Mostrando entradas con la etiqueta amar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta amar. Mostrar todas las entradas

lunes, 22 de julio de 2013

"Elena, nieva".


Un paisaje está hecho de desórdenes que sólo la mirada consigue componer, aún con enmiendas ajenas o fragmentos inventados. El panorama urbano en una metrópolis abierta se presenta como una secuencia impura de tumultos, alocados transportes, mercados, caballos, el golpe de las persianas y calles cuyo recorrido ha sido pensado antes, en otro tiempo, para otras personas, para otro caminar.

Es extraño que una ciudad ofrezca paisajes, escenas largas, mientras que el individuo esté puesto dentro y anónimo, tan adentro y tan anónimo que va perdiendo su voluntad de mirar,  de apreciar lo que está más allá de los cuerpos de los transeúntes, las sombras que se sueltan de cada quien y recorren su propio camino.

Los tiempos convulsos impiden aún más el paisaje y se concentran, obstinados, en la disputa por milímetros de rebelión y ensueños.

Más allá de las ciudades, allí donde la vista no alcanza a pensar ni a pensarse, la geografía toma sus propias decisiones y elabora dimensiones raladas o desmedidas abundancias. Cuando el paisaje no se ve interrumpido, entonces despliega sin remedio la aridez infinita, el río incesante, los accidentes imprevistos.

Los paisajes nevados cargan con un destino de agua. De agua verde y exagerada luz. Un árbol se recubre de nieve y se vuelve pino o abeto o abedul. En cambio si un pájaro se detiene en una estepa, es probable que no encuentre jamás su nido.

Los pájaros de las estepas no tienen la suerte que sí tienen los pájaros del Himalaya, que nacen cuando el huevo desciende de los cielos altos y aprenden a volar al mismo tiempo que aprenden a respirar. Pero los pájaros del Himalaya que no aprenden a volar durante el primer vuelo no respiran y tampoco tienen la suerte de los pájaros del Cuzco, ésos que ocupan el largo del terraplén y  las terrazas y realizan ceremonias nuevas cuando ya nadie los ve.

La nieve, en cambio, no depende de ninguna suerte y no toma ninguna decisión: lo hace por ella la atmósfera enardecida de frío.

Cuando hay veinte o treinta grados bajo cero lo único que sobrevive es la nieve y los habitantes que nacieron allí sin protestar. ¿Cómo es posible pensar si hay que correr de prisa para no detenerse de una vez y para siempre, si no es posible dejar la mente en blanco, porque el blanco ya lo recubre todo?


Entonces Elena –esa Elena que aún tiene 19 años y que vive entre la nieve-  imagina que pensar es como oscurecerse, escribir  es interrumpir lo más posible el vacío de una página y amar es cobijarse en un blanco común. 

Quizá en otro sitio. 
Quizá de sol. 
Quizá definitivo. 

martes, 16 de julio de 2013

"Marina Tsvietáieva. Un 'do agudo' entre la vida y de la muerte".

(Publicado en Esto no es una Revista, número 17, diciembre de 2011.  http://www.estonoesunarevista.com.ar/nro017/escritos.html#escritos02). 


(Fotografía tomada de: http://lamecanicaceleste.wordpress.com). 

Quizá fue en una tarde plomiza, con un viento herido aullando entre los bosques, cuando Marina Tsvietáieva -esa poetisa sin paz y sin remedio- tomó la decisión final de la soga en el cuello, que no es cualquier decisión.

Es cierto que la vida no puede leerse apenas a partir de la forma que asume la muerte, pero una muerte que se toma con las propias manos podría decir algo acerca de los últimos instantes de una existencia instalada en el centro del fuego. Una despedida anunciada, una disculpa casi sin voz: “A mí perdónenme – no pude más”, escribe a sus hermanas. “Perdóname, pero en adelante habría sido todo peor. Estoy gravemente enferma, esto ya no soy yo”, le escribe a su hijo Mur en lo que fuera la última de las cartas de Marina.

La escritora se suicidó el 31 de agosto de 1941 en Elábuga, esa última aldea de exilio y de frontera entre la vida y la muerte, rodeada –según relata su hijo- por la estupidez, la fealdad, la mugre, la desesperación. Sin embargo, ya había preanunciado su muerte desde hacía muchísimo tiempo. Por ejemplo en 1908, cuando expresa su deseo de suicidarse (¿metafóricamente?) durante la representación teatral de L'Aiglon. O el 13 de mayo de 1918  cuando escribe: 'Toma, cariño, mis harapos / que fueron un dulce cuerpo. Lo he destrozado, lo he gastado / sólo quedan las dos alas (…)”.  O también durante 1919, cuando sabe que ya ha dejado de escribir versos e intuye que pronto dejará de amar. Una existencia de hoguera, de extrema pasión y de aguda percepción, no puede sino estar expuesta al límite más voraz de lo cotidiano, a la rugosidad abrupta del tiempo, al borde mismo de una vida sentida y padecida como abismo inexorable sobre el que se pone de pié una y otra vez el amor y la escritura.

El amor (mejor dicho: el amar) y la poesía (mejor aún: el escribir) pueden ser las formas más nítidas que revelen su biografía. Si se ama y se escriben versos la vida continúa, la vida es ese durante de la duración del tiempo  porque allí se mueven el ritmo, la pasión y la hondura de la respiración humana. Pero si un buen o un mal día se deja de escribir y, enseguida, de amar ¿qué queda de la vida, qué hay en la vida?

En el caso de Marina quizá se trata de un escabroso y definitivo hartazgo existencial y de época: la humillación por no tener donde vivir ni donde apoyar sus pocas cosas; las angustiantes solicitudes, sin respuesta, para realizar cualquier trabajo; la lejana prisión de su siempre-marido Sérguei; el destierro incógnito de su hija Ariadna; la incomprensión ya definitiva acerca de los rumbos de la política soviética; el acecho mortífero de la ocupación nazista; en fin, toda una geografía apenas iluminada por la necesidad imperiosa de un cadalso propio.

A setenta años de su suicidio la memoria nítida sobre su escritura y sobre su vida parece haber llegado demasiado tarde para tanto amor y tanta escritura, ese  desconsuelo permanente y final que casi siempre acompaña a esos escritores casi no leídos en su propio tiempo.

El hecho que hoy conozcamos su poesía, su prosa, su epistolario, en síntesis, que sepamos algo parecido a su intimidad, no borra con una supuesta  familiaridad tanta soledad bestial, tanta intensidad ahogada, tanta voluntad de existencia y tanto desapego final. Así como tampoco oscurece o apacigua toda la tensión apabullante que transmite una vida puesta en una escena brutalmente real: como si la luz de este teatro hubiera iluminado malamente los fragmentos de su vida, como si el guión hubiera sido escrito por una pluma ensañada con más y más tragedia. Pero, también, con más y más lucidez: “¿Qué quería decir el poeta con estos veros? Pues justamente lo que dijo. No explico, encomio; no demuestro, muestro (…)”.

¿Qué escoger para un retrato de Marina? ¿A qué escena prestarle más atención? ¿A los sonidos y ritmos de una poesía nueva atada a la sangre de su corazón? ¿A la amorosidad de una grieta que se abría ante cada una y cualquiera de aquellos que deseaban habitar su vida? ¿A la desgarradora muerte por inanición de su otra hija, Irina? ¿A esa voz insistente que deseaba más que nada ser oída, ser leída, ser querida? ¿A los sucesivos exilios exteriores e interiores? ¿A esa sabiduría puntillosa y universal que asomaba en cada cortejo y cada consejo de su múltiple e inagotable correspondencia?  

De escritura intensa y larga, abundante, fecunda, sonora, Marina dejaba todo en el texto: “se volvía sorda y ciega a todo lo que no fuera su manuscrito”, relata su hija Ariadna.  Escribía bien temprano por la mañana, donde los únicos sonidos son los del cuerpo que se despierta y nace y, con ellos, la transparencia de la mirada y de la piel dispuesta a percibir el mundo, con la cabeza fresca y el estómago vacío. El mundo se percibe, nos dirá, no se conceptualiza.

En su poética hay, sobre todo, ritmo, palabra cantada, un alma de poeta que sólo puede estar al servicio de sí misma o de otro poeta. No es una poesía de novedad, sino de autenticidad. Por ello Marina no creía demasiado en las formas “salvo bajo la forma de un cascarón roto o de un difunto de tres días”. La poesía no es una forma, entonces, sino la fuerza de lo que está vivo o de lo que se puede y se deja revivir a través de la escritura. Y esa fuerza de lo vivo, más allá de las formas, no es otra cosa que la voz. En Marina la voz no se busca, no se investiga, no es un artificio sobre el cual acomodarse. Es una voz que se sigue a sí misma, se acompaña como el sonido de la sombra de la existencia. El carácter extremo de su voz llevó a Anna Ajmátova a decir que: “Mariana comienza con frecuencia un poema con un do agudo”.  

Y será ese do agudo el que resonará más allá de su cuerpo y de su existencia. Será ese do agudo el que nos siga hablando y escribiendo. Solo la lectura salvará a Marina de otra soga al cuello: la de una nueva indiferencia, la de un tan poderoso como indigno silencio.    

Referencias.
Brodsky, Joseph. Menos que uno. Ensayos escogidos. Madrid: Ediciones Siruela, 2007.

Efron, Ariadna. Marina Tsvetáieva, mi madre. Barcelona: Circe Ediciones, 2009.

Tsvietáieva, Marina. Cazador de Ratas. Buenos Aires: Paradiso Ediciones, 2007.

Tsvietáieva, Marina. Una dedicatoria. México: Editora Universidad Iberoamericana, 2007.

Tsvietáieva, Marina. Confesiones. Vivir en el fuego. Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2008.