desconocimiento más auténtico, el único que de verdad ni sabe ni puede saber jamás: el de no saber cómo se continúa el presente, no ya hacia delante, sino a sus lados; el de ignorar la propia voluntad de saber; el de renunciar a la ya conocida y alicaída palabra siguiente.

Abrir un libro: un gesto inicial que quizá te confunda de dirección, te entorpezca la urgente felicidad a la que te convoca este apurado mundo, te quite del tiempo destemplado al que te llaman insistentemente apenas para humillarte, para destituirte, para ofenderte. Un gesto que es acaso contrario a la muerte, aún cuando te ciegues, te endurezcas, te ofusques con la doble letra del mundo retratado en la escritura. Doble letra, doble palabra, doble fragmento o quizá más aún: tu palabra ahora no importa, las palabras de orden tampoco, pero están allí, disputando uno a uno el recorrido de tus ojos sobre la lectura. ¿Qué elegirás? ¿La palabra brutal pero ya encarnada? ¿O la palabra fácilmente amorosa que sólo da y recibe hipocresía?
Al menos algo podrás elegir. Algo que, incluso, no entenderás. O que, al entenderlo, volverá a huir o a perderse. Como si las palabras en la lectura no se detuvieran en tu memoria, sino que saltasen de hoja en hoja, de libro en libro. Quizá en la escritura te parezcan estatuas. Pero en la lectura, esas mismas palabras, son danzantes, extraños torbellinos que no arrasan: danzan.

Algo podrás elegir, aunque nadie sepa cuándo, ni estemos allí para hablar de ello, para averiguarlo. Tal vez lo que elijas sea poder abrir un nuevo libro sin que nadie te lo diga, o sin que nadie te lo de. Tal vez lo que elijas esté fuera de la lectura y de la escritura. Pero si estuviera dentro de la lectura y de la escritura, es decir, si siguiera ese camino carente de dirección pero camino en sí, quién dice alguna vez serás esa mano que impida que el gesto de dar a leer se acabe, como ya se han acabado en cierto modo la desmesura del silencio y el privilegio de la amistad.     

Así, abrir un libro es un gesto que continúa el mundo, que lo trasmite, que lo hace perdurar. Leer, entonces, tendrá que ver con una suerte de salvación –pequeña y nada ostentosa- de un mundo anterior. No apenas resucita a los desahuciados vivos del ahora, sino que lo hace a partir de palabras del ayer.   


II

¿Cual mano te dará a leer? Cualquier mano. Toda mano es capaz de dar, sin siquiera mostrar el movimiento de “dar”, sin siquiera pronunciar su nombre, ni el nombre de nada, a no ser el nombre de quien ha escrito antes, si quisieras saberlo. La mano es anterior a la primera palabra que estás por pronunciar. La mano es pura ausencia cuando esa palabra queda dicha.  

Se trata de cualquier mano que, inclusive, ni siquiera ha puesto su mirada en lo que te dio. Porque pensó, sintió, hizo, que eso que te ha dado no necesite de su autoría, no sea de su propiedad, no tenga autoridad. Quitar la autoridad de lo dado, sí. Para que lo dado sea heredado, sin que se advierta la gravedad o la impureza del dar. Para que dar, dar como sustantivo, no como verbo, sea desmesurado e ínfimo a la vez.
Porque la mano debe partir apenas dejado el libro, debe retirarse para poder dejar. Si se queda allí, si se vuelve mano que insiste, ya el gesto se transforma en dominio, en desdichada persuasión. La mano que queda al dejar, no deja, se vuelve mezquindad.

Dar es dejar, no es abandonar. No se abandona lo que se deja. Lo que se deja es una curiosa sensación de dar. Y la conjugación está en la punta de la lengua: dar lo dejado. Nunca debería decir: dejar de dar. Dejar de dar es ya estar tieso, ser incapaz de gesto alguno, incapacidad de donar, de estirar la mano más allá de tus narices. Dejar de dar es como la muerte. Muerte que siempre es propia, que no se da ni se deja.

¿Pero qué es lo que se te puede dejar, con el riesgo que no lo tomes, que seas indiferente, que lo desprecies? ¿Qué es lo que se deja y que corre el peligro, también, de ser algo diferente en tus manos, de no ser exactamente idéntico, de ser siempre otra cosa que lo que te fue dado?  

Se te deja una letra, una palabra, un fragmento, cientos de fragmentos, una voz que convierte la lengua en una sensación del mundo. No, no dejes que eso que te den sea una concepción del mundo. No dejes que te obliguen a repetir una concepción del mundo. Pide, eso sí, que te den una sensación del mundo. Una sensación del mundo, lo que es decir: un infinito de sensaciones del mundo. Porque leer es una sensación del mundo que se dejó escribir en un gesto indescifrable. No descifres ese gesto, no. Más vale abandonarlo y abandonarse en su misterio. Ninguna sensación puede ser una cifra, es un movimiento: saltos, tropezones, virajes, encrucijadas, verdades a prueba de milagros, milagros que se cuecen sin verdades a la vista. 

De ese modo lo escribía y lo repetía insistentemente la poetisa rusa Marina Tsvietáieva: “Yo no tengo una concepción del mundo. Yo tengo una sensación del mundo”. [4]

Y es que parece que aquí no hay otra cosa que la presencia exagerada del concepto, es decir, el no poder balbucear, murmurar, sino fijar, decidir. Te preguntarán: ¿Qué piensas de todo? Te obligarán a responder: ¿Qué opinas del aquí y del allá? Y cuando intentes dar tus sensaciones, cuando quieras detenerte en la ambigüedad de cada palabra, te dirán que ya no hay tiempo. Eso es el concepto: la inexcusable falta de palabras ante la repetida ausencia de tiempo.
Tener una sensación del mundo quiere decir, apenas, que se piensa con el cuerpo. El concepto es la distancia que se establece entre tu cuerpo y el mundo. Leer, tal vez, sea el modo más sentido de volver a abrir tu cuerpo en medio del universo.  


III

Esa mano te deja algo que te indica, que te sugiere, que allí mismo, en ese gesto de abrir un libro tal vez habrá algo, algo que es ni tuyo ni de esa mano, un libro, cualquier libro, que pudiera desnudarte o, al menos, darte a ver la misteriosa desnudez de lo humano.

Ese gesto te deja, también, solo, a solas. En algún momento tendrás que estar solo. No siempre habrá que estar sostenido por la mano del doble gesto de escribir y de leer. En algún momento, habrás de ser ojos-letra, mirada-búho, callejón sin entrada, aire de aridez. Gesto sólo. Lector sólo. Escritor sólo. Soledad sola.

Porque: “El libro es la ausencia del mundo. A la ausencia del mundo que es el libro se suma esa ausencia del mundo que es la soledad. El lector está dos veces solo. Solo como lector, está sin el mundo (…)”. [5]

Ese mundo ya no está. Ese mundo de lo que es inmediatamente tan urgente como innecesario, tan enfático como pueril, tan acuciante como sinsentido se ha caído en el abismo de la lectura. Y en la lectura se vuelve a perder. Ya no hay mundo. Ya no hay ese mundo. Hay, eso sí, soledad que arropa y desierta; soledad porque se trata de un gesto que no ves. El libro ya está abierto. No hay nadie más, no hay nada más. Incluso el libro no es, no está, no permanece en la lectura.

Porque: “La atención provocada por la lectura del libro (…) se emancipa del libro. El libro cae (…). El libro ha desaparecido. El mundo no ha regresado”. [6]

Y es que la escritura anterior a tu lectura, ya fue ella misma solitaria soledad. Soledad no de creación, sino de palabras que no regresan. Soledad no ya del autor que vacila, sino más bien de vacuidad de la lengua. Aún en esa escritura, ya hay algo que no sucede, ya hay algo que no se escribe. También en la escritura hay dos veces soledad.

La escritura, así, como sustantivo, es algo que no ha ocurrido ni ocurrirá jamás. Su inexplicable, bella y obsesiva persistencia, no es más que una prueba de ello. Si fuera posible la escritura, ya estaría escrita. Pero, en realidad, la escritura se derrama, se esfuma, es fantasma.

Porque:
“Escribir tendrá que ver
con algo que no ocurre
ni ocurrirá jamás

Porque
el punto final es tan absurdo
como lo es cualquier vacilación
que comienza vocálica
y acaba padeciendo
por exceso de fe

Y la grieta entre
lo escrito y por escribir
no es que sea más extensa
sino que es
cada vez más grieta

Además
todo podría perderse
un mal día

Escribir
podría ser negarse a ese día

O bien
a esfumarse con él”. [7]


IV

Pero: ¿Cualquier fragmento, en cualquier libro?

Sí, cualquiera.
Un fragmento en un libro es otra vida en otro tiempo en otro lugar. Ese libro es cualquiera, porque cualquiera es el tiempo, cualquiera el lugar, cualquiera puede ser la vida de cualquiera.

Sí, cualquier libro. Por ejemplo los muy subrayados, los muy arrugados,  los muy abiertos. O los nunca abiertos. O los libros que se esconden y hay que salir a buscarlos. O los que insisten en ser única lectura. O los que te confinan a una hora que no comienza ni termina, porque te ofrece la inexplicable sensación del durante, de la duración sin hora, de esa hora intrigante del sin antes y sin después. 

No, cualquier libro, no. Es que no todo puede ser libro, aún cuando vista ese ropaje. Puede haber letras, puede también haber precisión de orfebre, pero no haber gesto. Puede comenzar con un ademán sí,  pero enseguida acabarse, diluirse en una trampa mortal de quien ha escrito no para que leas, sino para que seas un rehén sin voz. Puede que no toda palabra quede impresa en tus oídos. Puede que ese libro no sea sino un fuego de artificio. Que te prometa felicidad, destino, conquista, la absurda negación de la muerte que no es, sino, la igualmente absurda imposibilidad de afirmar la vida.  

Hay libros que no, que no son gesto sino condena; libros que sólo quieren dejarte allí donde estás, preso de tu prisión, huérfano de otras vidas. Libros escritos, sí, pero sosos, indigentes.

Leer es un gesto que algún día sabrá reconocer porqué hay libros que sí, porqué hay libros que no. Igual que con las palabras sueltas: si te gusta “amor”, no te gusta “infamia”, si te gusta “rosa”, no te gusta “industria”, si te gusta “viento”, no te gusta “ambición”. 

¿Gustar? ¿Qué quiere decir gustar en ese gesto de abrir un libro?

La lectura reconoce sus sabores. De a poco. Despaciosamente. Al principio, no sabe: pero huele. Huele la nariz dentro del libro, huele el movimiento de las páginas, huele ese olor misterioso de lo que se comprende y no se comprende a la vez. Y se aspira el vendaval de la escritura. Se huele, se sabe reconocer ese olor como un olor desconocido, entonces se aspira la ternura de una bienvenida y la aspereza del adiós.


(Fotografía: Pequod Libros). 

Después, entre la humedad de los ojos y la vigilia del tiempo, comienza a probarse, a palparse, a recorrerse el libro. Algunas palabras saben a memoria de amistad; otras, al ahogo de la promesa recién pronunciada. En otras palabras hay sabor a abuelas y a patios y a amores que sí y que no, se huele a gotas de lluvia fría y a dolores casi siempre extranjeros. 

El gesto es: abrir un libro. No hay segundo gesto. En principio, no hay segundo gesto, no. Lo segundo no es gesto, es sabor. Pero aún hay que quedarse en el primer gesto. Porque no se ve demasiado. Porque insistimos en que otro lea y no hacemos el gesto nosotros mismos. No lo hacemos.

Sin primer gesto, sin dejar de dar, no hay escritura, no hay lectura. Porque el primer gesto es abertura y detención, pausa, pausa, muchas pausas.

¿Pausas de qué?

Del vértigo que es un gesto de la desesperación por precipitarnos a la muerte.
De la celeridad que es un gesto cansado de sí mismo.
Del torbellino que es un gesto que no reconoce ni su pasado, ni su porvenir.
Del atolondramiento que es un gesto inexacto en un camino imposible.
De la prisa que es un gesto que ni viene ni va, que ha perdido no el rumbo, sino sus pies.
Y del barullo, del tumulto, del griterío, que no son gestos sino ademanes absurdos, irreconocibles.


V

El gesto es, siempre: abrir un libro. Ese gesto es: la caricia, sí; la memoria, sí; el deslizamiento ni hacia demasiado fuera, ni hacia demasiado dentro; el sonido, sí; el ritmo, sí; la voz, sobre todo, la voz.  La voz que cada uno habrá de ser.

Es un gesto que abre un espacio algo más tibio y más hondo que la pronunciación; más suave y más largo que la presencia del silencio; más alto y más indisciplinado que la puntuación.

Es, un gesto, sí, un gesto. Se hace con la mano, pero sobre todo con el rostro. Y una vez que allí está, en el rostro, todo ocurre descompasadamente: tal vez, llorar, porque algo-alguien se ha muerto allí donde la mirada no puede dejar de ver; quizá, reír, porque algo-alguien se ha disfrazado o caído en el abismo del absurdo; callar, porque algo-alguien habla; escapar, porque el laberinto no te da respiro y porque es demasiada la noche de lo que allí está escrito.

¿Algo, alguien?

Algo-alguien que no fuiste ni serás, ni podrás ni querrás, tal vez, ser. Y sin embargo, en esa distancia que no es lejanía; en esa proximidad que es prójima, hay conmoción, hay intimidad, hay deseo de ser otro, hay pasado que es presente, hay presente presente, hay destinos a borbotones.
El gesto seguirá siendo, siempre, abrir un libro.
Quizá para cerrarlo.
Quizá para guardarlo.
Quizá para volver a darlo.
Quizá para releerlo.
Quizá para perderlo.
Quizá para no encontrarse.

Es un gesto porque está en la mano, está en el rostro, pero más aún en los ojos.

Y son los ojos los que traducen, los que conducen las historias hacia la interioridad del cuerpo. Y por que no hay ojos iguales, es que hay cuerpos distintos.

Y el gesto, el primero, el de abrir un libro es, antes que nada, un gesto sensorial: se abre un libro y a la vez se abren los párpados, sí, los párpados. Y luego se abre la boca sorprendida o amenazada. Una mano te ha dado un libro y ahora tu cuerpo es la sensación de leer, no es otra cosa, no, sino la sensación de leer que está en el cuerpo. 

Y el cuerpo comienza en los ojos. En los ojos que miran.

¿Los ojos miran qué?  
No, no miran, son mirados. Son mirados sin prisa, sin ostentación, pero sin respiro. No te dicen cómo hay que mirar, pero te soplan al oído qué es lo que quieren que mires. ¿Sería mejor no hacerlo? ¿No indicarte, no sugerirte, no desearte qué mirar? No, más vale enseñar. Enseñar como indicación, como signo que apunta hacia alguna parte. Enseñar el modo en que elijas ser mirado por otros otros.

Ojos mirados por niños prodigios, mensajeros sin rumbo, débiles hombres enamorados de mujeres huidizas, abuelos que ya no se recuerdan a sí mimos pero aún aman el tiempo en que ello, tal vez, ocurrió; muchachas en pie de guerra y a los pies del deseo; escribientes que preferirían no hacerlo; ciegos de bastón y ciegos de furia; la insistencia persistencia de la infancia.

Ojos mirados por poblados de nombres imposibles, por páramos, acantilados, edificios en ruinas, océanos que no van ni vuelven, laberintos, encrucijadas, lugares próximos que al cerrar el libro se vuelven ajenos, inalcanzables.

Ojos mirados por la guerra, la decrepitud, el asombro de un abrazo, el abandono, los celos, la amargura, el infinito, la lluvia que nunca dejará de replegarse, el tiempo inventado en otro tiempo, el uno que es siempre otro, el otro que es siempre otro y otro más, y otro más.

Porque: “Toda palabra designa al otro. De entrada, una palabra altera, produce todas las alteraciones, contemporiza con el prójimo, provoca alteridad. El movimiento que nombra al otro altera. El movimiento que nombra al otro altera ese movimiento y al otro”.  [8]

Ojos mirados, incluso, por todo aquello que no tendrá nombre pero que podrá, algún día, decirse con tu propia voz, a tu vez, en tu ritmo, con esas palabras que sólo nacen si se encarnan, si están encarnadas, deshuesadas, decididas.

Y entonces sí.

Ahora que el universo ha entrado por tus ojos (¿de qué otro modo más bello podrías ser mirado?),  ahora sí, los ojos miran su propio tiempo, su propio espacio. No cotejan, miran. No se desilusionan, miran. No conceptualizan, miran. 

Pero: ¿habrá que decidir entre el libro y el mundo? ¿Habrá que dejar el libro para estar en el mundo? ¿Habrá que abandonar cualquier pretensión de mundo para quedarse en el libro?

“Pues el libro es un mundo en falta. Quien lee a libro abierto lee a mundo cerrado”. [9]

Abrir un libro. Ese gesto tan ínfimo, tan mínimo, que su ausencia no se ve, que su falta no parece ser. No abrir un libro pasa desapercibido, pasa a través de la nadería, pasa y se va y ya casi no se recuerda.


VI

Antes, mucho antes de hacer el gesto, de dar a leer, de dejar un libro, escucho la temible y terrible afirmación. El niño no entiende, es inútil el gesto. Ser niño supone no entender. ¿Los niños no entienden lo que hay un libro? ¿Que es mejor que lean después, más tarde, más adelante, nunca? 

“Pienso en los libros. ¡Cómo entiendo ahora a los ‘estúpidos adultos’ que no dan a leer a los niños sus libros de adultos! Hasta hace muy poco me indignaba su suficiencia: ‘los niños no lo entienden’, ‘es pronto para los niños’, ‘cuando crezcan lo descubrirán’. ¿Los niños no lo entienden? ¡Los niños entienden demasiado!”. [10]

Ya sé: me dirás que qué esos ojos no ven, que esos ojos no pueden ver.  Eso no cambia las cosas. No cambia el gesto. Cambia, apenas, el modo en que la mano, siempre oculta, siempre casi ausente, dará a leer. 

¿Que esos oídos no escuchan, no pueden escuchar? Eso no cambia las cosas. Porque el libro que se da a través de la mano que desaparece, es una mano que entonces deberá enseñar, enseñará en señas.

¿Qué ese cuerpo no se mueve, que está inmóvil? Eso no cambia las cosas. Habrá que aproximarse, habrá que lograr que la mano tense un poco más su movimiento. Y habrá que retirarla, tal vez, más rápido. 

No habrá que buscar excusas, porque el gesto es único pero no es uno solo. Habrá que diseminar el gesto, mulitplicarlo no por sí mismo, sino por sus variedades, sus variaciones: el gesto de la mano que escribe, el gesto de dar a leer, el gesto de dejar leer, el gesto de leer, el gesto de abrir un libro.

Leer es un gesto que apenas supone, a duras penas quisiera resucitar a los vivos.

¿El gesto para qué?

Para no olvidarse de lo humano.
Para que lo humano no se niegue a lo humano.
Para no olvidar que estamos vivos.





[1] Carlos Skliar. Hilos después. Buenos Aires: Mármol-Izquierdo Editores, 2009.
[2] Pascal Quignard. El lector. Cuatro Ediciones, Valladolid, 2008, pág. 58.
[3] Ibídem, pp 53-54.
[4] Marina Tsvietáieva. Confesiones. Vivir en el fuego. Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2008, pág. 437.
[5] Pascal Quignard, ob. Cit., pág. 40.
[6] Ibídem, pág. 41.
[7] Carlos Skliar, ibídem, pág. 66.
[8] Pascal Quignard, ob. Cit., pág. 56.
[9] Ibídem, pág. 78.
[10] Marina Tsvietáieva, ob. Cit, pág, 81. 


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