viernes, 27 de septiembre de 2013

"Elena a las siete de la tarde".






Eran las siete de la tarde. Elena y sus padres se sentaban en unas sillas de madera y paja, callados, paralelos, mirando hasta donde la vista es capaz de llegar, quizá hacia la deriva del día en su paulatina conversión en noche. En ese instante todo sucedía como si nada sucediera. En verdad, todo sucedía como cayéndose, pero sin vértigo. Caía la tarde, caían los brazos, caía la vigilia, caían las palabras. 

Y sin embargo. 

Llegaban en grupos, de a poco, como una tropa de viento y de destreza, trazando una huella amarilla en el cielo que ya no era azul ni todavía  negro. Se agrupaban como niños. O como racimos de flores. Eran cientos, miles. Los pájaros llegaban a la casa por su comida. Llamaban con su ordenada templanza a Elena, la convocaban a través de una melodía suave y multitudinaria. Eran miles, miles de aves que todos los días, a las siete de la tarde, se apoyaban sobre los cables tendidos de la electricidad que bordeaban la parte anterior del patio. 

Un pentagrama de alas.

Elena caminaba con lentitud hasta un pequeño cuarto donde preparaba sin prisas el balde de aluminio con el alimento. Cuando ella se acercaba había siempre una desbandada. Cuando se alejaba todos los pájaros volvían a su sitio de canto y hambre. La adoración y el respeto eran mutuos. 

Elena esparcía sobre el suelo las semillas de negrillo. Parecía que regaba la tierra. Era el momento en que los tres entraban a la casa para preparar su cena: una bolsa de papas, siempre una bolsa de papas. 

Elena permanecía un instante cerca de una ventana para mirar el descenso de los pájaros hacia la comida. Abría los ojos como quien abre la boca, atónita, y así se quedaba unos segundos, sin parpadear, sin distracciones, anonadada. Se conmovía con esa nube de plumas, con ese torbellino de gorjeos. 

La huída de los pájaros era inmediata. Si no fuera porque regresarían cada día a la misma hora esa partida era trágica. Como cuando una presencia se vuelve ausencia, aunque resulte imposible. Parecía no haber ocurrido. Nunca. Como si la belleza no fuese más que el movimiento fugaz de una imagen siempre inasible.  

Elena vivía el resto de sus días extrañando a los pájaros amarillos. Y los soñaba con tanta ternura que, pensaba, había sido capaz de hacerlos regresar al día siguiente, a la misma hora. 

Las siete de la tarde.    

martes, 24 de septiembre de 2013

"Épocas".


(Fotografía: Gustavo Peralta). 


Ese martes escuché un hombre cuya voz me atrajo la atención - no podía verlo bien, estaba de espalda, parecía joven, con cabellos recién blancos y un acento que mezclaba, sin esfuerzos, el francés y el castellano-. Era una voz grave, que se sobreponía a las demás voces, incluso las de las mesas más alejadas, pero no de una sonoridad alta, aparatosa, soberbia, sino más bien convincente, una voz que gesticulaba, matizaba, acariciaba. 

Estaba sentado junto a otro hombre y a una mujer, quizá de su misma edad, quizá su mujer y un amigo de la infancia. Sobre la mesa había un par de libros –no estaba seguro, parecía algo referido al mito del individuo y otro al Che Guevara- y conversaban sobre la época, sobre esta época. 

Me quedaba claro que, con diferencias, todos estaban indignados por algo: que la ruina de la política, que los niños obesos, que la servidumbre ante las tecnologías, que los individuos-nadie, que las personas-nada, que la física inservible, que ya está todo arrasado, que si es posible reaccionar o no cabe otra cosa que volvernos reaccionarios.         

Agudicé mis oídos. La voz del hombre me fascinaba. Su modulación ascendía y descendía, se asomaba y callaba, comenzaba cada frase con un sí, justo cuando otro la terminaba. Como si sus palabras se encendieran sobre las otras, y la conversación no tuviera autoría, sino fuego. Recordé a Clarice Lispector: todo en el mundo comenzó con sí.   

Quien yo suponía era un amigo contaba que se sentía humillado por algo. Remarcaba esa palabra, la acentuaba, la sufría. 

- Es una época humillante- concluyó. 

- Es una época humillante y perezosa- completó la mujer, con una tonalidad aún más tierna y más francesa. 

- Grosera- dijo el hombre de la voz templada- Es una época grosera. 

Yo anotaba. En una línea de mi cuaderno escribí: humillante, perezosa, grosera. Como si me dictaran.  

Humillante, pensé. Sí. Y fui detrás de ese pensamiento. Lo más adentro que pude. Como si necesitara quitarme de mi modorra y dejar esa idea circulando por la punta de su lengua. Humillante, sí.   

Y pensé, desatadamente. 

Por las calles de la ciudad sólo transitan horrendos monosílabos. Parece que siempre llueve, con esas gotas que empujan hacia el piso. Los paseantes no pasean, deambulan, y se saludan como si fuera el último instante de sus vidas.   ¿Por qué la humillación de arriba abajo y de abajo hacia todas partes? ¿Qué hemos hecho, de qué se nos acusa para que la humillación sea la respuesta frecuente? Que no somos lo que deberíamos ser, aunque lo que deberíamos ser nunca está claro: siempre es otra cosa que la que creíamos. Hay un equívoco tan doloroso, pensaba: ser tan dóciles, tan quietos, a lo que se nos dice sobre lo que deberíamos ser y luego ser tan torpes, tan callados, cuando se nos quita el tapete, el lenguaje, el mundo. Nos hacen sentir como los primeros y únicos culpables. Los humilladores nunca se sienten responsables por nada ni por nadie. “Yo no tengo nada que ver con eso”. La pretensión del ser ahora confundida con la falsificación del poseer. Una vida que sólo va de compras. Si todo se midiese así: ¿cómo apreciar la calle en declive, sin nada a la vista? ¿Cómo medir una arena que nunca es la misma? ¿Qué boca abrir ante un río naciente en bosques abiertos? ¿Cómo escuchar la música que sólo se toca una vez? ¿Cómo percibir esa lágrima inadvertida? Luego nos hablan en un idioma incomprensible: el sé tu mismo, que uno mismo es la solución de uno mismo, que el hay que reconvertirse, reinventarse: haz de cambiar tu vida. Y la peor humillación es que aceptamos esas palabras con rostros cada vez menos rostros, cada vez más funestos, cada vez más aciagos. 

Pensé, por ejemplo, en la esquina de mi casa: allí, de pie, con frío, con hambre, todos juntos, los miserables del barrio. Era cuestión de hacer un par de metros y que ya no se veían. Curiosa ciencia la de creer que lo que no se ve, lo que no quiere verse, no es, ni existe. Y pensé en ese anciano ciego e indigente que todas las tardes vocifera su tragedia a los cuatro vientos y pide piedad y monedas. La mayor parte de la gente que pasa cierra sus ojos para no verlo. Todas las personas que hacen que no ven acaban por chocarse unas con otras, más temprano o más tarde. También pensé en esa mujer a la que cierto día escuché gritar: “No llames a esto destino” –no se lo decía a nadie, o quizá a dios, o a la luna-, esa anciana encorvada sobre el costado ya inclinado de la cenicienta plaza.

Pensé, entonces, en la implacable mutilación de las palabras, en su desmoronamiento con el paso del tiempo: ya no hablamos de pordioseros, de aquellos que en nombre de dios, de lo alto, de lo sagrado, de lo que está por encima de nosotros, piden monedas. Ahora son mendigos, miserables que están casi por debajo de la tierra. Incluso la compasión se ha vuelto inhóspita. 
  
Pensé en todas las veces que me sentí humillado. En cada vez que humillé a alguien. 

Humillante y perezosa, también. Una época perezosa, sí, porque nos hace creer que todo está al alcance de la mano. De una mano que se ha separado de su cuerpo. Lo pereza revestida o travestida por lo breve; la brevedad como guiño, como si nunca hubiera hecho falta más; la brevedad como la parquedad, como si ya fuera imposible extenderse entre la niebla. Detrás de todas las invenciones de esta época, había una profunda incitación a la pereza.  

¿Y grosera? Sentía que era la palabra más justa de todas, pero aún no me aclaraba. ¿Será grosera por esa relación de turbiedad con el pasado, ese modo de anegar los tiempos anteriores, la despiadada forma de aniquilar todo lo previo? ¿O será por la torpeza infinita con que se habla del futuro, como si allí estuviera todo lo deseado, todo lo perdido, todo lo recién hallado? 

Pensé que me tocaba vivir la obscenidad de lo nuevo y el descuartizamiento sangriento del pasado. Una metáfora trágica: los objetos que ya no existen, los libros que ya no se leen, la música que ya no se escucha, el gesto que no se realiza, la palabra que no es ni promesa ni condena, las tiendas que cierran sus puertas para dar paso al progreso, al progreso estrafalario. Me acordé cuando clausuraron, en un abrir y cerrar de ojos, uno de los bares de mi juventud, el de la calle Florida. Sentí cómo el progreso carcomía el tiempo, vende sus antigüedades y cierra los bares. Cerrarse un bar es un mal presagio, porque como la muerte, toda cerrazón es epidémica. Pero no era un bar lo que se estaba cerrando; es alguien, en nombre de algo, el que lo cerraba. Pensé en el progreso y me di cuenta que no se trataba de una flecha que apunta hacia delante sino hacia mi propio cuerpo. Una flecha envenenada que me mataba lentamente. El progreso no es una buena compañía, porque en su nombre se cerraron y se sellan muchos labios, pueblos enteros, la memoria, el aire que sembramos y el cielo que nos mira. El cartel decía: “cerrado por reformas”. Todo progreso necesita de reformas, de maquillajes, de sepulcros. El progreso no admite anterioridad. Pensé dónde reclamar, entonces, la devolución de los secretos, de las confidencias, de las conversaciones. Grosera es la palabra para esta época grosera.   

Al pasar por mi lado, le dije gracias al hombre. Me pareció que el hombre me respondía. Que me decía, tal vez: no hay nada que agradecer. Que tenga usted buenos días. 

lunes, 23 de septiembre de 2013

"Yo tomo notas".





(Fotografía: Iván Castiblanco Ramirez). 


Yo escucho. Yo tomo notas.

Sentado en la mesa habitual del bar de siempre, entre las once y las doce de cada  mañana, pido primero un café doble y luego, con el paso aquietado del tiempo, voy agregando una suma indefinida de cafés pequeños, eso sí, bien espesos. Soy tan conocido aquí que, descontando los saludos de ocasión, ya nadie conversa conmigo ni yo converso con nadie. 

Dejar de conversar es uno de los tantos desenlaces probables del conocimiento entre las personas. No hablarse, no tener nada para decirse. Como si conocerse fuera ya saberlo todo, sin saber nada, un implícito sin matices ni relieves, la declaración de un abandono, el final de las preguntas, el declinar de las intrigas, el suicidio de la curiosidad y de la compasión por otras vidas. 

No puedo dejar de recordar que cierta noche en este mismo lugar, durante la guerra civil española, republicanos y franquistas se tomaron a golpe de puños en una gresca que arrasó con todas las sillas y buena  parte de las mesas. Entre los que estaban presentes en aquella batahola: Federico García Lorca. 

Yo tomo notas de conversaciones ajenas. 

Abro mi cuaderno de tapas de hule negro –tengo decenas de ellos guardados entre libros en los estantes- e inicio el ritual de escuchar hacia los lados. Mi hábito proviene de una razón muy sencilla: estoy cansado de mí, de mis palabras, de mis explicaciones, de mis justificaciones,  y éste es el momento para reposar, callándome por dentro y por fuera. 

Soy un cazador pacífico de palabras de desconocidos. Cierro los ojos y mis oídos son capaces de descartar lo que es apenas gracioso, frases de cortesía, automatismos amorosos, meras discusiones de negocio o de dinero, reuniones de trabajo, y me concentro en mi debilidad: las conversaciones de los ancianos, las confesiones casi secretas, los diálogos desiguales, la revelación extrema del amor y del dolor, los gestos de desamparo, las sorpresas, lo que está a punto de ser palabra y las primeras palabras siguientes. 

Soy discreto, no secuestro intimidades ajenas. Lo que busco es, en verdad, lo que no tengo, lo que no puedo, lo que no soy: palabras renacidas, palabras frescas, modos de ver el mundo de los que ya no me siento capaz.  

No es un gesto impúdico, sino una ilusión de complicidad con el universo. Como si escuchando pudiese anudar los sonidos desperdigados de la lengua, como si quisiera armonizar ese hablar desordenado y simultáneo y darle una propiedad musical, una suerte de pentagrama. 

Más que la irritación, la decepción o lo ominoso de lo dicho, quiero dar lugar a la ternura, esa ternura que va desapareciendo poco a poco de la tierra, esa ternura que se diluye por la rapidez de los encuentros, la inmediatez de los deseos y la pérdida irremediable de la infancia. La ternura que volví a reconocer a través de Antonio. 

Escucho no para saber, sino para olvidar lo abominable. Escucho no para entender, sino para perder de vista lo execrable. 

Escucho, porque necesito recibir las verdades que otros desconocidos pudieran darme. 

Escucho ahora, por ejemplo, cómo una señora le explica a otra su desazón con el cuñado. Que solo le importa el dinero, que no se preocupa por su hija, que nadie iría a su futuro entierro. 

O cómo un hombre mayor, de traje oscuro, revela a un amigo los secretos más sigilosos en la trama del gobierno. Que los conoce a todos, que aquél había sido su empleado, que al otro él mismo lo había recomendado, que nadie le daba las gracias. Que se merecía una jubilación de privilegio. 

O cómo una madre le dice a su hijo pequeño que se quedara sentado, que no moleste, que no grite, que dejara por un momento de comportarse como un niño.   

O cómo una muchacha recibe una propuesta de amor. Y cómo la rechaza. Que quería, primero, conocer el mundo. A otros hombres. Y que, además, debía irse ya mismo de allí porque si no, no llegaba a horario para el concierto. 

O cómo es improbable que lloviera, por más que sus plantas y sus flores así lo quisieran. O que no es cuestión de perder la dignidad, pero sí la paciencia.  O que se lo hubiera dicho si no fuera porque hace tiempo la había perdido de vista. 

De lo único de lo que me jacto es de encontrar ternura en cada frase.  

Yo escucho. Y así me callo. Y así no juzgo. 

Yo deseo el dictado del mundo. 

jueves, 15 de agosto de 2013

"Anna y ése hombre".


Le anunciaron, de muy mala manera, que a la mañana siguiente saldría de allí. Que la trasladarían. Y trasladarla significaba pasar horas encerrada en un tren sin luz ni agua ni aire. Era la continuación de una prisión pero con otro ruido, otro movimiento. 

(Anna Lárina)
Quien se lo informó fue su torturador de hecho o juez de prisión o interrogador de oficio. Un mismo hombre capaz de preguntar, golpear, aplastar, vigilar, vejar. Ella lo conocía de otras épocas, de esos tiempos en que los vientos soplaban a favor de cierta cofradía, un viento que luego se hizo brisa, más tarde soplo y luego nada, quebrando miserablemente las palabras más sagradas de este mundo. Se lo comunicó con una tristeza llamativa, como si aún quisiera seguir torturándola, interrogándola, aprisionándola. Su amargura por no haber podido obtener la confesión –“si, juro, soy lo que ustedes dicen que soy; hice esto y aquello; diré toda la verdad; soy la culpable de todo”- lo tornaba aún más irracional y artero. 

Ese hombre era como cualquier otro hombre siempre y cuando se lo pudiese ver por la calle o en su casa o comprando las verduras en el mercado de la media mañana. Caminaba de prisa, conversaba con los clientes e incluso bromeaba con los puesteros venidos de más al norte. En su casa era amable con su esposa y jugueteaba con sus hijos todas las tardes de primavera y verano. Pero al entrar en la cárcel que dirigía ese cualquier hombre dejaba de ser como cualquier otro y se asociaba a la peor de las masculinidades: todos los hombres que allí estaban descargaban con ominosa furia su rabia oculta, su monstruosidad perversa, la infalible patología del odio y la venganza. Si se le preguntaba a qué se dedicaba, solía decir, en un lenguaje apenas cifrado: “a la revolución”.
 
El hombre sentía una especial animadversión por Anna. No sólo la odiaba, era su fragilidad, su talón de Aquiles. Había intentado por horas que firmase una declaración falsa, le mentía sobre su hijo oculto o perdido, la amenazaba poniéndole enfrente suyo diferentes alimentos recién horneados y humeantes para que claudicara de una buena vez. Le colocaba la tenaza sobre los dientes y golpeteaba con el martillo muy cerca de sus dedos. Le tiraba del pelo renegrido hasta hacerla desfallecer. Le susurraba frases que Anna no podía siquiera comprender. Y lo peor: delegaba la mayor tortura en otros hombres –iguales carceleros del espanto-, porque no era capaz de ser mirado por esos ojos de mar y cielo de Anna. 

Cuando la arrojaban de vuelta en su celda, bastardeada y violentada, Anna se acostaba en la cucheta hundida, miraba como por última vez la pared húmeda y con su uña rasgada y mugrienta continuaba con su obra más importante, su obra definitiva: ese corazón irregular, al borde de un vacío, con las iniciales de los nombres suyo, de su hijo y su marido. Ella inánime y al vez desesperada, su hijo de paradero desconocido, y su marido masacrado. 

Como esos nombres estaban prohibidos, Anna elegía la letra “M” para Nicolás y la letra “O” para Yuri. Con la inicial de su nombre quizá podía componer el amor. 

Casi lo hacía. Casi lo lograba. 
    

miércoles, 14 de agosto de 2013

"La memoria de lo perdido".


(Fotografía: Gustavo Peralta). 



Buena parte de lo que forma parte de la vida está en vías de desaparecer o pende de un hilo demasiado fino, demasiado deshilachado. O, tal vez, sólo se sostiene por una mano temblorosa que debe hacer demasiado esfuerzo para aferrarlo. Objetos, sí, cosas. Funciones, también. Lugares. Y también atmósferas: el cuerpo en determinados sitios realizando acciones o funciones con las cosas. Los olores. La gestualidad perdida. Un cierto tono de voz. Una cierta manera de mirarse. 

Los boticarios, las máquinas de escribir, los paseos sin compras de los sábados, los libreros furiosamente lectores a los que no quisiéramos distraer, los aromas específicos –por ejemplo el del primer sexo, el segundo anterior al primer beso, el regreso del padre desde el trabajo-, las cartas largas con posdata, los cambalaches, los abuelos vivos o sus relatos o sus ensueños, las pelotas de trapo y las de cuero, los perros sueltos, los vendedores ambulantes, los lustra-botas, los trueques sin medida, los sonidos que se incorporan junto a nosotros los domingos por la mañana, la claridad del cielo, las ignorancias de todo tipo, el enigma de la desnudez, el almidón sobre la ropa, el arreglárselas como se pueda, el olor del libro abierto, el silencio horizontal de las tardes, la silla en la puerta de las casas, la vecindad como exploración de nuevos mundos, el viaje como travesía, los carnavales desorganizados, la política como pasión amorosa, la experimentación del clima cuando ya era irreparable, los condimentos del arroz con leche, la aventura de la huída, el horror a la tormenta, el bar con nombre a escritor, mi mano en la mano de mi madre, las visitas sin comienzo ni conclusión, los anuncios que se limitan a la cosa en sí y no intentan dominar el mundo, el mundo ancho y ajeno, los cristales, la música o los libros que se descubrían sólo por las amistades, los cementerios ocultos, los senderos que nadie transita, los destinos imprevistos, el olor a carbón y a leña, la pérdida siniestra de un cuaderno, la infancia no interrumpida, la siesta de la casa y de las personas, los frascos de la droguería que no son antigüedades, ciertos viejos modales, el sueño en blanco y negro, el escuchar a los ancianos, la sábana dura, el color sepia, el primer sol sin protecciones, el barro de las calles, las angustias inconfesas, los dolores personales, la humedad severa, el ruido sanguíneo de las cañerías y los calefactores, la llamarada más roja que azul, los relojes grandes, la muerte sin espectáculo, el secreto conservado, la exactitud de los peligros, el roce de los pies sobre la arena, el ruido del brazo de la púa al apoyarse sobre el disco, los acordes inéditos, la invención de las mentiras, el paso de los niños de la escuela deteniendo el tráfico, las voces singulares ahora confundidas, la confesión del temor, el poder cavar agujeros, la televisión con cuatro canales, la radio como la voz de las paredes, el juego interminable y sin instrucciones, el tesoro de los altillos, la languidez sin propósito, la lectura con la luz debajo de la frazada, el trompo errático, las medicinas amargas, el olor a colonia, el regresar cuando otros salen, las aventuras escuchadas en las peluquerías, las muñecas y muñecos de porcelana, el reflejo de los pasos contra los ladrillos mudos, el tiempo que era otro porque aún era de cada uno. 

Lo que desaparece de la vida no siempre reaparecerá en la vida de los demás. Si no se escribe es posible que nadie lo recuerde jamás. La memoria de lo perdido requiere desatención. 

Recordar es la más bella de las ficciones. 

lunes, 12 de agosto de 2013

"Cinco poemas con voz, con voz apenas".

"Leer, en ocho notas".


(Fotografía: Iván Castiblanco Ramirez). 


I- La lectura reconoce sus sabores. Despaciosamente. Al principio a nada sabe, pero huele. Huele la nariz dentro del libro, huele el movimiento de las páginas entre pasajes, huele el misterio de lo que se comprende y la certeza de lo que ya se olvidará. Huele la vida de quien huele al leer. Y se respira el vendaval de la escritura: la ternura de una página de inicio, la aspereza de una página de adiós. 

II- Leo un libro que nunca leí, es decir: atravieso un mundo desconocido, un tiempo desconocido, gestos desconocidos. Párrafo a párrafo lo que parecía ser ajeno comienza a existirme como si fuera posible habitar un lugar que no es el mío, un cuerpo diferente con una voz incógnita. Sin embargo leer no es conocer lo desconocido, llenar un abismo infinito con palabras ordenadas. Leer es ir desconociéndose poco a poco. Como si nunca hubiéramos vivido antes. 

III- Dar  vuelta la página. No volcarla. Quedarse en medio. En el canto. La quietud de la página que no es anterior ni posterior. Detenerse. Ni en lo ya leído, ni en lo por leer. El estremecimiento de lo que acaba de irse. La incertidumbre de lo que vendrá. A eso también puede llamársele, sobre todo,  lectura. 

IV- Creer tener una idea y descubrir, al poco tiempo, que ya fue escrita y  publicada muchas veces por muchos otros hace mucho tiempo. Un pensamiento reciente puede no ser otra cosa que un libro remoto que aún no llegó a tus manos. 

V- De viajes y de lecturas, que es casi lo mismo. Viajar es sentir, sí; sentirlo todo excesivamente (Pessoa);  viajar para no llegar posiblemente nunca (Magris); viajar con la amabilidad de quien atraviesa dos o tres veces un territorio que es pisado y también es huella (Handke); viajar como pasear: la caminata distraídamente atenta de poeta (Walser); viajar como una ruta trágica y obligada que no nos hemos trazado (Tsvietáieva); viajar sin atrapar al mundo en la telaraña de grados de longitud y latitud (Noteboom);  viajar en línea recta y tener al sol y a la luna de uno y otro lado (Herzog);  viajar y no saber donde dejar exactamente las garras (Szymborska);  viajar sin otra compañía que las propias sombras (Nietzsche); viajar para abandonar la ciudad y precipitarse hacia el puerto deseado (Ajmátova). En fin: viajar como mirar al cielo donde un sueño espera ser soñado (Maillard).

VI - Leer como amanecer: el mundo no es sólo humo y desierto, destino  de prisa, transcurrir en filas cuyo desenlace es el olvido. El segundo más hondo habita en el canto de la página –el miedo a pasarse, la vigilia de la última palabra, la voluntad de ir más allá de uno mismo-. Leer como atardecer: la luz está baja, a solas, porque ya no importan las formas del pensar sino todos los contornos: el perfil de una tierra extraña y propia, la infancia en el ancho de sus aguas, el paseo por la cornisa de una historia ajena a punto de ser nuestra. Una hora en que el tiempo ya no cuenta porque se muda del desconcierto al sueño, de la bruma banal a la confesión extrema, de la pereza sucia a la pasión desordenada. Leer como anochecer. Los ojos se cierran junto a la lectura. La mirada prosigue con su vaivén descalzo. Leer a piel abierta. Durante. 

VII- Las pausas suelen alargar el universo. El mundo respira más con humildad de un segundo que bajo la pretenciosa invención de toda la Historia. Leer es detener el tiempo que nos asigna este mundo e impedir que la máquina utilitaria del universo siga su camino de masacres. Leer es dejar de hacer ruido. Leer es apoyar el cuerpo en un tiempo que no vivimos, para intentar vivirlo. Leer es quitarse de la tiranía opaca de un único tiempo. Leer es ese instante en que la conversación con los muertos se vuelve pura vida. Leer es la detención que podría hacer más hondo al mundo. 

VIII- Y si acaso fuera cierto que las casualidades no existen: ¿cómo entender, entonces, que comienzo a escribirte en el preciso momento en que quisieras leerme?
     



domingo, 11 de agosto de 2013

"Escribir, en ocho notas".

(Fotografía: Iván Castiblanco Ramirez). 

I- Escribir, también se escribe de rodillas. No acuclillado. Ni inclinado. De rodillas, como pidiendo perdón a todo lo que no será nombrado. Sin embargo, lo innombrable es lo que induce y seduce a la escritura, una y otra vez, tocando con la punta de la lengua lo que está fuera de la lengua. Escribir es merodear con la voz todas esas palabras deseosas de silencio.

II- Escribo. Entro a las palabras como un niño al centro revulsivo del océano. Miro cada uno de los pasos que me pasan, me detiene cada sombra que no es mía, afirmo el gesto de los vivos y de los muertos que me enseñaron a hablar. Soy un efecto de cada palabra que escucho.  El defecto de todo lo que no alcanzo a oír. 

III - Escribo para pronunciar esas palabras que son despojos de la sangre fría. Para no mirar con ojos de águila sino de esfera. Para inventar lo que acaba de descubrirme desnudo. Para espantar al dolor sin confrontarlo. Escribo para anochecer en día y para madrugar en tarde. Escribo pisando arenas movedizas y nubes a la deriva. Escribo para confesar lo inoportuno. Para darle lentitud a la quimera. Para hablar con las almas en tumbas, con cada lirio, con los vagabundos y sus perros. Escribo para imaginar lo que aún no he sido. Para escapar de mí y  pocas veces reencontrarme. Escribo para amar lo insoportable.

IV- Escribo para desconocidos como si yo fuera un pianista de hotel, un viejo guionista de radio, un aún más viejo empleado de telégrafos, un fogonero de un tren que no sabe cuál es la partida y cuál el  destino. Un enano de circo, en esos días en que no hay función.

V- Aquello que se escribe, se deja. Dejar quiere decir abandonar, apartar. Pero también: donar, dar. Dejo una palabra para que te quedes a mi lado o para que te quedes si quisieras o para perder la palabra o para que me pierdas de vista. Escribir es hacer que las palabras decidan sobre su propia mirada. 

VI- Todo lo que quisiera escribir está aquí, en el sonido que todavía es aire previo, gesto de piel desnuda. Luego el mundo es una pasión desordenada y ya se sabe lo que ocurre: las palabras se distraen, danzan, desacuerdan con todo punto de partida. El lenguaje sale a conversar con desconocidos; el lenguaje es una voz que escucha. Las palabras concluyen a su modo.

VII- Escribo porque no comprendo. Para repetir una y otra vez esa encrucijada de palabras con la que no logro descifrar el tiempo. Escribo para recordar sonidos que de otro modo se perderían en el lodo vertical de la memoria. Para invocar y provocar gestos de amor de los que no soy capaz si no escribiera. Escribo porque al despertarme quisiera agradecer los ojos abiertos. Para mirar de pie lo que está demasiado lejos. Para escuchar qué es lo que ha quedado en la punta de la lengua. Escribo para renunciar al abandono y para tocar con las manos sigilosas la espalda tibia de alguien que aún no ha muerto. Para que la noche no sea siempre tarde. Para adelantar la piel y para demorarla. Escribo. Y aún no soy capaz de decir nada.

VIII - Escribir. Para que la lengua no muera. Para que la lengua que pronuncia su lengua no se envenene a sí misma. 

sábado, 10 de agosto de 2013

"El diario de Elena II".


(Fotografía: Iván Castiblanco Ramirez). 

A la salida del puerto, el Hotel de los Inmigrantes. Un edificio inmenso, miles de lechos, de lenguas, las nuevas leyes, los repetidos reglamentos.

De la estampida de Rusia, de la navegación sin cuarteles, ahora la necesaria rutina: lo que aquí se puede y no se puede. Aprender todo de nuevo: el tiempo de las comidas, los horarios de las salidas, en qué minuto abrir el agua, a qué hora es posible el baño. Por este lado los hombres, por aquel las mujeres.

Gregorio a la agricultura, yo a las tareas domésticas –pero si siempre lo supe y Gregorio ya era sastre desde antes-.

Situación o condición o sensación de infancia, nuevamente. Mucho mejor la infancia que las penurias del desembarco.

Y todo era tan blanco, tan cegador: las paredes lisas, las sábanas, los uniformes, los desayunos, los dormitorios, las labores, las ilusiones, los desencantos.

La vida transcurría entre hileras blancas.

Después de cada despertar, a limpiarlo todo. Después de cada comida, a limpiarlo todo. Después de cada paso por el baño, a limpiarlo todo. Lo inmaculado como premisa. La nieve apenas como estúpida metáfora.  

Los que dormían al lado nunca eran los mismos. Se anochecía con alguien, se amanecía con otro. Una lengua de buenas noches, otra de buenos días. Prohibida la promiscuidad, como en el barco. Solo es posible ayudarse, no amarse, no mezclarse: los cuerpos por separado.

Del hotel a los conventillos, los más agraciados. De los conventillos a sus propias casas, los elegidos. O todo lo contrario: de las habitaciones comunes a la miseria original, al punto de partida, al punto quebrado, la ilusión maloliente, la grieta definitiva.

Yo permanecía quieta, absorta, recogida la mayor parte de las horas. Gregorio salía: buscaba una avenida, hacía cuatro o cinco calles rectas y volvía. El horario de regreso estaba fijado en su memoria. El temblor de pasar la noche fuera era demasiado oscuro.

Yo no hablaba. Yo escribía. Mi diario como conciencia, como interrupción al blanco.

Cuando nos mudaron, cuando conseguimos una larga casa fuera, olvidé mi diario.


Lo encontró una mujer griega, debajo de su nueva cama.         

viernes, 9 de agosto de 2013

"El diario de Elena".



(Fotografía: Iván Castiblanco Ramirez). 

Casi soy analfabeta. Pude serlo. Quizá lo sea. Lo fui durante mucho tiempo. Analfabeta de escritura, no de lectura. Me leían mis abuelos. Todas las noches, cálidas o heladas, de tormenta o de luna, recibía a cambio de mi buen comportamiento un relato, un cuento, una leyenda. 

En el barco que nos trajo, había una maestra de mi pueblo. Tuve sesenta y cuatro lecciones. Aprendí mil quinientas palabras: a escribirlas y a leerlas. Las usaba para escribir cartas. Cartas donde escribía todo lo que ya había pasado, todo lo que ya sabía. Pero de otra manera: imaginando. Cartas cuya tercera parte nunca llegaba a destino. 

Después nos enseñaron castellano. Yo lo hablaba con otra voz, con otros labios. No podía decir lo mismo. Debía olvidar el ruso o dejarlo puertas adentro: en el corazón, en los pulmones, en los mofletes, en las arterias. 

Yo no podía imaginar que pudiera existir otra lengua, que un ser humano pudiera pronunciar una palabra que yo no comprendiera. 

No. Yo no fui analfabeta dos veces. Lo fui una vez sola. 

Y ahora escribo mucho. Escribo para atrás, porque para adelante no veo.   

Aquí, en esta tierra, leí a los rusos. En mi tierra los ignoraba. Recuerdo ahora estas palabras.     

"Un día, también habré dejado de sentir el leve pesar que esto me causa, e incluso habré olvidado lo que fue el asomo de un recuerdo. Y creo que es eso lo que me atemoriza. No hay nada más horrible que el olvido. Puedo imaginar cómo las líneas que hoy escribo harán revivir alguna vez todo esto, este día de septiembre con el hálito de un recuerdo al fondo. Pero dudo que un muerto pueda hacer despertar a la vida algo que está muerto. Probablemente, un diario no es más que un vicio,  un vicio como el tabaco o la bebida". (1)   

Escribo sobre mis pies que se arrastran. 
Escribo para tener voluntad. 

Escribo porque me duelo. 


[1] Marlen Haushofer. La puerta secreta. 
 

miércoles, 7 de agosto de 2013

"Soy un desmayo".





Me interrogan. Me intimidan. Lo que quiero decir no es lo que debería. Y lo que quieren que diga, no puedo inventarlo. 

Enemiga, colaboradora, sucia, puta, extranjera, apátrida. ¿Qué palabras son esas? Yo soy Anna. 

Declaro: amé a un hombre que me amaba.

Lo juro: mis palabras hablan, pero no dicen nada.

Protesto: la confusión es indigna.

Confieso: de todo lo que se me acusa habrá un día en que no quedará nada.

Resisto: no por fuerza, ni siquiera por voluntad de vivir o por el espíritu que se alza. La ideología no precisa de mis secretos o de mi espalda vencida. Ocurre que no puedo morir porque mi hijo está fuera. Un niño al que aún no escuché decir “mamá”. No me voy a morir hasta sentir pronunciarla. 

Me preguntan por personas que ya murieron. Déjenlos en paz.   

Me preguntan por personas que, creo, todavía están vivas. Yo las dejo en paz. 

Me preguntan por días que no viví, por lugares donde no estuve, por conversaciones que no mantuve, por documentos que ni escribí ni leí, por traiciones que no cometí. Me preguntan por un “mi” que ya no soy “yo”.

¿Quién soy yo ahora? No he visto mi reflejo hace millones de años. Estos cabellos grises no pueden ser míos. Estos labios parecen ser de una anciana. Mis dientes duelen como un nudo mercenario.  Tomo agua y la escupo. Como un trozo de pan y se me atraviesa en los pulmones. 

No puedo dar más de seis pasos.  

¿Yo? Soy un desmayo. Solo sé que aún soy madre. Se me acusa de ser esposa, pero mi marido fue masacrado. 

Me interrogan. Me callan. Me estupran. Me golpean.

Voy a escribir un poema sobre las puertas podridas, sobre los pantanos que ahogan el mundo, sobre la niebla en las aldeas. Y otro, muy distinto,  sobre arlequines y bufones. 



martes, 6 de agosto de 2013

"Anna, Elena, Marina: si un amor se fragmentara".


(Fotografía: Iván Castiblanco Ramirez).


Quien diga que el amor tiene una única trayectoria, sólo se ama a sí  mismo. La verdad es bien diferente: cada amor que comienza es un ejemplo aleatorio de una categoría universal que no existe. El amor a la humanidad es una manera solapada de no amar a nadie. El amor a la verdad es recibir las verdades que otros nos ofrecen. El amor hacia una única persona podría ser la forma más mezquina de habitar el universo. 

Si un amor se fragmentara, como lo hace una luz, por ejemplo, el prisma no ofrecería colores sino partes aleatorias de diferentes cuerpos: una mano específica –o incluso sus dedos sueltos-, unos ojos concretos de tonalidades imprecisas, una piel detallada, una frente o una espalda determinadas. El amor es como un arte figurativo: se compone un cuerpo con partes de cuerpos casi reales, quizá puramente inventados. 

El amor no es útil, ni poderoso, ni cortés. Ocurre con el amor lo mismo que con casi todas las cosas que están allí, porque sí, en la naturaleza: una tempestad, un relámpago, la aridez, la escarpada montaña, la fluidez del río, el vuelo del pájaro, el costado visible de la luna, la planicie, el agujero de ozono, un destello, una vid que se seca, el aire que ahoga, la brisa que danza, los soles, la tormenta, la fruta mordida, la serpiente que acecha. Si dos personas planifican su amor, lo detallan, lo consignan,  es posible que su conocimiento los arranque de la naturaleza y los arroje al interior de una despiadada máquina. Si dos personas no quisieran planear su amor, deberán vivir cerca del mar o al pie de una montaña y bien lejos de un templo, de un cuartel del ejército o de un acantilado.

Amarse no es cuestión de proposiciones ni de atracciones ni de voluntades. Los perros y los niños se atraen casi sin proponérselo. Las estrellas están atraídas desde el origen del universo. La atracción entre dos seres ocurre sin que nadie haga nada en concreto: ni piruetas, ni serenatas, ni poemas. Las flores que viven en el campo cantan por lo bajo para no distraer al mundo. Las piedras atraen a los ríos, pero para desviarlos de su cauce. Hay personas que se atraen pero sólo para engañarse. Atraerse es una constatación en el sitio donde estamos, no una acción premeditada a la que nos dirigimos.

Del amor poco se sabe. Y lo poco que se sabe, no haría falta saberlo. 

Se sabe que el amor supone su propia curvatura. Un esplendor que  no llega a ser tiempo antes de convertirse en polvo, en ráfaga. Se sabe que el amor es huésped  de la lluvia porvenir, de una caricia que tendrá como ritmo el universo consecuente. Lo que no se sabe nunca, lo que nunca se sabrá es por qué el amor sí, por qué el amor no. 

lunes, 5 de agosto de 2013

"El sueño de las mujeres poetas".




(Fotografía: Iván Castiblanco Ramirez). 


El hombre sueña que una mirada lo toma de la mano y que, entonces, comienza otro universo. Siente un nacimiento. Porque las manos que lo conducen son cálidas y la voz es serena. No nació de ese modo, pero ahora es así como lo desea. Recibe una semilla que cree haber elegido antes.  Y una voz, de color rojo y sabor a orégano, lo invita a pasar, a iniciar una travesía. No han pasado más de dos o tres minutos y ya siente su cuerpo sin peso; como si hubiera abandonado sus huesos y sus vísceras y ahora quedase solo piel entre otras pieles.

Se sienta en una cocina. Está en otra época. Claramente, ciegamente. Una época sin el lenguaje de las palabras conocidas, caídas, traicionadas. Desde todas partes se escucha cantar una canción inexistente. Una mujer revuelve la olla y canta con sus cejas, con su iris, sus pestañas. Le sirve una taza, una bebida, un agua, un continente que dibuja una navegación, una partida. Él no sabe cómo decirle a esa mujer que no quiere irse de ese mundo, que viviría siglos en medio de la canción susurrada, en las manos que mezclan, en  la comida que huele, en el caldo que le hace falta.

Pero otra mano le advierte: no has de quedarte aquí, ni en ningún otro sitio. La vida no es detención, sino un movimiento tras otro. Lo conduce hacia un escritorio, se sientan. Cada cambio de escena es una caricia que no lo suelta. Si olvida esa mano, esa tibieza, también de él se olvida.

Sobre el escritorio hay libros para escoger, destinos desconocidos. Libros viejos tan familiares y a la vez tan lejanos. La mujer de pelo suelto le pide que escoja, que decida su lectura, que decida su travesía. Sabe que se equivoca, sabe que no encontrará su lugar ni sus velas ni su suerte. Las hojas están blancas, nada dicen, nada escriben. Todo es sombrío y sin embargo todo es tan claro. No importa lo que digan los libros: esa mujer está allí para comprenderlo. Y él se siente comprendido.

Luego le tapan los ojos, aunque ya no veía nada.  La calma es tanta que el cuerpo no camina, pasea: anda al mismo tiempo sobre la nieve y sobre una hierba seca, bajo la noche o bajo el día, camina sobre preguntas nuevas a la hora del mediodía.

Entonces aparecen las voces. Son ellas. Son todas. ¿Cómo ignorar que se trata de todas las mujeres de su vida? Lo más hermoso es escucharlas, lo más difícil no tocarlas. El laberinto de las voces lo hace aún más pequeño: ¿qué le dicen? ¿Se lo dicen a él? ¿Puede responderles? ¿Puede preguntarles? Las voces son un océano que lo deja indefenso. Escucha como estirando los brazos para intentar el roce con cualquiera de las bocas que le hablan. Quiere sentir el movimiento de los labios, quiere sentir el aroma mudo de cada una de las palabras. Le gustaría mucho aprender algún día ese lenguaje: un lenguaje que apenas pronunciado, desaparece.

Ahora ve  tres lugares, tres luces, un espejo. Alguien lo llama, le muestra una caja. De las voces anteriores ya no queda nada. Entra a un silencio guiado por una luz de la misma época que la cocina. Lo llevan frente a un espejo. Se ve. Siente que es como si viera por vez primera. Está raro, está sin tiempo, carece de historia, no tiene espacio, no es dueño de nada. Pero no está inquieto. Sale una mano por el costado del espejo. Una mano blanca, un haz de luz humano. No puede no tocarla, no puede no buscarla. Necesita su contacto. El cuerpo blanco sale de detrás del espejo y se pone a su lado. La mano sabe cómo calmarlo, como devolverle el cuerpo. Lo sabe porque sí, porque es del brazo la sabiduría. Le dice algo,  algo que tiene que ver con un después, con un camino y con un cuidado.

Aparece en otro tiempo, con otras personas. Tres bancos pequeños, una mesa ínfima, dos mujeres con los ojos vendados. Ahora es él quien puede ver. Se acomoda casi al ras del suelo. Juegan a construir una torre con piezas de palabras. No recuerda las palabras que decían, sí recuerda su tono. Hacen un poema largo construido de sonidos nuevos. Habitan una torre de Babel sin darse cuenta. “Vengo de un espejo  -decía- y ahora juego a construirme, a levantarme”. Pero la torre se cae.  

Lo acompañan hacia una salida, no, no quiere irse, nunca. Pero irse es condición de haber estado. Se acomoda el cuerpo. Se despierta.


Piensa: sentir debería estar permitido en todo sitio, a toda hora, bajo cualquier circunstancia.



sábado, 3 de agosto de 2013

"Anna en el tren".


El nombre Anna proviene del hebreo y significa compasión o que Dios se ha compadecido. Anna significa benéfica, compasiva, llena de gracia.  

Cuánta ironía desafortunada guarda un nombre. Cuánto dislate. Mi nombre no tiene  compasión. Ni de dios, ni de nadie. Dios nunca existiría. En mí no existió por lo menos dos veces: una por mi propia decisión, la otra por no haber llegado jamás a la hora señalada. A todos se les podrá perdonar la impuntualidad, menos a dios: cuando dios no llega, hay guerra. 

Sin gracia, sin nada de gracia. Con frío, con las manos heladas, indefensas, mis manos que eran blancas y ahora son negras y azules. El verde no. El verde no está y yo extraño tanto la hierba.  

Yo escribo Anna durante el trayecto del tren en la que estoy detenida. Encerrada. Transportada. Soy una carga que llevan, pero no sé de qué sirvo, qué valor contengo. Soy una caja petrificada, cuyo contenido es el silencio.  

Mi nombre se escribe muy fácil. Hasta un niño podría hacerlo. Y todos mis carceleros. Mi hijo no llegó ni siquiera a pronunciarme. Hubiera sido tan fácil esperar el desprendimiento de sus labios. 
 
Escribo Anna y no me encuentro. No hay luz. Está todo cerrado. El olor no se huele, es una fiera que me atrapa y me corroe; era ajeno y ahora es mío, soy el olor de otros que estuvieron aquí encerrados: ¿Se llamarían fácil? ¿También  escribirían sin ver en la madera putrefacta del vagón sus nombres? Donde quieran que estén, sepan que los he leído. No sobrepuse mi nombre a ninguno de los suyos. Puedo tocar la madera y darme cuenta dónde está lisa, donde puedo seguir escribiendo y dónde quedaron las uñas de los anteriores viajantes funestos. 


Huelo a un hombre que se orina cada tres minutos. Huelo las lágrimas de una niña aplastada contra el vientre de su madre. Huelo a la madre encharcada en sangre. Huelo una muchacha que pregunta adonde va, porqué está allí, qué ha hecho. Huelo despojos de una comida olvidada. Huelo el perro triturado por el hambre de los hombres. Quisiera oler la cocina de mis padres. Quisiera oler la barbilla de mi padre. Quisiera oler la caída de la tarde. Quisiera oler a mí. Y no puedo. Soy un cuerpo cuyo olor está en otra parte.   

Más tarde, si hubiera tiempo, escribiré un poema sobre el olor a praderas. Para ello tendré que ocultar el sonido del tren y hacer que respiro como antes: con sencillez, sin tensión, como quien anda. ¿Pero más tarde qué es? Mejor ahora, ahora mismo, porque ahora me escucho y puedo hacerlo. Más tarde, no. Quizá no haya más tarde. Jamás volveré a pensar en después, sólo en antes, sólo en durante. 

Cuatro metros hay. Son siete pasos míos. Hago ejercicios porque las piernas me duelen. Tienen marcas, llagas, colores violetas, que no son míos. ¿Qué es mío? Yo tenía. Debo hablar en pasado, mis posesiones ya no me tienen –no hablo de mi esposo ni de mi hijo ni de mi casa, hablo hasta de un hilo raído, o de una silla sin patas, o de las llaves torcidas o de mis cuadros arruinados por la humedad-. ¿Qué tengo si no esta memoria que es joven y rabiosa y desprolija? La memoria escupe, sí. Mi memoria es como una lengua de fuego. 

Vuelvo otros cuatro metros, desfilo para no congelarme. Hay hielo en el techo y cae. ¿Estoy presa o éste es el infierno que nunca imaginaron los poetas, los pintores, los músicos? 

Pero algo se mueve hacia delante. No. No es nada, son los rieles. Yo no tengo adelante. No tengo nada. Sí que tengo. Tengo tres preguntas guardadas desde que me empujaron al vagón y me encerraron por fuera: 

¿Cuándo es de noche que nunca me doy cuenta? 
¿Verás mi nombre algún día aquí tallado y contarás mi historia?
¿Volveré a  dormirme alguna vez como cuando era pequeña?  

Nadie responde. Sí,  yo respondo, pero no tengo respuestas. Me hicieron presa, testigo, declaración, confesión, interrogatorio, tortura. Soy una pregunta eterna. Pero no tengo respuestas. Podrían preguntarles todo. Si quisieran escucharme. Hace tanto que no sé nada. Que no entiendo. 

Se oyen ladridos, estaciones, gritos. No tengo un agujero por donde mirar y mis ojos están oscuros, tiesos. Por un compartimento cerrado alguien me da agua y un mendrugo. Rozo su mano como si la amara, como si de esa mano dependiera de mi vida. 

Lo puedo todo, creo. Menos perder un rozamiento. Así se que hay mundo. Que no estoy muerta. 

O que, aún muerta, alguien me piensa. Es decir: alguien me toca.   



viernes, 2 de agosto de 2013

"Marina, el ahorcarse, los poemas".

(Marina Tsvietáieva)
Marina se ahogó una vez sola. Y fue suficiente. Dejó una carta, una carta que viene de lejos, una carta que se parece a un ciprés, o a un alerce, o a un sauce, pero no a un roble. Decía: tengo miedo ¿qué otra cosa me queda? Se sentía agraviada, ensangrentada. Le habían arrancado su pasión más fuerte: la justicia. Era incapaz del dinero y de la fama: eso era para los poetas débiles, inexistentes. La imposibilidad de hacer o de sentirlo todo de otra manera: “hay que estar muerto para preferir el dinero”. Y todo llegará en el equinoccio de la primavera. Su hijo, tan hijo, tan pequeño, se va la guerra, escruta el cielo de los bombardeos. El carácter de Marina se torna humor infame, pesimista, dolor suicida. Le proponen un cargo de educadora: “no soy capaz de ello”. Ruega para que le den un trabajo como lavaplatos. Ya advierte su propio desenlace: se imagina a la perfección el día que dejará de escribir poemas. “Esa historia con los versos sería mi primer paso hacia la no-existencia”. No existir: ni escribir, ni amar ¿quién sobrevive? La vida es más compleja que un querer o un no quiero. Piensa en la muerte y no le alcanza ni la razón ni la pluma. Se hiere y escribe: “La herida: un hoyito pequeñito a través del cual se va la Vida”. Suplica por su hijo, lo demás es ahorcarse. Encarga a sus hermanas un baúl con libretas llenas de poemas escritos a mano y un paquete con textos en prosa. No puede más, suplica perdones. La vida es un callejón sin salida al que no se entra, se cae. “Mi madre se suicidó” –escribe Mur, su hijo-. Y mientras lee la última carta, encuentra en medio un verso suyo de octubre de 1940: “Y mis cenizas serán más calientes que la vida de ellos”.    

jueves, 1 de agosto de 2013

"Elena, adiós y bienvenida".




Durante la travesía, Elena pasó la mitad del tiempo mareada, encerrada en la bodega compartida con otros cientos, sintiendo como si llegaran desde muy lejos, desde otra patria, los llantos de los niños, los llantos de las mujeres, los llantos de los hombres, el desprecio de los tripulantes, el maltrato de los cocineros, las risotadas de los marinos. 

En esos días en que la descompostura parecía nunca apresarla, ser ella misma, su cuerpo se debilitaba y sus sueños no lograban tomar cuerpo -ni bien comenzaban,  ya se escapaban-; las manos le ardían tanto como la frente y no tenía claro si estaba allí o en otro sitio. Lo único cierto, lo que la despertaba por momentos, era la oleada de aroma rancio, cada vez más intenso, una mezcla indescifrable de vómitos, fiebres y melancolías transversales.  

Esa mitad del tiempo se dividió en dos mitades: al principio del viaje, era el desgarro, la desventura, el abismo de la huída; al final del viaje, era la pregunta por el destino, lo ignoto, como si su cuerpo hubiera sido estirado hasta lo inconcebible, como si estuviera a punto de ser quebrado, despedazado.  

La otra mitad del viaje, transcurrió con su mirada dentro del océano. Subió una tarde a cubierta y allí se quedó, imperturbable, como si no notara los cambios de la luz ni de los vientos, como si no hubiera suelo sino un deslizamiento de sal y barro. Las horas no sucedían, no andaban: sólo miraba el mar, bebía el mar, tragaba el mar, mordía el mar, besaba el mar, se ahogaba, nadaba, andaba sobre las aguas, las revolvía. 

Esa otra mitad del tiempo, también se dividió en dos mitades: la primera en la popa, la segunda en la proa. La primera hacia atrás, la segunda hacia delante. 
La primera como despedida, la segunda como quien desea, al fin, dejar de ser una recién partida y hacerse, de una vez, recién llegada. 

Habían salido hacia finales de un junio impropio, demencial: matanzas, hambrunas, tormentos, robos, desalojos, violaciones, detenciones, desplomes. Y llegaron a principios de julio, con un frío que Elena no reconocía. Parecía una primavera disfrazada de invierno. La calma era excesiva. 

En treinta y dos días, doce personas murieron, hubo siete nacimientos, nueve matrimonios, dos separaciones, treinta amores en ciernes, cuarenta y un enfermedades, tres niños perdidos, setecientas trece cartas escritas sin poder ser enviadas. 

Una de las cartas que Elena escribió a su familia decía en su posdata: “Ayer fue de noche todo el día. Ayer fue de tormenta. Ayer la gente se escondía. ¿Dónde vamos? ¿Será también de noche el sitio de llegada? ¿Cuándo tocará el buen día? ¿Cuándo nos dejará en paz este oscuro?”.  

La carta nunca llegó a destino. 
Y fue el nuevo mundo el que le respondió: aquí estamos, esta es la poca claridad que podemos darte. 

Que la paz sea contigo. 


miércoles, 31 de julio de 2013

"Elena, el cansancio".



(Fotografía: Iván Castiblanco Ramirez). 


Elena sentía que se iba callando, poco a poco. Que el lenguaje la cansaba. Que hablar la cansaba. Que escuchar la cansaba.

Había aprendido el ruso, el idish y, más tarde, el castellano. Tuvo, luego, que andar por el mundo con su tercera lengua a cuestas y eso, para ella, había sido demasiado.

Toda lengua que no es materna, fatiga.

Al menos con Gregorio tenía algo del ruso al día. Cuando Gregorio se fue, Elena lloró por él, por su tierra, por sus padres e, incluso, por ningún motivo.

Hay quienes lloran por todo lo que no tienen. Otros, por todo lo que han tenido.

Cada vez usaba menos el lenguaje. No leía, porque una molesta presbicia le impedía el paso hacia lo escrito. Usaba unos lentes antiguos, con marco negro y debía taparse el ojo izquierdo, ya casi nulo, ya vacío.

Pasaba las hojas de las revistas, pero no estaba segura de lo que había visto: colores, siluetas, muebles, barcos, paisajes, flores, comidas, cuerpos medio desnudos. Para ella no eran revistas, sino un modo eficaz de pasar el tiempo. Pasaban las páginas, con el ritmo indeclinable de los almanaques.

Tuvo un pequeño derrame en su cerebro.

El médico la obligó a recomponer su lenguaje abatido. Fue la época en que hablaba idish, aunque no se daba cuenta y nadie la comprendía.  

La mujer que fue a devolverle el lenguaje, a recordarle el castellano, insistía con tonterías: repetición de palabras, imágenes para niños, soplidos, respiración, ejercicios.

Elena comenzó a cansarse de la gramática, del exceso de conciencia, de la pronunciación debida, de las absurdas conjugaciones. ¿Para qué quería la palabra? Ya había pasado su vida. 

Una tarde la mujer la obligó a decir una frase irrepetible. Se sintió ultrajada. Una niña sin infancia. Los niños vienen al mundo sin decir nada. Al principio siguen en el vientre, pero apoyados por fuera. Luego, los arrancan. De materno, el lenguaje pasa a ser paterno. Y allí comenzaban los problemas.

Ella era como una niña anciana.

Decidió no responder a la espantosa severidad de la frase.

Dijo: “basta”, en perfecto castellano.

La mujer se dio cuenta: ¿quién puede no percibir un abismo?


La mujer la abrazó. También estaba cansada. 

martes, 30 de julio de 2013

"Anna, en dos amores".



(Anna Lárina). 
(Nikolái Bujarin). 


Todos los días, a las siete de la tarde, había reunión en la casa del padre de Anna. Comenzaba el bullicio un poco más temprano, cuando Nicolás se adelantaba al resto del grupo para iniciar la conversación y, de paso, mirar de reojo a Anna, mirarla desde unos ojos lejos, mirarla sin ser mirado.

La diferencia de edad era tan sideral que nunca se veían juntos en ninguna escena: demasiada distancia de vestimenta, de gestos, de tonos de voz, de luminosidad, de humedad, incluso de gravedad.  Sería imposible reunirlos en una misma mirada; nadie, ninguno, nunca, los relacionaba.

Sin embargo, no cabía la menor duda que allí ocurría una tensión, el destello de un  relámpago, el vértigo que provocan esas sensaciones de lo común, de una distancia que es apego, aunque no lo parezca, aunque se suponga imposible, aunque no tenga más remedio.

Cuando su padre hablaba, el silencio era definitivo y se exigía agudeza de oídos y templanza para percibir los matices y los laberintos de su palabra. Era uno de esos hombres que estaba al corriente de todo, con los pies enterrados en su propia época y su lectura que llegaba hasta los extremos difusos del origen de los tiempos. 

Leía demasiado aunque para él eso nunca era suficiente.

El padre de Anna leía como quien mira a través de una ventana durante horas; leía como acariciando la travesía emprendida por quienes ya habían escrito. Por eso escucharlo era adherirse al aire de una biblioteca, recostarse en el pecho de la historia, tocar el fuego de lo pensado.

Sufría desde hace tiempo una hemiplejía que le impedía moverse con soltura, sus labios estaban casi atados a la boca y su voz era monótona, directa, sin  rodeos ni encrucijadas. Cuando hablaba convencía, sin la necesidad de artificios del movimiento o de estudiadas pausas.  

Solo cuando terminaba de hablar –quizá por el cansancio, quizá por una debilidad última- el resto de los hombres revelaba su postura. Los tonos de la conversación subían y bajaban según lo escarpado del tema.

Anna los escuchaba desde la cocina como si se tratase de una radio  encendida. Anna aún no prestaba atención a lo que decían: economías, geografías, políticas, obreros, industrias, todo eran para ella un lenguaje extranjero, desconocido. 

Sin embargo cuando hablaba Nicolás, Anna entrecerraba sus ojos, dejaba de lado la costura o la cocina, atesoraba cada sonido y comenzaba a recordarlos uno por uno.

No eran tanto las palabras –ellas, tan dispuestas siempre en fila- sino el modo en que entraban en su cuerpo, la forma en que la recorrían verticalmente.  Un deslumbramiento diferente al que sentía por su padre, una lumbre carnal y más viva. Esa voz le duraba hasta que Nicolás volvía, como si nunca se hubiera ausentado, como si nunca se hubiera ido.

Demoró interminables tardes de soledad para darse cuenta que el amor no  siempre se presenta como es debido.

Demoró infinitas noches de intranquilidad hasta comprender que Nicolás y el amor se reunían en ella como la única palabra con sonido.


Demoró el hartazgo de doscientas mañanas hasta entender que el amor no se  espera. Que el amor no se busca. Que el amor no está fuera. Que el amor no viene. Que el amor sobreviene. Que el amor de toda una vida no llega: que estaba allí, desde antes. 

Incluso desde cuando no lo sabía.