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viernes, 2 de agosto de 2013

"Marina, el ahorcarse, los poemas".

(Marina Tsvietáieva)
Marina se ahogó una vez sola. Y fue suficiente. Dejó una carta, una carta que viene de lejos, una carta que se parece a un ciprés, o a un alerce, o a un sauce, pero no a un roble. Decía: tengo miedo ¿qué otra cosa me queda? Se sentía agraviada, ensangrentada. Le habían arrancado su pasión más fuerte: la justicia. Era incapaz del dinero y de la fama: eso era para los poetas débiles, inexistentes. La imposibilidad de hacer o de sentirlo todo de otra manera: “hay que estar muerto para preferir el dinero”. Y todo llegará en el equinoccio de la primavera. Su hijo, tan hijo, tan pequeño, se va la guerra, escruta el cielo de los bombardeos. El carácter de Marina se torna humor infame, pesimista, dolor suicida. Le proponen un cargo de educadora: “no soy capaz de ello”. Ruega para que le den un trabajo como lavaplatos. Ya advierte su propio desenlace: se imagina a la perfección el día que dejará de escribir poemas. “Esa historia con los versos sería mi primer paso hacia la no-existencia”. No existir: ni escribir, ni amar ¿quién sobrevive? La vida es más compleja que un querer o un no quiero. Piensa en la muerte y no le alcanza ni la razón ni la pluma. Se hiere y escribe: “La herida: un hoyito pequeñito a través del cual se va la Vida”. Suplica por su hijo, lo demás es ahorcarse. Encarga a sus hermanas un baúl con libretas llenas de poemas escritos a mano y un paquete con textos en prosa. No puede más, suplica perdones. La vida es un callejón sin salida al que no se entra, se cae. “Mi madre se suicidó” –escribe Mur, su hijo-. Y mientras lee la última carta, encuentra en medio un verso suyo de octubre de 1940: “Y mis cenizas serán más calientes que la vida de ellos”.    

miércoles, 24 de julio de 2013

"Anna, en tres arrugas".


Casi al mismo tiempo en que mis abuelos emprendían su inevitable travesía hacia América, Anna era arrancada y arrastrada por una inválida y absurda proclamación de justicia hasta una oscura región de vientos, convulsos e interminables, en nombre de otro exilio: el exilio del cuerpo, el desgarro de quedarse a solas, sola de soledad impropia, el encierro de una voz pequeña que, entonces, sólo podría curvarse hacia dentro, hacia la patria del silencio, como única confesión posible.

Cuando supo que venían a buscarla, Anna dejó a su hijo de un año y siete meses al cuidado de su ama de llaves, miró hacia los lados para guardarse algunos pocos detalles –la lámpara todavía encendida, los libros con su lomo hacia dentro, los papeles que no pudo ocultar a tiempo-, bajó la cabeza casi hasta los pies –el abatimiento es eso: una espina dorsal ya sin huesos- y arrastró su caminar hacia la salida del hotel donde vivía.

Unos segundos cuyo peso era equivalente al paso de tres siglos de zares; unos segundos que la envejecieron como si se hubiera expuesto a una humillación definitiva; unos segundos metálicos, como de trescientas sesenta y cinco batidas ingrávidas del corazón, de setecientos treinta dolores de muelas, de mil cuatrocientas sesenta irritaciones truncas en el cerebro.

Los agentes que vienen a buscar gentes para llevarlas a prisión son todos iguales: más oscuros que la noche de un vejamen, más densos que la niebla, más indignos que el hambre, más necios aún que la justificación de su necedad. Hablan, pero no necesitan decir nada: su presencia es ya esa única frase que de algún modo el terror ha escuchado antes. 

Llegan a la cita con la puntualidad de la muerte, se ríen porque sienten placer por la infamia y la desgracia les es ajena. A veces llevan un papel doblado para dar formalidad a su atropello y fuman en las puertas de las casas como una muestra de su perversa masculinidad. 

Quienes vinieron a buscar a Anna eran exactamente así: crueles en el silencio, absurdamente recios, ocultando los ojos detrás de unas gafas baratas y sucias. Anna no los miró pero los recordó para siempre, como se recuerda al infausto autor de un genocidio, como se recuerda la causa de una  lágrima infinita, como nunca es posible olvidar la tormenta que desvía el alma hacia un resguardo vano.

¿Cómo se puede caminar hacia el sitio incógnito y absurdo del confinamiento, del hastío y de la inmundicia? ¿Qué orden es capaz de dar una mente exhausta a sus propios pies vencidos?

La tensión de esos pasos quedó para siempre marcada en la piel de la frente Anna; una frente hasta aquí sin pliegues y que ahora dejaba ver tres arrugas: la arruga del esposo asesinado, la arruga del hijo a quien no volvería a ver sino veinte años más tarde y la arruga para ella reservada. 

Tres arrugas como un alambre de púa, como una separación cortante, como la definitiva descomposición de una vida en tres irremediables pérdidas.

En agosto de 1937, tiempo después de haber pasado por abominables torturas, Anna escribió en el aire e inscribió en su memoria estos versos que sólo ahora conocemos:

“Bajo las cejas, espesas como arbustos /
brilla una mirada sombría /
Sobre la ancha frente, puentes de arrugas
como una sentencia de muerte”. 


martes, 16 de julio de 2013

"Marina Tsvietáieva. Un 'do agudo' entre la vida y de la muerte".

(Publicado en Esto no es una Revistanúmero 17, diciembre de 2011.  http://www.estonoesunarevista.com.ar/nro017/escritos.html#escritos02). 


(Fotografía tomada de: http://lamecanicaceleste.wordpress.com). 

Quizá fue en una tarde plomiza, con un viento herido aullando entre los bosques, cuando Marina Tsvietáieva -esa poetisa sin paz y sin remedio- tomó la decisión final de la soga en el cuello, que no es cualquier decisión.

Es cierto que la vida no puede leerse apenas a partir de la forma que asume la muerte, pero una muerte que se toma con las propias manos podría decir algo acerca de los últimos instantes de una existencia instalada en el centro del fuego. Una despedida anunciada, una disculpa casi sin voz: “A mí perdónenme – no pude más”, escribe a sus hermanas. “Perdóname, pero en adelante habría sido todo peor. Estoy gravemente enferma, esto ya no soy yo”, le escribe a su hijo Mur en lo que fuera la última de las cartas de Marina.

La escritora se suicidó el 31 de agosto de 1941 en Elábuga, esa última aldea de exilio y de frontera entre la vida y la muerte, rodeada –según relata su hijo- por la estupidez, la fealdad, la mugre, la desesperación. Sin embargo, ya había preanunciado su muerte desde hacía muchísimo tiempo. Por ejemplo en 1908, cuando expresa su deseo de suicidarse (¿metafóricamente?) durante la representación teatral de L'Aiglon. O el 13 de mayo de 1918  cuando escribe: 'Toma, cariño, mis harapos / que fueron un dulce cuerpo. Lo he destrozado, lo he gastado / sólo quedan las dos alas (…)”.  O también durante 1919, cuando sabe que ya ha dejado de escribir versos e intuye que pronto dejará de amar. Una existencia de hoguera, de extrema pasión y de aguda percepción, no puede sino estar expuesta al límite más voraz de lo cotidiano, a la rugosidad abrupta del tiempo, al borde mismo de una vida sentida y padecida como abismo inexorable sobre el que se pone de pié una y otra vez el amor y la escritura.

El amor (mejor dicho: el amar) y la poesía (mejor aún: el escribir) pueden ser las formas más nítidas que revelen su biografía. Si se ama y se escriben versos la vida continúa, la vida es ese durante de la duración del tiempo  porque allí se mueven el ritmo, la pasión y la hondura de la respiración humana. Pero si un buen o un mal día se deja de escribir y, enseguida, de amar ¿qué queda de la vida, qué hay en la vida?

En el caso de Marina quizá se trata de un escabroso y definitivo hartazgo existencial y de época: la humillación por no tener donde vivir ni donde apoyar sus pocas cosas; las angustiantes solicitudes, sin respuesta, para realizar cualquier trabajo; la lejana prisión de su siempre-marido Sérguei; el destierro incógnito de su hija Ariadna; la incomprensión ya definitiva acerca de los rumbos de la política soviética; el acecho mortífero de la ocupación nazista; en fin, toda una geografía apenas iluminada por la necesidad imperiosa de un cadalso propio.

A setenta años de su suicidio la memoria nítida sobre su escritura y sobre su vida parece haber llegado demasiado tarde para tanto amor y tanta escritura, ese  desconsuelo permanente y final que casi siempre acompaña a esos escritores casi no leídos en su propio tiempo.

El hecho que hoy conozcamos su poesía, su prosa, su epistolario, en síntesis, que sepamos algo parecido a su intimidad, no borra con una supuesta  familiaridad tanta soledad bestial, tanta intensidad ahogada, tanta voluntad de existencia y tanto desapego final. Así como tampoco oscurece o apacigua toda la tensión apabullante que transmite una vida puesta en una escena brutalmente real: como si la luz de este teatro hubiera iluminado malamente los fragmentos de su vida, como si el guión hubiera sido escrito por una pluma ensañada con más y más tragedia. Pero, también, con más y más lucidez: “¿Qué quería decir el poeta con estos veros? Pues justamente lo que dijo. No explico, encomio; no demuestro, muestro (…)”.

¿Qué escoger para un retrato de Marina? ¿A qué escena prestarle más atención? ¿A los sonidos y ritmos de una poesía nueva atada a la sangre de su corazón? ¿A la amorosidad de una grieta que se abría ante cada una y cualquiera de aquellos que deseaban habitar su vida? ¿A la desgarradora muerte por inanición de su otra hija, Irina? ¿A esa voz insistente que deseaba más que nada ser oída, ser leída, ser querida? ¿A los sucesivos exilios exteriores e interiores? ¿A esa sabiduría puntillosa y universal que asomaba en cada cortejo y cada consejo de su múltiple e inagotable correspondencia?  

De escritura intensa y larga, abundante, fecunda, sonora, Marina dejaba todo en el texto: “se volvía sorda y ciega a todo lo que no fuera su manuscrito”, relata su hija Ariadna.  Escribía bien temprano por la mañana, donde los únicos sonidos son los del cuerpo que se despierta y nace y, con ellos, la transparencia de la mirada y de la piel dispuesta a percibir el mundo, con la cabeza fresca y el estómago vacío. El mundo se percibe, nos dirá, no se conceptualiza.

En su poética hay, sobre todo, ritmo, palabra cantada, un alma de poeta que sólo puede estar al servicio de sí misma o de otro poeta. No es una poesía de novedad, sino de autenticidad. Por ello Marina no creía demasiado en las formas “salvo bajo la forma de un cascarón roto o de un difunto de tres días”. La poesía no es una forma, entonces, sino la fuerza de lo que está vivo o de lo que se puede y se deja revivir a través de la escritura. Y esa fuerza de lo vivo, más allá de las formas, no es otra cosa que la voz. En Marina la voz no se busca, no se investiga, no es un artificio sobre el cual acomodarse. Es una voz que se sigue a sí misma, se acompaña como el sonido de la sombra de la existencia. El carácter extremo de su voz llevó a Anna Ajmátova a decir que: “Mariana comienza con frecuencia un poema con un do agudo”.  

Y será ese do agudo el que resonará más allá de su cuerpo y de su existencia. Será ese do agudo el que nos siga hablando y escribiendo. Solo la lectura salvará a Marina de otra soga al cuello: la de una nueva indiferencia, la de un tan poderoso como indigno silencio.    

Referencias.
Brodsky, Joseph. Menos que uno. Ensayos escogidos. Madrid: Ediciones Siruela, 2007.

Efron, Ariadna. Marina Tsvetáieva, mi madre. Barcelona: Circe Ediciones, 2009.

Tsvietáieva, Marina. Cazador de Ratas. Buenos Aires: Paradiso Ediciones, 2007.

Tsvietáieva, Marina. Una dedicatoria. México: Editora Universidad Iberoamericana, 2007.

Tsvietáieva, Marina. Confesiones. Vivir en el fuego. Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2008.