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viernes, 2 de agosto de 2013

"Marina, el ahorcarse, los poemas".

(Marina Tsvietáieva)
Marina se ahogó una vez sola. Y fue suficiente. Dejó una carta, una carta que viene de lejos, una carta que se parece a un ciprés, o a un alerce, o a un sauce, pero no a un roble. Decía: tengo miedo ¿qué otra cosa me queda? Se sentía agraviada, ensangrentada. Le habían arrancado su pasión más fuerte: la justicia. Era incapaz del dinero y de la fama: eso era para los poetas débiles, inexistentes. La imposibilidad de hacer o de sentirlo todo de otra manera: “hay que estar muerto para preferir el dinero”. Y todo llegará en el equinoccio de la primavera. Su hijo, tan hijo, tan pequeño, se va la guerra, escruta el cielo de los bombardeos. El carácter de Marina se torna humor infame, pesimista, dolor suicida. Le proponen un cargo de educadora: “no soy capaz de ello”. Ruega para que le den un trabajo como lavaplatos. Ya advierte su propio desenlace: se imagina a la perfección el día que dejará de escribir poemas. “Esa historia con los versos sería mi primer paso hacia la no-existencia”. No existir: ni escribir, ni amar ¿quién sobrevive? La vida es más compleja que un querer o un no quiero. Piensa en la muerte y no le alcanza ni la razón ni la pluma. Se hiere y escribe: “La herida: un hoyito pequeñito a través del cual se va la Vida”. Suplica por su hijo, lo demás es ahorcarse. Encarga a sus hermanas un baúl con libretas llenas de poemas escritos a mano y un paquete con textos en prosa. No puede más, suplica perdones. La vida es un callejón sin salida al que no se entra, se cae. “Mi madre se suicidó” –escribe Mur, su hijo-. Y mientras lee la última carta, encuentra en medio un verso suyo de octubre de 1940: “Y mis cenizas serán más calientes que la vida de ellos”.    

sábado, 27 de julio de 2013

"Marina, en medio de su cuerpo".


(Marina Tsvietáieva)

Marina escribía cartas. Como otros salen a pasear. O miran los lirios. O buscan, incansables, el sentido de lo incierto. O se visten y se desvisten. O miran el paso de un cisne por un agua quieta. O, simplemente, descansan.

Marina iba y volvía de varios lugares, perseguida, exiliada, regresada, esperada, inesperada. María no tenía casa. Su casa era la escritura.

Vivía en el fuego.

De niña había sido indiferente a los juegos y amante apasionada por todo lo que podía ser leído y escrito. Indiferente a los propios, cautivada por los extraños: aristas y ristras de una mujer ausentada de dios pero no de la furia.

A los siete años ya todo lo sabía: “Todo lo que me gustaba, me gustó antes de cumplir los siete años, después ya no me enamoré de nada”.

Tenía un cuerpo largo, desmedido. Sus brazos caían hacia las páginas blancas y se hundían en la terquedad, en la franqueza, en una extraña danza de bienvenidas y despedidas.

Vivía en el fuego y en medio de su cuerpo.

Su lengua era el ruso, el alemán, el francés, pero también la lengua de los árboles, la patria del dolor, la pronunciación de la impaciencia.  

Escribía cartas e historias de pintores, de escritores.  Y versos. Versos como canciones, versos que bailaban más allá de los renglones, más allá de la justicia.

Vivía en el fuego y se le soltaba la lengua.

Se le soltaba la lengua y ya nunca más volvía: lo que decía se iba detrás de cada pregunta, de cada percepción, de cada trueno, de cada algarabía. 

Una hija murió en sus brazos, de inanición, de desatino.

Otra hija recuperó sus escrituras y las devolvió al mundo.

Otro hijo recibió la carta donde Marina le contó que se suicidaba.

Amó a los poetas, amó a Napoleón, amó a su marido, amó a todo aquel y a cada quién que le escribía. Amó porque quería amar y ser amada.

Se suicidó muchas veces. La última vez, fue la primera.

Marina vivía en el fuego y se ahorcó de verdad. Sin poder apoyar sus piernas.   Ni encontrar sus cartas. Ni llevarse los cuadernos.  


Murió. Aunque no debería ser cierto. Aún la leo.  

jueves, 25 de julio de 2013

"Una niña ignora que será poeta".



(Marina Tsvietáieva con su familia, imagen tomada de: http://misredesrusas.blogspot.com.ar/). 


Una unidad de tiempo no es una unidad de sucesos ordenados: ¿cómo podría serlo? Para que dos o tres hechos que ocurren al mismo instante tengan alguna relación es necesario inventarse más de un tercio de la historia, disimular sus pliegues, eludir la tentación de la moral e, incluso, rehuir de la intemperie de lo ajeno. 

¿Qué es la historia o su relato sino la incapacidad para explicar cómo es posible que una  mujer ame en el límite de sus fuerzas sin que haya ya nadie de la otra parte? ¿O que en el mismo minuto en que se desata una guerra, en otro sitio haya un hombre fumando indiferente? ¿Qué relaciona a un ciego que no acaba de cruzar la calle con una señora que pasa horas mirándose en un espejo? ¿Cómo es posible siquiera imaginar que a un dolor le corresponde, a la vez, un silencio, un desatino o nada? 

La historia de lo humano es la historia del quizá y del casi. 

Quizá si alguien se hubiera dado cuenta de algo, quizá si aquel niño no se hubiera escapado ni golpeado fatalmente su cabeza, quizá si dos individuos se hubieran conocido antes, quizá si el terremoto hubiese comenzado lejos de  aquí. Quizá si no hubieras dicho aquella palabra. Casi seríamos distintos, casi otra cosa, casi en otra parte, casi sin desearlo, quizá sin reconocernos. 

En el infinito entramado de azares que es el mundo a veces ocurre que diferentes personas no se crucen ni se conozcan de milagro. Algunos parten siete segundos antes que otros o se enredan en una conversación que los hace llegar más tarde o están en el sitio donde jamás deberían estar o son gente que nunca sale. Algunos se han detenido sin motivo, otros se han distraído, otros se han ido cuando no correspondía y todavía otros estaban a punto de decir algo que callaron o hablaron demasiado cuando lo oportuno era un silencio cauto, retraído. 

La vida es un compendio inexacto de quimeras: tener una vida no significa otra  cosa que ser capaces e incapaces de otras vidas. El destino es una palabra que solo puede pronunciarse un poco antes de la muerte. El porvenir es una encrucijada que no espera. El pasado crece a los lados como si el cuerpo no lo contuviera. 

Una niña juega sentada sobre la hierba, mientras su padre fuma un tabaco fuerte. La niña no sabe qué le tocará en suerte. Quizá alguna vez recuerde el aroma mezclado del tabaco y de la hierba. Pero no tiene idea de lo qué será cuando, después, se le pregunte quién sea. Esa niña juega con otra niña y no sabe que ya no la volverá a ver jamás, no prepara su vida, no anticipa los días, no tiene otra pretensión que hacer durar la atmósfera. Ni siquiera repara, ahora, que su padre lee apoyando el libro sobre su brazo quieto. Ignora que le tocará una vida de difamación, de memoria aturdida y de encierro.    

Un hombre y una mujer aún no se conocen, porque aún son un niño y una niña. No saben que se conocerán, ni tienen idea alguna sobre un barco que navegará treinta y dos días hacia una patria extranjera. Ella aún tiene el cabello rojizo y él todavía pasa horas en la escuela. Todo lo que ahora hacen no conduce a ningún encuentro. A ninguna parte. A ningún recuerdo. 

Una niña ignora por completo que será una poeta muy reconocida fuera de su tiempo, aunque de muy pequeña pasa las horas dibujando y escribiendo y ya los seis años cree saberlo todo. Jamás ha pensado que tendrá tres hijos y que uno de ellos, la más pequeña, morirá por inanición demasiado pronto. Tampoco elabora su futura sensibilidad extrema, ni cocina a lentitud de fuego un amor que le será eterno. 

Un niño de diez años se escapa de la siesta con su primo de once años. Mientras recorren el camino hacia el agua profunda, solo imagina alegrías: está completamente ausente del golpe en la cabeza contra una piedra que hará que en minutos deje de tener un primo. No sabe, siquiera, que con el tiempo el recuerdo será amargo, pero solo eso: un recuerdo. Ni tampoco sabe que su vida tendrá poco que ver con todo lo que allí está presente: las siestas, las rocas, su primo, sus diez años.  

Todos vemos ahora algo que por ahora no entendemos: la vida y la muerte, en apariencia ajenas.  

Nadie sabe qué vendrá. Por eso la vida es tanta. Y tan breve. 

sábado, 20 de julio de 2013

"Elena, Anna y Marina, en un abrir y cerrar de ojos".





(Marina Tsvietáieva)




(Anna Larina)


(Abuela Elena)


Una noche soñé con una fotografía nítida, imposible. El retrato sepia, ajado pero exacto de Elena, Marina y Anna juntas. ¿Cómo podría ser? Un sueño, me dije. Yo mismo  soñándome y sosteniendo la imagen y mirando la fotografía con una ternura de la que no soy capaz. Eran mis manos, era mi cuerpo, lo se. Y también eran ellas,  las tres, cada una: Elena, sonriente. Marina, desafiante. Anna, infinitamente triste. Alrededor de la foto, nada. Eso es lo que produce el sepia: un árbol se parece el cielo, el cielo se mezcla y funde con las cabelleras, la sequedad y la humedad se confunden entre sí y la tierra y el horizonte no se encuentran jamás. Pero el sepia muestra algo que ninguna otra tonalidad consigue: nos conduce directamente hacia los rostros, hacia la patria de los gestos y parece que hay allí algo que quisieran decir, decirse o decirnos.

El sueño duró un poco más porque yo no quería despertarme de ningún modo. Quería seguir aferrando una fotografía tan inexistente como presente. Como aquella otra noche: había soñado que sostenía un libro, que marcaba una frase, la frase que –estoy seguro de ello- contenía el título de un libro que quería escribir hace mucho tiempo: un libro sobre un hombre que decide darse una pausa y ya no puede salir de ella por más que lo intente. La frase era tan certera, tan verdadera como un acantilado. Nadie pudo nunca haber escrito esa frase. Era perfecta y recuerdo que me dolían los ojos al leerla y me temblaban los pies al intentar remarcarla. Mientras soñaba la frase y en el sueño quería subrayarla, no lograba hacer funcionar el lápiz negro. Y la frase se corría o se descorría o llovía encima del libro y la página se vaciaba, se emblanquecía poco a poco, robándome cada una de las palabras y las letras. Todavía ahora siento la conmoción por haber descubierto una frase ideal que ya no recuerdo en lo más mínimo.

Pero al igual que con la frase,  al abrir los ojos la fotografía también se evaporó, se hizo un remolino y se fue. Y es que un sueño acaba cuando se abren los ojos; sin embargo los ojos están abiertos cuando uno se está soñando a sí mismo. Me desperté y lo único que podía recordar eran tres fotografías por separado, ya no sepias, ya no juntas. En el sueño las reuní en una sola, el sueño hizo más posible algo casi posible: de hecho mi abuela pudo y quiso haber estado con Anna y Marina, aunque Anna y Marina nunca estuvieron nunca juntas. Era mi propia abuela esa amiga que reunía a las dos personas que ella más quería: Anna, la de la condena sin fin, la de las memorias incesantes, la de los poemas guardados entre los dientes; Marina, la del amor extremo, la que vivió en el fuego,  la de soga al cuello.


Y aquí estoy yo esta mañana de julio: con una imagen que no puedo recomponer y una frase que no puedo pronunciar. Soy un recuerdo –magro, debilitado, al mismo tiempo impotente e imponente- de dos sueños que duraron, como siempre, apenas un abrir y cerrar de ojos.   



martes, 16 de julio de 2013

"Marina Tsvietáieva. Un 'do agudo' entre la vida y de la muerte".

(Publicado en Esto no es una Revistanúmero 17, diciembre de 2011.  http://www.estonoesunarevista.com.ar/nro017/escritos.html#escritos02). 


(Fotografía tomada de: http://lamecanicaceleste.wordpress.com). 

Quizá fue en una tarde plomiza, con un viento herido aullando entre los bosques, cuando Marina Tsvietáieva -esa poetisa sin paz y sin remedio- tomó la decisión final de la soga en el cuello, que no es cualquier decisión.

Es cierto que la vida no puede leerse apenas a partir de la forma que asume la muerte, pero una muerte que se toma con las propias manos podría decir algo acerca de los últimos instantes de una existencia instalada en el centro del fuego. Una despedida anunciada, una disculpa casi sin voz: “A mí perdónenme – no pude más”, escribe a sus hermanas. “Perdóname, pero en adelante habría sido todo peor. Estoy gravemente enferma, esto ya no soy yo”, le escribe a su hijo Mur en lo que fuera la última de las cartas de Marina.

La escritora se suicidó el 31 de agosto de 1941 en Elábuga, esa última aldea de exilio y de frontera entre la vida y la muerte, rodeada –según relata su hijo- por la estupidez, la fealdad, la mugre, la desesperación. Sin embargo, ya había preanunciado su muerte desde hacía muchísimo tiempo. Por ejemplo en 1908, cuando expresa su deseo de suicidarse (¿metafóricamente?) durante la representación teatral de L'Aiglon. O el 13 de mayo de 1918  cuando escribe: 'Toma, cariño, mis harapos / que fueron un dulce cuerpo. Lo he destrozado, lo he gastado / sólo quedan las dos alas (…)”.  O también durante 1919, cuando sabe que ya ha dejado de escribir versos e intuye que pronto dejará de amar. Una existencia de hoguera, de extrema pasión y de aguda percepción, no puede sino estar expuesta al límite más voraz de lo cotidiano, a la rugosidad abrupta del tiempo, al borde mismo de una vida sentida y padecida como abismo inexorable sobre el que se pone de pié una y otra vez el amor y la escritura.

El amor (mejor dicho: el amar) y la poesía (mejor aún: el escribir) pueden ser las formas más nítidas que revelen su biografía. Si se ama y se escriben versos la vida continúa, la vida es ese durante de la duración del tiempo  porque allí se mueven el ritmo, la pasión y la hondura de la respiración humana. Pero si un buen o un mal día se deja de escribir y, enseguida, de amar ¿qué queda de la vida, qué hay en la vida?

En el caso de Marina quizá se trata de un escabroso y definitivo hartazgo existencial y de época: la humillación por no tener donde vivir ni donde apoyar sus pocas cosas; las angustiantes solicitudes, sin respuesta, para realizar cualquier trabajo; la lejana prisión de su siempre-marido Sérguei; el destierro incógnito de su hija Ariadna; la incomprensión ya definitiva acerca de los rumbos de la política soviética; el acecho mortífero de la ocupación nazista; en fin, toda una geografía apenas iluminada por la necesidad imperiosa de un cadalso propio.

A setenta años de su suicidio la memoria nítida sobre su escritura y sobre su vida parece haber llegado demasiado tarde para tanto amor y tanta escritura, ese  desconsuelo permanente y final que casi siempre acompaña a esos escritores casi no leídos en su propio tiempo.

El hecho que hoy conozcamos su poesía, su prosa, su epistolario, en síntesis, que sepamos algo parecido a su intimidad, no borra con una supuesta  familiaridad tanta soledad bestial, tanta intensidad ahogada, tanta voluntad de existencia y tanto desapego final. Así como tampoco oscurece o apacigua toda la tensión apabullante que transmite una vida puesta en una escena brutalmente real: como si la luz de este teatro hubiera iluminado malamente los fragmentos de su vida, como si el guión hubiera sido escrito por una pluma ensañada con más y más tragedia. Pero, también, con más y más lucidez: “¿Qué quería decir el poeta con estos veros? Pues justamente lo que dijo. No explico, encomio; no demuestro, muestro (…)”.

¿Qué escoger para un retrato de Marina? ¿A qué escena prestarle más atención? ¿A los sonidos y ritmos de una poesía nueva atada a la sangre de su corazón? ¿A la amorosidad de una grieta que se abría ante cada una y cualquiera de aquellos que deseaban habitar su vida? ¿A la desgarradora muerte por inanición de su otra hija, Irina? ¿A esa voz insistente que deseaba más que nada ser oída, ser leída, ser querida? ¿A los sucesivos exilios exteriores e interiores? ¿A esa sabiduría puntillosa y universal que asomaba en cada cortejo y cada consejo de su múltiple e inagotable correspondencia?  

De escritura intensa y larga, abundante, fecunda, sonora, Marina dejaba todo en el texto: “se volvía sorda y ciega a todo lo que no fuera su manuscrito”, relata su hija Ariadna.  Escribía bien temprano por la mañana, donde los únicos sonidos son los del cuerpo que se despierta y nace y, con ellos, la transparencia de la mirada y de la piel dispuesta a percibir el mundo, con la cabeza fresca y el estómago vacío. El mundo se percibe, nos dirá, no se conceptualiza.

En su poética hay, sobre todo, ritmo, palabra cantada, un alma de poeta que sólo puede estar al servicio de sí misma o de otro poeta. No es una poesía de novedad, sino de autenticidad. Por ello Marina no creía demasiado en las formas “salvo bajo la forma de un cascarón roto o de un difunto de tres días”. La poesía no es una forma, entonces, sino la fuerza de lo que está vivo o de lo que se puede y se deja revivir a través de la escritura. Y esa fuerza de lo vivo, más allá de las formas, no es otra cosa que la voz. En Marina la voz no se busca, no se investiga, no es un artificio sobre el cual acomodarse. Es una voz que se sigue a sí misma, se acompaña como el sonido de la sombra de la existencia. El carácter extremo de su voz llevó a Anna Ajmátova a decir que: “Mariana comienza con frecuencia un poema con un do agudo”.  

Y será ese do agudo el que resonará más allá de su cuerpo y de su existencia. Será ese do agudo el que nos siga hablando y escribiendo. Solo la lectura salvará a Marina de otra soga al cuello: la de una nueva indiferencia, la de un tan poderoso como indigno silencio.    

Referencias.
Brodsky, Joseph. Menos que uno. Ensayos escogidos. Madrid: Ediciones Siruela, 2007.

Efron, Ariadna. Marina Tsvetáieva, mi madre. Barcelona: Circe Ediciones, 2009.

Tsvietáieva, Marina. Cazador de Ratas. Buenos Aires: Paradiso Ediciones, 2007.

Tsvietáieva, Marina. Una dedicatoria. México: Editora Universidad Iberoamericana, 2007.

Tsvietáieva, Marina. Confesiones. Vivir en el fuego. Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2008.



lunes, 1 de julio de 2013

“Escribir y leer para resucitar a los vivos. Notas para pensar el gesto de la lectura (y de la escritura)”.

(Publicado en Buenos Aires: Novedades Educativas, febrero, 2011, número 242, 5-8; otra versión del mismo texto fue publicada en Juana Porro (compiladora): Educación literaria. Articulación entre escuela media y universidad. CURZA, Universidad Nacional del Comahue, Viedma, 2011, 11-22 y, también, en: Walter Kohan (Comp): Devir-criança da  filosofia. Infância da educação. Belo Horizonte: Autêntica Editora. 2010, pp.17-25). 


(Fotografía: Iván Castiblanco Ramirez)


“Escribir  Leer  / Apenas suponen / A duras penas quisieran /  Resucitar a los vivos”.[1]



I

Un gesto, apenas un gesto: abrir un libro, es decir, dejar la mirada, dejarse olvidada la mirada, dejarla casi abandonada, alrededor de algo que no es tuyo y que, quizá, alguien te ha dado. Te lo ha dado, y es mejor no ver su mano, que la mano no se muestre, que la mano desista de revelarse como el origen. Pero que deje más o menos cerca, amorosamente, insistentemente, un libro, el gesto de dar la lectura, de dar a leer.

Alguien te ha dado la posibilidad de abrir un libro. Y será mejor no quedarse allí para preguntarte, para indagarte, para someterte al juicio de lo que deberías leer, de lo que deberías ser. Alguien, cuya mano está dispuesta a un convite tan simple como milenario: dar a leer. Dar a leer porque sí. Dar a leer porque alguien ha escrito algo antes. Dar a leer porque alguien ha leído antes.

Siempre alguien ha escrito y leído antes. ¿Antes de qué? De tu nacimiento, de tu cuerpo que todavía no es pero ya existe. Antes que pudieses abrir los ojos, para sonrojarte o para desolarte, ya hay alguien que escribió y que leyó algo antes. Alguien escribió algo y, quizá, sin otro motivo que el de poder leerlo, dará comienzo esa extraña tarea de encuentros y de desencuentros, de soledad y multitud, de pasividad y turbulencia.

Primero, torpemente, es decir, sin saber muy bien si lo que hay que hacer es reconocer la letra o la palabra o la voz que antecede. Luego, audazmente, como si la lectura tuviera que ver con la voracidad. “Lector, esperaba los libros. En espera del libro, lo buscaba como (perdón por decirlo así) un animal que tiene hambre”.[2] Más tarde, al final, serenamente. Porque de algún modo la serenidad te dará un lugar en la lectura.

Alguien ha escrito y leído antes. Alguien es una mano que ha escrito y otra mano te dará a leer para que tu propios brazos realicen el gesto de abrir un libro, abrirte a la lectura, provocarte una hendidura por donde pasarán, como lentas  conversaciones, palabras que no son tuyas, hilos que no son tuyos, heridas que no son tuyas, pero que podrían comenzar a serlo.

Porque: “Como lector se abre, es abierto, el abierto, como su libro está abierto, se abre como una herida está abierta, abre y se abre, se abre del todo sobre lo que la desborda del todo, y la abre”. [3]

Abrir un libro, ese gesto no es sólo la abertura del libro, no es apenas “abrir el libro”. Se abren, a la vez, posibilidades e imposibilidades, el estar presente y el ser sustraído, la musicalidad y la taciturnidad. Se abre el desconocimiento más auténtico, el único que de verdad ni sabe ni puede saber jamás: el de no saber cómo se continúa el presente, no ya hacia delante, sino a sus lados; el de ignorar la propia voluntad de saber; el de renunciar a la ya conocida y alicaída palabra siguiente.

Abrir un libro: un gesto inicial que quizá te confunda de dirección, te entorpezca la urgente felicidad a la que te convoca este apurado mundo, te quite del tiempo destemplado al que te llaman insistentemente apenas para humillarte, para destituirte, para ofenderte. Un gesto que es acaso contrario a la muerte, aún cuando te ciegues, te endurezcas, te ofusques con la doble letra del mundo retratado en la escritura. Doble letra, doble palabra, doble fragmento o quizá más aún: tu palabra ahora no importa, las palabras de orden tampoco, pero están allí, disputando uno a uno el recorrido de tus ojos sobre la lectura. ¿Qué elegirás? ¿La palabra brutal pero ya encarnada? ¿O la palabra fácilmente amorosa que sólo da y recibe hipocresía?
Al menos algo podrás elegir. Algo que, incluso, no entenderás. O que, al entenderlo, volverá a huir o a perderse. Como si las palabras en la lectura no se detuvieran en tu memoria, sino que saltasen de hoja en hoja, de libro en libro. Quizá en la escritura te parezcan estatuas. Pero en la lectura, esas mismas palabras, son danzantes, extraños torbellinos que no arrasan: danzan.

Algo podrás elegir, aunque nadie sepa cuándo, ni estemos allí para hablar de ello, para averiguarlo. Tal vez lo que elijas sea poder abrir un nuevo libro sin que nadie te lo diga, o sin que nadie te lo de. Tal vez lo que elijas esté fuera de la lectura y de la escritura. Pero si estuviera dentro de la lectura y de la escritura, es decir, si siguiera ese camino carente de dirección pero camino en sí, quién dice alguna vez serás esa mano que impida que el gesto de dar a leer se acabe, como ya se han acabado en cierto modo la desmesura del silencio y el privilegio de la amistad.     

Así, abrir un libro es un gesto que continúa el mundo, que lo trasmite, que lo hace perdurar. Leer, entonces, tendrá que ver con una suerte de salvación –pequeña y nada ostentosa- de un mundo anterior. No apenas resucita a los desahuciados vivos del ahora, sino que lo hace a partir de palabras del ayer.   


II

¿Cual mano te dará a leer? Cualquier mano. Toda mano es capaz de dar, sin siquiera mostrar el movimiento de “dar”, sin siquiera pronunciar su nombre, ni el nombre de nada, a no ser el nombre de quien ha escrito antes, si quisieras saberlo. La mano es anterior a la primera palabra que estás por pronunciar. La mano es pura ausencia cuando esa palabra queda dicha.  

Se trata de cualquier mano que, inclusive, ni siquiera ha puesto su mirada en lo que te dio. Porque pensó, sintió, hizo, que eso que te ha dado no necesite de su autoría, no sea de su propiedad, no tenga autoridad. Quitar la autoridad de lo dado, sí. Para que lo dado sea heredado, sin que se advierta la gravedad o la impureza del dar. Para que dar, dar como sustantivo, no como verbo, sea desmesurado e ínfimo a la vez.
Porque la mano debe partir apenas dejado el libro, debe retirarse para poder dejar. Si se queda allí, si se vuelve mano que insiste, ya el gesto se transforma en dominio, en desdichada persuasión. La mano que queda al dejar, no deja, se vuelve mezquindad.

Dar es dejar, no es abandonar. No se abandona lo que se deja. Lo que se deja es una curiosa sensación de dar. Y la conjugación está en la punta de la lengua: dar lo dejado. Nunca debería decir: dejar de dar. Dejar de dar es ya estar tieso, ser incapaz de gesto alguno, incapacidad de donar, de estirar la mano más allá de tus narices. Dejar de dar es como la muerte. Muerte que siempre es propia, que no se da ni se deja.

¿Pero qué es lo que se te puede dejar, con el riesgo que no lo tomes, que seas indiferente, que lo desprecies? ¿Qué es lo que se deja y que corre el peligro, también, de ser algo diferente en tus manos, de no ser exactamente idéntico, de ser siempre otra cosa que lo que te fue dado?  

Se te deja una letra, una palabra, un fragmento, cientos de fragmentos, una voz que convierte la lengua en una sensación del mundo. No, no dejes que eso que te den sea una concepción del mundo. No dejes que te obliguen a repetir una concepción del mundo. Pide, eso sí, que te den una sensación del mundo. Una sensación del mundo, lo que es decir: un infinito de sensaciones del mundo. Porque leer es una sensación del mundo que se dejó escribir en un gesto indescifrable. No descifres ese gesto, no. Más vale abandonarlo y abandonarse en su misterio. Ninguna sensación puede ser una cifra, es un movimiento: saltos, tropezones, virajes, encrucijadas, verdades a prueba de milagros, milagros que se cuecen sin verdades a la vista. 

De ese modo lo escribía y lo repetía insistentemente la poetisa rusa Marina Tsvietáieva: “Yo no tengo una concepción del mundo. Yo tengo una sensación del mundo”. [4]

Y es que parece que aquí no hay otra cosa que la presencia exagerada del concepto, es decir, el no poder balbucear, murmurar, sino fijar, decidir. Te preguntarán: ¿Qué piensas de todo? Te obligarán a responder: ¿Qué opinas del aquí y del allá? Y cuando intentes dar tus sensaciones, cuando quieras detenerte en la ambigüedad de cada palabra, te dirán que ya no hay tiempo. Eso es el concepto: la inexcusable falta de palabras ante la repetida ausencia de tiempo.
Tener una sensación del mundo quiere decir, apenas, que se piensa con el cuerpo. El concepto es la distancia que se establece entre tu cuerpo y el mundo. Leer, tal vez, sea el modo más sentido de volver a abrir tu cuerpo en medio del universo.  


III

Esa mano te deja algo que te indica, que te sugiere, que allí mismo, en ese gesto de abrir un libro tal vez habrá algo, algo que es ni tuyo ni de esa mano, un libro, cualquier libro, que pudiera desnudarte o, al menos, darte a ver la misteriosa desnudez de lo humano.

Ese gesto te deja, también, solo, a solas. En algún momento tendrás que estar solo. No siempre habrá que estar sostenido por la mano del doble gesto de escribir y de leer. En algún momento, habrás de ser ojos-letra, mirada-búho, callejón sin entrada, aire de aridez. Gesto sólo. Lector sólo. Escritor sólo. Soledad sola.

Porque: “El libro es la ausencia del mundo. A la ausencia del mundo que es el libro se suma esa ausencia del mundo que es la soledad. El lector está dos veces solo. Solo como lector, está sin el mundo (…)”. [5]

Ese mundo ya no está. Ese mundo de lo que es inmediatamente tan urgente como innecesario, tan enfático como pueril, tan acuciante como sinsentido se ha caído en el abismo de la lectura. Y en la lectura se vuelve a perder. Ya no hay mundo. Ya no hay ese mundo. Hay, eso sí, soledad que arropa y desierta; soledad porque se trata de un gesto que no ves. El libro ya está abierto. No hay nadie más, no hay nada más. Incluso el libro no es, no está, no permanece en la lectura.

Porque: “La atención provocada por la lectura del libro (…) se emancipa del libro. El libro cae (…). El libro ha desaparecido. El mundo no ha regresado”. [6]

Y es que la escritura anterior a tu lectura, ya fue ella misma solitaria soledad. Soledad no de creación, sino de palabras que no regresan. Soledad no ya del autor que vacila, sino más bien de vacuidad de la lengua. Aún en esa escritura, ya hay algo que no sucede, ya hay algo que no se escribe. También en la escritura hay dos veces soledad.

La escritura, así, como sustantivo, es algo que no ha ocurrido ni ocurrirá jamás. Su inexplicable, bella y obsesiva persistencia, no es más que una prueba de ello. Si fuera posible la escritura, ya estaría escrita. Pero, en realidad, la escritura se derrama, se esfuma, es fantasma.

Porque:
“Escribir tendrá que ver
con algo que no ocurre
ni ocurrirá jamás

Porque
el punto final es tan absurdo
como lo es cualquier vacilación
que comienza vocálica
y acaba padeciendo
por exceso de fe

Y la grieta entre
lo escrito y por escribir
no es que sea más extensa
sino que es
cada vez más grieta

Además
todo podría perderse
un mal día

Escribir
podría ser negarse a ese día

O bien
a esfumarse con él”. [7]


IV

Pero: ¿Cualquier fragmento, en cualquier libro?

Sí, cualquiera.
Un fragmento en un libro es otra vida en otro tiempo en otro lugar. Ese libro es cualquiera, porque cualquiera es el tiempo, cualquiera el lugar, cualquiera puede ser la vida de cualquiera.

Sí, cualquier libro. Por ejemplo los muy subrayados, los muy arrugados,  los muy abiertos. O los nunca abiertos. O los libros que se esconden y hay que salir a buscarlos. O los que insisten en ser única lectura. O los que te confinan a una hora que no comienza ni termina, porque te ofrece la inexplicable sensación del durante, de la duración sin hora, de esa hora intrigante del sin antes y sin después. 

No, cualquier libro, no. Es que no todo puede ser libro, aún cuando vista ese ropaje. Puede haber letras, puede también haber precisión de orfebre, pero no haber gesto. Puede comenzar con un ademán sí,  pero enseguida acabarse, diluirse en una trampa mortal de quien ha escrito no para que leas, sino para que seas un rehén sin voz. Puede que no toda palabra quede impresa en tus oídos. Puede que ese libro no sea sino un fuego de artificio. Que te prometa felicidad, destino, conquista, la absurda negación de la muerte que no es, sino, la igualmente absurda imposibilidad de afirmar la vida.  

Hay libros que no, que no son gesto sino condena; libros que sólo quieren dejarte allí donde estás, preso de tu prisión, huérfano de otras vidas. Libros escritos, sí, pero sosos, indigentes.

Leer es un gesto que algún día sabrá reconocer porqué hay libros que sí, porqué hay libros que no. Igual que con las palabras sueltas: si te gusta “amor”, no te gusta “infamia”, si te gusta “rosa”, no te gusta “industria”, si te gusta “viento”, no te gusta “ambición”. 

¿Gustar? ¿Qué quiere decir gustar en ese gesto de abrir un libro?

La lectura reconoce sus sabores. De a poco. Despaciosamente. Al principio, no sabe: pero huele. Huele la nariz dentro del libro, huele el movimiento de las páginas, huele ese olor misterioso de lo que se comprende y no se comprende a la vez. Y se aspira el vendaval de la escritura. Se huele, se sabe reconocer ese olor como un olor desconocido, entonces se aspira la ternura de una bienvenida y la aspereza del adiós.


(Fotografía: Pequod Libros). 

Después, entre la humedad de los ojos y la vigilia del tiempo, comienza a probarse, a palparse, a recorrerse el libro. Algunas palabras saben a memoria de amistad; otras, al ahogo de la promesa recién pronunciada. En otras palabras hay sabor a abuelas y a patios y a amores que sí y que no, se huele a gotas de lluvia fría y a dolores casi siempre extranjeros. 

El gesto es: abrir un libro. No hay segundo gesto. En principio, no hay segundo gesto, no. Lo segundo no es gesto, es sabor. Pero aún hay que quedarse en el primer gesto. Porque no se ve demasiado. Porque insistimos en que otro lea y no hacemos el gesto nosotros mismos. No lo hacemos.

Sin primer gesto, sin dejar de dar, no hay escritura, no hay lectura. Porque el primer gesto es abertura y detención, pausa, pausa, muchas pausas.

¿Pausas de qué?

Del vértigo que es un gesto de la desesperación por precipitarnos a la muerte.
De la celeridad que es un gesto cansado de sí mismo.
Del torbellino que es un gesto que no reconoce ni su pasado, ni su porvenir.
Del atolondramiento que es un gesto inexacto en un camino imposible.
De la prisa que es un gesto que ni viene ni va, que ha perdido no el rumbo, sino sus pies.
Y del barullo, del tumulto, del griterío, que no son gestos sino ademanes absurdos, irreconocibles.


V

El gesto es, siempre: abrir un libro. Ese gesto es: la caricia, sí; la memoria, sí; el deslizamiento ni hacia demasiado fuera, ni hacia demasiado dentro; el sonido, sí; el ritmo, sí; la voz, sobre todo, la voz.  La voz que cada uno habrá de ser.

Es un gesto que abre un espacio algo más tibio y más hondo que la pronunciación; más suave y más largo que la presencia del silencio; más alto y más indisciplinado que la puntuación.

Es, un gesto, sí, un gesto. Se hace con la mano, pero sobre todo con el rostro. Y una vez que allí está, en el rostro, todo ocurre descompasadamente: tal vez, llorar, porque algo-alguien se ha muerto allí donde la mirada no puede dejar de ver; quizá, reír, porque algo-alguien se ha disfrazado o caído en el abismo del absurdo; callar, porque algo-alguien habla; escapar, porque el laberinto no te da respiro y porque es demasiada la noche de lo que allí está escrito.

¿Algo, alguien?

Algo-alguien que no fuiste ni serás, ni podrás ni querrás, tal vez, ser. Y sin embargo, en esa distancia que no es lejanía; en esa proximidad que es prójima, hay conmoción, hay intimidad, hay deseo de ser otro, hay pasado que es presente, hay presente presente, hay destinos a borbotones.
El gesto seguirá siendo, siempre, abrir un libro.
Quizá para cerrarlo.
Quizá para guardarlo.
Quizá para volver a darlo.
Quizá para releerlo.
Quizá para perderlo.
Quizá para no encontrarse.

Es un gesto porque está en la mano, está en el rostro, pero más aún en los ojos.

Y son los ojos los que traducen, los que conducen las historias hacia la interioridad del cuerpo. Y por que no hay ojos iguales, es que hay cuerpos distintos.

Y el gesto, el primero, el de abrir un libro es, antes que nada, un gesto sensorial: se abre un libro y a la vez se abren los párpados, sí, los párpados. Y luego se abre la boca sorprendida o amenazada. Una mano te ha dado un libro y ahora tu cuerpo es la sensación de leer, no es otra cosa, no, sino la sensación de leer que está en el cuerpo. 

Y el cuerpo comienza en los ojos. En los ojos que miran.

¿Los ojos miran qué?  
No, no miran, son mirados. Son mirados sin prisa, sin ostentación, pero sin respiro. No te dicen cómo hay que mirar, pero te soplan al oído qué es lo que quieren que mires. ¿Sería mejor no hacerlo? ¿No indicarte, no sugerirte, no desearte qué mirar? No, más vale enseñar. Enseñar como indicación, como signo que apunta hacia alguna parte. Enseñar el modo en que elijas ser mirado por otros otros.

Ojos mirados por niños prodigios, mensajeros sin rumbo, débiles hombres enamorados de mujeres huidizas, abuelos que ya no se recuerdan a sí mimos pero aún aman el tiempo en que ello, tal vez, ocurrió; muchachas en pie de guerra y a los pies del deseo; escribientes que preferirían no hacerlo; ciegos de bastón y ciegos de furia; la insistencia persistencia de la infancia.

Ojos mirados por poblados de nombres imposibles, por páramos, acantilados, edificios en ruinas, océanos que no van ni vuelven, laberintos, encrucijadas, lugares próximos que al cerrar el libro se vuelven ajenos, inalcanzables.

Ojos mirados por la guerra, la decrepitud, el asombro de un abrazo, el abandono, los celos, la amargura, el infinito, la lluvia que nunca dejará de replegarse, el tiempo inventado en otro tiempo, el uno que es siempre otro, el otro que es siempre otro y otro más, y otro más.

Porque: “Toda palabra designa al otro. De entrada, una palabra altera, produce todas las alteraciones, contemporiza con el prójimo, provoca alteridad. El movimiento que nombra al otro altera. El movimiento que nombra al otro altera ese movimiento y al otro”.  [8]

Ojos mirados, incluso, por todo aquello que no tendrá nombre pero que podrá, algún día, decirse con tu propia voz, a tu vez, en tu ritmo, con esas palabras que sólo nacen si se encarnan, si están encarnadas, deshuesadas, decididas.

Y entonces sí.

Ahora que el universo ha entrado por tus ojos (¿de qué otro modo más bello podrías ser mirado?),  ahora sí, los ojos miran su propio tiempo, su propio espacio. No cotejan, miran. No se desilusionan, miran. No conceptualizan, miran. 

Pero: ¿habrá que decidir entre el libro y el mundo? ¿Habrá que dejar el libro para estar en el mundo? ¿Habrá que abandonar cualquier pretensión de mundo para quedarse en el libro?

“Pues el libro es un mundo en falta. Quien lee a libro abierto lee a mundo cerrado”. [9]

Abrir un libro. Ese gesto tan ínfimo, tan mínimo, que su ausencia no se ve, que su falta no parece ser. No abrir un libro pasa desapercibido, pasa a través de la nadería, pasa y se va y ya casi no se recuerda.


VI

Antes, mucho antes de hacer el gesto, de dar a leer, de dejar un libro, escucho la temible y terrible afirmación. El niño no entiende, es inútil el gesto. Ser niño supone no entender. ¿Los niños no entienden lo que hay un libro? ¿Que es mejor que lean después, más tarde, más adelante, nunca? 

“Pienso en los libros. ¡Cómo entiendo ahora a los ‘estúpidos adultos’ que no dan a leer a los niños sus libros de adultos! Hasta hace muy poco me indignaba su suficiencia: ‘los niños no lo entienden’, ‘es pronto para los niños’, ‘cuando crezcan lo descubrirán’. ¿Los niños no lo entienden? ¡Los niños entienden demasiado!”. [10]

Ya sé: me dirás que qué esos ojos no ven, que esos ojos no pueden ver.  Eso no cambia las cosas. No cambia el gesto. Cambia, apenas, el modo en que la mano, siempre oculta, siempre casi ausente, dará a leer. 

¿Que esos oídos no escuchan, no pueden escuchar? Eso no cambia las cosas. Porque el libro que se da a través de la mano que desaparece, es una mano que entonces deberá enseñar, enseñará en señas.

¿Qué ese cuerpo no se mueve, que está inmóvil? Eso no cambia las cosas. Habrá que aproximarse, habrá que lograr que la mano tense un poco más su movimiento. Y habrá que retirarla, tal vez, más rápido. 

No habrá que buscar excusas, porque el gesto es único pero no es uno solo. Habrá que diseminar el gesto, mulitplicarlo no por sí mismo, sino por sus variedades, sus variaciones: el gesto de la mano que escribe, el gesto de dar a leer, el gesto de dejar leer, el gesto de leer, el gesto de abrir un libro.

Leer es un gesto que apenas supone, a duras penas quisiera resucitar a los vivos.

¿El gesto para qué?

Para no olvidarse de lo humano.
Para que lo humano no se niegue a lo humano.
Para no olvidar que estamos vivos.





[1] Carlos Skliar. Hilos después. Buenos Aires: Mármol-Izquierdo Editores, 2009.
[2] Pascal Quignard. El lector. Cuatro Ediciones, Valladolid, 2008, pág. 58.
[3] Ibídem, pp 53-54.
[4] Marina Tsvietáieva. Confesiones. Vivir en el fuego. Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2008, pág. 437.
[5] Pascal Quignard, ob. Cit., pág. 40.
[6] Ibídem, pág. 41.
[7] Carlos Skliar, ibídem, pág. 66.
[8] Pascal Quignard, ob. Cit., pág. 56.
[9] Ibídem, pág. 78.
[10] Marina Tsvietáieva, ob. Cit, pág, 81.