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viernes, 19 de julio de 2013

"Amar a Anna".

(Anna Larina)


Anna se hizo callada a la fuerza. 

El silencio no estaba en su naturaleza, ni en su infancia, ni en su boca. 


El mundo, cierto mundo, cierto momento del mundo, ciertas personas en cierto momento del mundo, la callaron. Se volvió sinónimo indeseable del silencio. 


De un silencio entrecortado, agrio, pero a la vez apasionado. 


Anna era el silencio de una vida repleta de sonidos. Los que viven callados mucho tiempo parecen seres anónimos; desprovistos de voz hacia fuera, aunque no hacia dentro. La cuestión es que solo pueden hablarse, sentirse, tocarse, escribirse a sí mismos. Y no hay modo de detener el rumor del alma, la incesante e impaciente necesidad de decirse, una explosión que no acaba de estallarse. 


Durante los años de oprobio, que fueron tantos, tan sin números, Anna inscribió en su voz setenta y siete poemas. Los hacía con sonidos ventriculares, abiertos, ahuecados. Y los recordaba, en el mismo momento en que los hacía, con los párpados cerrados, obturados a otros abismos, serenos. 


Hacía poemas pero no podía escribirlos. No solo por carecer de tinta y papel, sino por la cotidiana insistencia de los peligros que la acechaban. Escribir sobre papel se volvía una indeseable confesión, una voz revelada, una culpa mortal. Como si escribir fuera mostrar un ardor en llama; como si escribir fuera un gesto desnudo, traslúcido, demasiado fácil de ser traducido, arriesgado hasta la descarga de una metralla. Por eso los hacía con la boca musitando, musicalizando, rumiando, cuidando que el resto del cuerpo quedara inmóvil. 


Cuando inscribía poemas nadie se daba cuenta, ni el más innoble y perspicaz carcelero. 

Su método era simple: por la mañana, luego de compartir con una rata el trozo de pan casi verde, ejercitaba primero la respiración –sin respiración no hay poema, se decía-; eran sorbos fríos hacia delante y muy tibios hacia dentro; expiraciones de invierno y absorciones de primavera;  enseguida que sentía que debajo del diafragma había cierta calidez –una calidez renovada, algo azul con un poco de blanco- Anna hacía hileras de palabras, rimas como juegos de infancia, repeticiones de sonidos que llegaran hasta el límite de los labios.

Más allá no era posible. Ningún sonido podía hacerse presencia. Solo en el instante en que el camino entre su respiración y la lengua estuviese solo, aislado, el movimiento invisible comenzaba a tomar la forma del poema. 


Una poesía repleta de signos de admiración –en verdad, no eran otra cosa que pequeños saltos, elevaciones de los hombros, cejas arqueadas-. Y el poema no era ni violencia agazapada ni grito encerrado ni carne envenenada. Como si inscribir poesía le diese a Anna un mundo en el cual habitar siendo la única habitante y de ese modo pudiera hablarle al mundo próximo y distante. El poema como la lengua paciente, deseante, frágil, indeleble, para sostener sin soportar esa vida real que no era vida, derrumbando las paredes de su jaula húmeda; para poder hablar sin hablar con otros que no fueran sus guardianes y verdugos; para, simplemente, asegurarse una existencia. 


El poema como lo contrario del suicidio de su voz y, entonces, de su carne. El poema como la única soledad que permanece quieta durante la insoportable vejación del aire: “Todo es vanidad de vanidades / todo en el mundo es insignificante / el saludo de la felicidad / un mar de terribles desgracias / lo verdadero y lo falso”.  Nada puede erguirse cuando todo está arruinado. Todo lo que queda es pronunciar en silencio, para uno, lo que jamás podrá escribirse.  


En el reino de la desgracia, en la tiranía del dolor, el poema se agazapa, acecha. 


Y espera su rugido. 

miércoles, 17 de julio de 2013

“Hablar con desconocidos. Apuntes para una poética del desconocimiento”.

(Publicado en Errancia, Revista de Psicoanálisis, Teoría Crítica y Cultura, México, junio de 2013: http://www.iztacala.unam.mx/errancia/v6/caidal_1.html). 


I- En una librería de un aeropuerto busco algún libro de bolsillo que pudiese durar lo que dura un breve viaje. Me sorprendo al encontrar una versión desteñida de India Song de Marguerite Duras y, entre sus páginas, un billete de ingreso a la casa-museo de León Trotsky en la Ciudad de México. Al acercarme, la vendedora de ojos distraídos me dice que el libro no tiene precio, que no está siquiera registrado, que ese libro no existe. Insisto en comprarlo y de común acuerdo lleva el libro a la sección de objetos perdidos para que, luego de una breve espera, yo lo reclame como su legítimo dueño. Durante el viaje no dejo de pensar en ese lector o lectora que por alguna razón abandonó al mismo tiempo a Duras y, quizá, su pasado trotskista en una librería pequeña de un aeropuerto perdido. Pienso en ese inmenso apego que tengo por las historias de desconocidos. Pienso en mí como un desconocido. Pienso en todo aquello que desconozco y que, en cierto modo, le da sentido a la vida.


II- Lo más extraño era que no sabía qué buscaba, ni si en verdad buscaba. Lo más absurdo era que pensaba y no hacía más que repetir lo ya sabido. Lo más impúdico era que hablaba y, así, impedía que otros hablasen. Lo más conmovedor sobrevino con una simple distracción: encontré mis hallazgos en medio de conversaciones ajenas.

III- Hablar con desconocidos significa no saber el mundo de antemano, no conocerlo jamás, sentirse trozos de una pieza irremediablemente descompuesta, mirar la inmensidad como si nunca dejásemos de ser niños en estado de niñez. Un desconocido trae una voz nueva, una irrupción que puede cambiar el pulso de la tierra, un gesto que nos hace torcer lo ya sabido, una palabra antes ignorada. Y se trata de escuchar, no de estar de acuerdo. Estar o no de acuerdo con algo que no pensábamos o no mirábamos antes carece de todo interés. Lo que vale la pena es asumir la desnudez extrema de un sueño que aún no ha nacido.

IV- Un desconocido hizo que hablara, que le contara incluso aquello que yo no sabía, que yo no podía, que yo no tenía. Algo parecido ocurrió con él: apenas abrí mis ojos sobrevino casi su vida entera. Hablamos del mundo y de la vida, que no es lo mismo; hablamos de la belleza que esperamos y de los monstruos que nos aguardan; hablamos hasta tocar el borde de lo inconfesable. Tal vez a esto pueda llamársele conversar: dos personas que jamás se han visto ni previsto, pasan un tiempo conversando dentro de un mar de palabras inciertas, sin más rumbo que la extraña inmensidad de la deriva.

V- Es sólo escuchar. Como si no hubiera más que un lenguaje que nunca es tuyo, hecho de fragmentos que no se poseen. Como si por un instante lo ajeno se volviera próximo y lo próximo, prójimo. Como si dejaras tus oídos en medio del camino y prescindieras de cada palabra conocida. Como si cada desconocido encarnase la posibilidad de una verdad.

VI- Escuchar no es un gesto de estos tiempos: los conocidos hablan para conseguir adeptos, para entronizarse, para despotricar, para decir todo aquello que ya no es necesario oír. Hablan para que otros escuchen, sí, pero piden demasiado a cambio: una presencia que no pestañee siquiera, un perfil difuso de una vida que se piensa inexistente. Así, un cuerpo no le habla a otro cuerpo sino a una silueta del todo ensombrecida. Un hombre o una mujer hablan; un hombre o una mujer escuchan: esto ya no es suficiente.

VII- De todas las preguntas que pudiésemos hacernos, aquella de: ¿quién soy? es la más breve y la menos conmovedora. Sé que no soy ese hombre que arrastra su paso como yo nunca lo haría, ni esa mujer que enseña un mar que yo nunca vi, ni ese niño que mira como si entre ojos tuviera una nube que yo nunca tuve, ni esa anciana que al pensar se entristece por recuerdos que yo jamás viví. Pero también sé que todos ellos me componen: soy hombres, mujeres, niños y ancianos que no soy. Estoy hecho de desconocidos que me hablan sin hablarme. Y que, cuando yo hablo, no se sueltan de mi voz.

VIII- Cada cosa que no comprendemos se incorpora a un extraño repertorio de desórdenes que jamás se aliviarán. Sin embargo, el desconcierto es más vital que la parsimonia y la indecisión tiene muchas más voces que la verdad. La vida está hecha de todo lo que ya sabemos y nos confina al parco movimiento diario. Hay otra vida aún: la de todo lo ignorado que nos convida a danzar.

IX- La vida también es un relato de todo lo que no sucede: la lluvia que no llega, la planicie quieta del alma, los sonidos que no componen palabra alguna, cada uno de los misterios que jamás develaremos. Aquello que somos se reparte entre lo muy visible y lo demasiado secreto. También lo que nadie ve, lo que no está dirigido a nadie, lo que no está expuesto, nos hace quienes somos. El relato de nuestra vida está hecho de una ausencia completamente nuestra.

X- El desconocimiento no es una bestia errática que amenaza una violencia por venir. Es el espacio sin límites donde lo extraño inicia su frágil conversación. Pero la cercanía suele ser lo contrario de conocer: los ojos no miran y juzgan. Y juzgar es cazar a una presa demasiado próxima, demasiado débil. Es necesaria la distancia para conversar de a dos. Y es esencial la extrañeza para poder salvarnos los unos a los otros.


XI- Una buena parte de las conversaciones deriva inevitablemente hacia la amargura. Como si las palabras precedentes no fueran más que una larga preparación para merodear por el vacío y tocar los bordes últimos del abismo. Una conversación breve guarda la liviandad de los cielos: lo intangible nos distrae con la ingravidez de las nubes y la luminosidad extendida de la madrugada. Pero a poco que los ojos se abren hacia dentro y los labios ya no murmuran solos es otra la densidad, otra la gravedad y otro el desconsuelo. Sostener una conversación es notar como la propia vida se diluye, cae, tiene fondo y, en fin, respira. Toda conversación es cómplice de una sombría belleza y enemiga de su repetido desencuentro.

XII- Confesarse delante de un desconocido es darle un sitio en el mundo. Es permitirle que se calle y pueda apaciguarse. Es provocarle una detención que por sí mismo quizá no logre nunca. Es ofrecerle secretos que jamás tuvo.

XIII- El mundo se compone y descompone por una totalidad incompleta, que nada ni nadie completará. Al abrir los ojos hay hormigas y ciegos, niños y relámpagos, indiferencia y suicidio. Pero no hay métrica, ni composición: existen los desvaríos así como las líneas rectas, los estómagos y las azucenas, las radiografías y el atardecer, la revuelta y lo revulsivo. Hay un desfiladero de pies y manos donde se mezcla lo siniestro con lo bello, lo quieto con lo absurdo, la tempestad con el vacío. La única decisión posible es la de los ojos: ¿hacia donde mirar? ¿Cómo hacerlo? ¿Mirar con compasión, con aturdimiento, con complacencia, con rebeldía? Lo que existe –mucho o poco, temprano o tarde, cerca o lejos- apenas pide un segundo de imposible transparencia

XIV- Dos desconocidos que se miran durante siete horas no forman parte del plan inicial del universo. Tampoco que los niños pasen un día entero mirando nada o todo por la ventana o que los abuelos se sienten en el umbral de las casas a detener el paso de la tarde. Toda la eficacia del universo acaba cuando un hombre que va al trabajo se detiene para atar los cordones de sus zapatos y no lo logra. Una mujer que lee un libro de memorias de otra mujer: este es el mayor peligro para la máquina impiadosa del mundo.

XV- Nada que pueda pensarse deja de ser impensable tiempo después. Quienes ya saben están amarrados a una cosa que desea moverse todo el tiempo. No se dan cuenta que es lo otro lo que nos lleva a rastras: un perro pasea a su dueño, una mesa recibe a los comensales, un pez exánime nos habla del agua impura, la noche nos hace vulnerables. Y algún libro –es decir: algún amigo- nos da las palabras que nunca tuvimos.

XVI- El principio de un encuentro está marcado por la luz: o demasiada claridad o absoluto oscuro. Luego, el lenguaje es como un párpado que aprende rápido de sus movimientos. Más tarde habrá la sabiduría de un secreto que no se confesará jamás. Finalmente todo regresa a su punto de partida, adonde nada permanece igual. Y es que nunca hay tanta luz para caminar con quien se va, como para acompañar a quien se queda.

XVII- ¿Te has dado cuenta que los niños ya no son atolondrados, ni curiosos, ni siquiera niños? ¿Que los paisajes se han escondido detrás de las espaldas? ¿Que las palabras se alejan de los cuerpos como si fueran laberinto intransitable o una distancia aguda trazada por el filo de una espada? ¿Que todo está visible y cada vez comprendemos menos? ¿Que ya nadie se arrepiente ni siente la voz de su mirada? ¿Que hay más de dos muertes por cada nacimiento? ¿Que la risa procede de la burla y no de las entrañas? ¿Que el amor es ley pero ya no desorden de las almas? ¿Que a menos que me hables a los ojos no podré decirte nada cierto?

XVIII- Hasta hace no demasiado tiempo lo humano era la incógnita de lo humano. Lo desconocido provocaba pasión y miedo y eso mismo era la vida. Cada quien hacía lo que bien pudiera: amaba con partes distintas de su cuerpo, soñaba con otro tiempo en otro sitio, miraba lejos y pensaba cerca, reclamaba para sí lo que aún no era de nadie ni todavía existía. Había quienes nada podían, es cierto. Y también quienes todo lo podían y duraban una ráfaga. Si es verdad, como se dice, que los tiempos han cambiado y que ya nada es como era, será porque el mundo está repleto de especialistas y porque la incógnita parece estar vacía.

XIX- A los niños se les prohíbe hablar con desconocidos –como a habitar el ancho de las calles, jugar con desmesura, hablar demasiado alto, indagar sobre lo que está a más de un metro de distancia-. A ello contribuyen, sobre todo, los mitos salvajes de lo extraño, la temerosa idea del peligro y todas las pantallas encendidas. Un niño que no puede hablar con desconocidos es ya una estirpe cerrada, una guerra en ciernes, el ocultamiento del mundo; en fin: una posible ternura menos.

XX- No somos. Solo pasamos. Apenas si husmeamos la montaña, desandamos el mar y reposamos junto a otros cuerpos que tampoco son. Escuchar el viento es uno de los ritmos de la vida, como lo es el tocar con cuidado el caparazón de algo que aún no ha nacido. No somos, pero existimos. Y existimos porque hay alguien más que vendrá al mundo y tal vez retome, con su propia voz, alguna palabra de nuestro relato perdido.



XXI- Aquello que hay alrededor suele estar envuelto por la sed de ser mirado. La distancia hace que un árbol se encuentre de pronto con un ojo o que el azar de la vista recorra buena parte de la tierra junto a un pájaro. Habría que ir detrás de una mirada desconocida y percibir lo que ocurre en ese instante: todo movimiento revela a ciegas su pasado, los gestos son acentuaciones del habla, un rostro muestra la proximidad o la lejanía de su infancia, las palabras se conjugan a la vez con peso grave o presencia liviana. Cada mirada que no es nuestra desmiente la razón del universo y abre con furiosa ternura sus confines.

XXII- Que dos desconocidos puedan encontrarse depende mucho más de gestos imperceptibles que de las leyes o de las trampas del universo. Depende, más bien, de una ignorancia del todo peculiar y estremecedora: una repentina irrupción de desconocida procedencia.

XXIII- Somos cualquiera. Y este es nuestro mayor atributo, si no el único. Desconocidos que desconocemos: por ello nos parecemos a los niños y a los ancianos que merodean por lo indefinido y no se encuentran; por ello nos repugna que cualquiera sea tirano y, cualquiera, cuerpo en padecimiento; por ello sentimos el estupor de la miseria y la conmoción por las pérdidas incluso leves; por ello somos pares de lo impar; por ello nos hace falta lo que todavía ignoramos. Y por eso amamos: no para comprender, no para eludir la soledad, no para que repitan nuestro torpe nombre, ni siquiera para ser definitivos. Amamos para reposar de tanta afirmación, de tanta mirada voraz, de tanta pulcritud y tanto encierro. Amamos para encontrarnos con desconocidos. Cualesquiera, quienes quieran, sean.

XXIV- Hablan solos. A veces se los ve a un costado del sol o frente a los árboles o encima de la luna junto a todos los perros. Hablan solos, pero dicen algo, dicen algo a alguien: a su propia infancia, a sus padres también huérfanos, a un fragmento aún lúcido de ellos mismos. Hablan solos porque necesitan decir lo mismo, sin importar que otros ya no quieran escucharlos. Hablan solos para sostener los párpados de quienes ya se han muerto. Para que el frío pueda ser rebatido con sus palabras. Para que el amor no los vuelva a dejar en el umbral aciago de la penumbra. Hablan solos porque una conversación trunca les persigue desde siempre.

XXV- Un hombre saluda a otro hombre en una esquina desconocida para ambos. Uno de ellos se queda varias semanas pensando en el otro hombre, hasta que se da cuenta que se trataba, en verdad, de un total desconocido. Decidió, pues, olvidarlo, sin dejar de reconocer lo esencial que resulta, a veces, haber conocido a un desconocido.
(Fotografías: Iván Castiblanco Ramirez). 

martes, 16 de julio de 2013

"La escritura, la lectura, el olvido".

(Publicado en Revista Laberintos,  número 22, marzo-abril 2012). 


(Fotografía: Iván Castiblanco Ramirez). 

"Un día, también habré dejado de sentir el leve pesar que esto me causa, e incluso habré olvidado lo que fue el asomo de un recuerdo. Y creo que es eso lo que me atemoriza. No hay nada más horrible que el olvido" (Marlen Haushofer).

Nada hay de más horrible que el olvido escribe Haushofer, la escritora austríaca fallecida en 1970 que, como tantos otros escritores sufrió de esa falta de compañía de lectores al mismo tiempo que escribía. Y es que la memoria contiene, como dice Antonio Gamoneda, recuerdos y olvidos –jamás en partes iguales-. ¿Qué y porqué permanece o se diluye o se pierde de lo escrito y lo leído? 

Hay veces que las palabras son destruidas por las desapariciones o por la indiferencia o incluso por la propia decisión de quien escribe. Ser un lector tendrá que ver con sostener lo que otros han escrito: darle tiempo, lugar, respiración. Y si bien el tiempo hace estragos, es en el presente, en éste presente, donde todavía puede haber vida para la escritura de los otros. 

Los argumentos del futuro de la lectura se han desvanecido o ya no existen. La promesa de que la lectura nos hará mejor –en el sentido más oscuro de lo “mejor”- parece no tomar cuerpo en ningún cuerpo. Y es que sólo cuando se lee, en ese preciso instante en que las hojas permanecen tensas y temblorosas, en el durante de la lectura, es cuando aún hay vida. 


René Char destruyó los 153 ejemplares de su poemario ‘Las  campanas sobre el corazón’.  Al pensar en la poesía sentía que el poeta estaba en medio de una maldición, teniendo que asumir peligros perpetuos y rechazando lo que otros  aceptan con los ojos cerrados. La cuestión de la escritura, de la lectura y la memoria no es un problema técnico, ni siquiera un problema de saber: se trata de un dilema quizá moral. Sé que esta última palabra parece desusada, anacrónica, casi la última sobreviviente de un humanismo en extinción. Pero justamente es ella la que marca, la que define, la que incorpora esa relación tan íntima de quien escribe con su escritura. Hablo aquí de una “moral” corpórea, que no se resuelve apenas con el ejercicio o con la práctica, que no tiene que ver sólo con las formas en que hoy se resuelven o se discuten las grandes cuestiones de lo humano.  

Importa, y mucho, eso que llamamos “transmisión”, “enseñar”, “dar lo que se tiene e incluso lo que no se tiene”. Ponerse en esa posición, asumirla como destino y como existencia, no es apenas sugerir lecturas, mostrar escrituras, conversar sobre literatura, contar algunas biografías, esbozar mejores o peores didácticas. Entablamos una relación cuerpo a cuerpo con otros donde la escritura y la lectura, de modos diferentes, componen aquello que en educación no es sino una “tercera cosa”, tal vez la más sustancial: no se trata tanto de quiénes somos nosotros, de cuáles son nuestras cualidades personales, sino lo que podemos hacer en común, en comunión. La raíz latina de enseñar tiene que ver con “darle algo a alguien que no lo posee”. Sin embargo, mal haríamos en ver al otro como un desposeído, como un carente, como un ser anulado en su supuesta no-posesión. 

Creo que se trata de un gesto: el de dar a leer, de dar a escribir, de dar la lectura. Y para ello habría que ponerse a pensar tanto en lo que está disponible como en aquello que ya no está. Recuperar las palabras perdidas, pisoteadas, abandonadas a su propia suerte, desestimadas en nombre del progreso, de la razón; esas palabras, esos textos, que el tiempo ha querido borrar, disimular, abandonar, olvidar. Se trata del lenguaje y la memoria, pero también se trata de la pérdida del lenguaje y de la memoria. Y de las posibilidades de restitución, de recuperar algo de aquello que alguna vez fue nuestro. De intentar dar a quien padece el recuerdo de su propia lengua ahora casi perdida. A mí me ha tocado estar con adultos y con niños que o han perdido su lenguaje o nunca lo han conquistado o que utilizan una lengua que otros subestiman y desprecian. Quizá por eso la posición frente a la lectura, la escritura y la memoria tendrá más que ver con las singularidad que con lo universal. 

Por ejemplo: Pedro tenía casi 70 años, había sido militante político hasta que un accidente cerebro-vascular lo dejó impotente, humillado, en el límite mismo de la desesperación. Sólo podía decir la palabra “caballo”, sin siquiera poder gesticular un “si” o un “no”. Su mirada estaba siempre humedecida, como si sus ojos revelaran pura fragilidad. Yo le leía los diarios, creía que le haría bien escuchar las noticias, los vaivenes de la política. Pero era eso justamente lo que él no quería. Escuchar, sin poder decir nada, era una soga al cuello cada vez más tensa. Su primer “no” fue hacia mi lectura y su primera indicación fue hacia su biblioteca. Me acerqué a sus libros y comencé a tomar uno por uno, mostrándoselos. Hasta que advertí algo nuevo en su rostro con uno de ellos. Era Tolstoi. Eso quería que le leyera. Su Tolstoi. Y así estuvimos hasta poco antes de su muerte. No habló nunca durante las lecturas, pero asumió una posición casi definitiva de serenidad, de reposo: una calma casi de infancia.   

Juana Castro escribió un libro de poemas inquietante: ‘Los cuerpos oscuros’, una escritura que nombra las demencias. Hay un poema en particular que me conmueve, que nos pone de frente al abismo de lo trágico. Se llama “Los encerrados”; transcribo un fragmento: 

Los atrancados. Los encerrados vivos.
Oscurecidos, aherrojados en el último cuerpo
de la casa, se consumen y hablan.
Corre la muerte afuera.
Hablan con el televisor y con sus muertos.
Olvidan los plazos del futuro
igual que olvidan hoy
qué cosas les dolieron ayer tarde.
No abren las ventanas
porque no entren el sol ni los ladrones, 
y el cielo está techado de uralita, 
y no quieren saber a cuántos años
se murieron su madre ni su padre.
Por olvidar, olvidan enfadarse, se tragan
las horas, el caldo, las pastillas, y arrastran
su nombre y sus dos pies como un misterio.
Y leen y releen, una vez y otra vez, 
tercos como funambulistas, 
la cuenta de la luz, el testamento, 
la invitación de boda de una sobrina nieta (…). 

Entre todas las razones del escribir y del leer, ciertas o inciertas, útiles o inútiles, posibles o imposibles, aquellas que tienen que ver con los cuerpos deshechos, destruidos, desaparecidos, conmueven particularmente: recordar lo perdido, lo cruelmente abandonado, lo que se extingue y desaparece; poner de relieve lo que parece hundirse; escribir con la mirada de Pedro, a partir de su infinito abismo y de su desmesurada calma final. Donde lo que permanece tal vez no sea el lenguaje, pero sí cierta musicalidad, como escribió de un modo sobrecogedor Tomas Transtömer: 

Entonces llega el derrame cerebral: parálisis en el lado derecho
con afasia, solo comprende frases cortas,
dice palabras inadecuadas.
Así no alcanzan ni el ascenso ni la condena.
Pero la música permanece, sigue componiendo en su propio
estilo. 

Enseñar, indicar, mostrar la finitud, tocar la imposibilidad, balbucear, también es educar. Sobre todo no ser complacientes ni indiferentes. Como esa escritura que se rebela y se retuerce para seguir andando. Deseando que algún día alguien la lea.  

"Marina Tsvietáieva. Un 'do agudo' entre la vida y de la muerte".

(Publicado en Esto no es una Revistanúmero 17, diciembre de 2011.  http://www.estonoesunarevista.com.ar/nro017/escritos.html#escritos02). 


(Fotografía tomada de: http://lamecanicaceleste.wordpress.com). 

Quizá fue en una tarde plomiza, con un viento herido aullando entre los bosques, cuando Marina Tsvietáieva -esa poetisa sin paz y sin remedio- tomó la decisión final de la soga en el cuello, que no es cualquier decisión.

Es cierto que la vida no puede leerse apenas a partir de la forma que asume la muerte, pero una muerte que se toma con las propias manos podría decir algo acerca de los últimos instantes de una existencia instalada en el centro del fuego. Una despedida anunciada, una disculpa casi sin voz: “A mí perdónenme – no pude más”, escribe a sus hermanas. “Perdóname, pero en adelante habría sido todo peor. Estoy gravemente enferma, esto ya no soy yo”, le escribe a su hijo Mur en lo que fuera la última de las cartas de Marina.

La escritora se suicidó el 31 de agosto de 1941 en Elábuga, esa última aldea de exilio y de frontera entre la vida y la muerte, rodeada –según relata su hijo- por la estupidez, la fealdad, la mugre, la desesperación. Sin embargo, ya había preanunciado su muerte desde hacía muchísimo tiempo. Por ejemplo en 1908, cuando expresa su deseo de suicidarse (¿metafóricamente?) durante la representación teatral de L'Aiglon. O el 13 de mayo de 1918  cuando escribe: 'Toma, cariño, mis harapos / que fueron un dulce cuerpo. Lo he destrozado, lo he gastado / sólo quedan las dos alas (…)”.  O también durante 1919, cuando sabe que ya ha dejado de escribir versos e intuye que pronto dejará de amar. Una existencia de hoguera, de extrema pasión y de aguda percepción, no puede sino estar expuesta al límite más voraz de lo cotidiano, a la rugosidad abrupta del tiempo, al borde mismo de una vida sentida y padecida como abismo inexorable sobre el que se pone de pié una y otra vez el amor y la escritura.

El amor (mejor dicho: el amar) y la poesía (mejor aún: el escribir) pueden ser las formas más nítidas que revelen su biografía. Si se ama y se escriben versos la vida continúa, la vida es ese durante de la duración del tiempo  porque allí se mueven el ritmo, la pasión y la hondura de la respiración humana. Pero si un buen o un mal día se deja de escribir y, enseguida, de amar ¿qué queda de la vida, qué hay en la vida?

En el caso de Marina quizá se trata de un escabroso y definitivo hartazgo existencial y de época: la humillación por no tener donde vivir ni donde apoyar sus pocas cosas; las angustiantes solicitudes, sin respuesta, para realizar cualquier trabajo; la lejana prisión de su siempre-marido Sérguei; el destierro incógnito de su hija Ariadna; la incomprensión ya definitiva acerca de los rumbos de la política soviética; el acecho mortífero de la ocupación nazista; en fin, toda una geografía apenas iluminada por la necesidad imperiosa de un cadalso propio.

A setenta años de su suicidio la memoria nítida sobre su escritura y sobre su vida parece haber llegado demasiado tarde para tanto amor y tanta escritura, ese  desconsuelo permanente y final que casi siempre acompaña a esos escritores casi no leídos en su propio tiempo.

El hecho que hoy conozcamos su poesía, su prosa, su epistolario, en síntesis, que sepamos algo parecido a su intimidad, no borra con una supuesta  familiaridad tanta soledad bestial, tanta intensidad ahogada, tanta voluntad de existencia y tanto desapego final. Así como tampoco oscurece o apacigua toda la tensión apabullante que transmite una vida puesta en una escena brutalmente real: como si la luz de este teatro hubiera iluminado malamente los fragmentos de su vida, como si el guión hubiera sido escrito por una pluma ensañada con más y más tragedia. Pero, también, con más y más lucidez: “¿Qué quería decir el poeta con estos veros? Pues justamente lo que dijo. No explico, encomio; no demuestro, muestro (…)”.

¿Qué escoger para un retrato de Marina? ¿A qué escena prestarle más atención? ¿A los sonidos y ritmos de una poesía nueva atada a la sangre de su corazón? ¿A la amorosidad de una grieta que se abría ante cada una y cualquiera de aquellos que deseaban habitar su vida? ¿A la desgarradora muerte por inanición de su otra hija, Irina? ¿A esa voz insistente que deseaba más que nada ser oída, ser leída, ser querida? ¿A los sucesivos exilios exteriores e interiores? ¿A esa sabiduría puntillosa y universal que asomaba en cada cortejo y cada consejo de su múltiple e inagotable correspondencia?  

De escritura intensa y larga, abundante, fecunda, sonora, Marina dejaba todo en el texto: “se volvía sorda y ciega a todo lo que no fuera su manuscrito”, relata su hija Ariadna.  Escribía bien temprano por la mañana, donde los únicos sonidos son los del cuerpo que se despierta y nace y, con ellos, la transparencia de la mirada y de la piel dispuesta a percibir el mundo, con la cabeza fresca y el estómago vacío. El mundo se percibe, nos dirá, no se conceptualiza.

En su poética hay, sobre todo, ritmo, palabra cantada, un alma de poeta que sólo puede estar al servicio de sí misma o de otro poeta. No es una poesía de novedad, sino de autenticidad. Por ello Marina no creía demasiado en las formas “salvo bajo la forma de un cascarón roto o de un difunto de tres días”. La poesía no es una forma, entonces, sino la fuerza de lo que está vivo o de lo que se puede y se deja revivir a través de la escritura. Y esa fuerza de lo vivo, más allá de las formas, no es otra cosa que la voz. En Marina la voz no se busca, no se investiga, no es un artificio sobre el cual acomodarse. Es una voz que se sigue a sí misma, se acompaña como el sonido de la sombra de la existencia. El carácter extremo de su voz llevó a Anna Ajmátova a decir que: “Mariana comienza con frecuencia un poema con un do agudo”.  

Y será ese do agudo el que resonará más allá de su cuerpo y de su existencia. Será ese do agudo el que nos siga hablando y escribiendo. Solo la lectura salvará a Marina de otra soga al cuello: la de una nueva indiferencia, la de un tan poderoso como indigno silencio.    

Referencias.
Brodsky, Joseph. Menos que uno. Ensayos escogidos. Madrid: Ediciones Siruela, 2007.

Efron, Ariadna. Marina Tsvetáieva, mi madre. Barcelona: Circe Ediciones, 2009.

Tsvietáieva, Marina. Cazador de Ratas. Buenos Aires: Paradiso Ediciones, 2007.

Tsvietáieva, Marina. Una dedicatoria. México: Editora Universidad Iberoamericana, 2007.

Tsvietáieva, Marina. Confesiones. Vivir en el fuego. Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2008.