(Publicado en Esto no es una Revista, número 17, diciembre de 2011. http://www.estonoesunarevista.com.ar/nro017/escritos.html#escritos02).
Quizá fue en una tarde plomiza, con un viento herido aullando
entre los bosques, cuando Marina Tsvietáieva -esa poetisa sin paz y sin
remedio- tomó la decisión final de la soga en el cuello, que no es cualquier
decisión.
Es cierto que la vida no puede leerse apenas a partir
de la forma que asume la muerte, pero una muerte que se toma con las propias
manos podría decir algo acerca de los últimos instantes de una existencia instalada
en el centro del fuego. Una despedida anunciada, una disculpa casi sin voz: “A mí perdónenme – no pude más”, escribe
a sus hermanas. “Perdóname, pero en
adelante habría sido todo peor. Estoy gravemente enferma, esto ya no soy yo”,
le escribe a su hijo Mur en lo que fuera la última de las cartas de Marina.
La escritora se suicidó el 31 de agosto de 1941 en Elábuga,
esa última aldea de exilio y de frontera entre la vida y la muerte, rodeada –según
relata su hijo- por la estupidez, la fealdad, la mugre, la desesperación. Sin
embargo, ya había preanunciado su muerte desde hacía muchísimo tiempo. Por
ejemplo en 1908, cuando expresa su deseo de suicidarse (¿metafóricamente?) durante
la representación teatral de L'Aiglon. O el 13 de mayo de 1918 cuando escribe: 'Toma, cariño, mis harapos / que fueron
un dulce cuerpo. Lo he destrozado, lo he
gastado / sólo quedan las dos alas (…)”.
O también durante 1919, cuando sabe que ya ha dejado de
escribir versos e intuye que pronto dejará de amar. Una existencia de hoguera,
de extrema pasión y de aguda percepción, no puede sino estar expuesta al límite
más voraz de lo cotidiano, a la rugosidad abrupta del tiempo, al borde mismo de
una vida sentida y padecida como abismo inexorable sobre el que se pone de pié una
y otra vez el amor y la escritura.
El amor (mejor dicho: el amar) y la poesía (mejor
aún: el escribir) pueden ser las formas más nítidas que revelen su biografía.
Si se ama y se escriben versos la vida continúa, la vida es ese durante de la
duración del tiempo porque allí se mueven
el ritmo, la pasión y la hondura de la respiración humana. Pero si un buen o un
mal día se deja de escribir y, enseguida, de amar ¿qué queda de la vida, qué
hay en la vida?
En el caso de Marina quizá se trata de un escabroso y
definitivo hartazgo existencial y de época: la humillación por no tener donde
vivir ni donde apoyar sus pocas cosas; las angustiantes solicitudes, sin
respuesta, para realizar cualquier trabajo; la lejana prisión de su siempre-marido
Sérguei; el destierro incógnito de su hija Ariadna; la incomprensión ya
definitiva acerca de los rumbos de la política soviética; el acecho mortífero
de la ocupación nazista; en fin, toda una geografía apenas iluminada por la
necesidad imperiosa de un cadalso propio.
A setenta años de su suicidio la memoria nítida sobre
su escritura y sobre su vida parece haber llegado demasiado tarde para tanto
amor y tanta escritura, ese desconsuelo permanente
y final que casi siempre acompaña a esos escritores casi no leídos en su propio
tiempo.
El hecho que hoy conozcamos su poesía, su prosa, su
epistolario, en síntesis, que sepamos algo parecido a su intimidad, no borra
con una supuesta familiaridad tanta
soledad bestial, tanta intensidad ahogada, tanta voluntad de existencia y tanto
desapego final. Así como tampoco oscurece o apacigua toda la tensión
apabullante que transmite una vida puesta en una escena brutalmente real: como
si la luz de este teatro hubiera iluminado malamente los fragmentos de su vida,
como si el guión hubiera sido escrito por una pluma ensañada con más y más
tragedia. Pero, también, con más y más lucidez: “¿Qué quería decir el poeta con estos veros? Pues justamente lo que
dijo. No explico, encomio; no demuestro, muestro (…)”.
¿Qué escoger para un retrato de Marina? ¿A qué escena
prestarle más atención? ¿A los sonidos y ritmos de una poesía nueva atada a la
sangre de su corazón? ¿A la amorosidad
de una grieta que se abría ante cada una y cualquiera de aquellos que deseaban habitar
su vida? ¿A la desgarradora muerte por inanición de su otra hija, Irina? ¿A esa
voz insistente que deseaba más que nada ser oída, ser leída, ser querida? ¿A
los sucesivos exilios exteriores e interiores? ¿A esa sabiduría puntillosa y
universal que asomaba en cada cortejo y cada consejo de su múltiple e
inagotable correspondencia?
De escritura intensa y larga, abundante, fecunda,
sonora, Marina dejaba todo en el texto: “se
volvía sorda y ciega a todo lo que no fuera su manuscrito”, relata su hija
Ariadna. Escribía bien temprano por la
mañana, donde los únicos sonidos son los del cuerpo que se despierta y nace y,
con ellos, la transparencia de la mirada y de la piel dispuesta a percibir el
mundo, con la cabeza fresca y el estómago vacío. El mundo se percibe, nos dirá,
no se conceptualiza.
En su poética hay, sobre todo, ritmo, palabra
cantada, un alma de poeta que sólo puede estar al servicio de sí misma o de
otro poeta. No es una poesía de novedad, sino de autenticidad. Por ello Marina
no creía demasiado en las formas “salvo
bajo la forma de un cascarón roto o de un difunto de tres días”. La poesía
no es una forma, entonces, sino la fuerza de lo que está vivo o de lo que se puede
y se deja revivir a través de la escritura. Y esa fuerza de lo vivo, más allá
de las formas, no es otra cosa que la voz. En Marina la voz no se busca, no se
investiga, no es un artificio sobre el cual acomodarse. Es una voz que se sigue
a sí misma, se acompaña como el sonido de la sombra de la existencia. El
carácter extremo de su voz llevó a Anna Ajmátova a decir que: “Mariana comienza con frecuencia un poema
con un do agudo”.
Y será ese do agudo el que resonará más allá de su
cuerpo y de su existencia. Será ese do agudo el que nos siga hablando y
escribiendo. Solo la lectura salvará a Marina de otra soga al cuello: la de una
nueva indiferencia, la de un tan poderoso como indigno silencio.
Referencias.
Brodsky,
Joseph. Menos que uno. Ensayos escogidos.
Madrid: Ediciones Siruela, 2007.
Efron,
Ariadna. Marina Tsvetáieva, mi madre.
Barcelona: Circe Ediciones, 2009.
Tsvietáieva,
Marina. Cazador de Ratas. Buenos
Aires: Paradiso Ediciones, 2007.
Tsvietáieva,
Marina. Una dedicatoria. México:
Editora Universidad Iberoamericana, 2007.
Tsvietáieva,
Marina. Confesiones. Vivir en el fuego.
Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2008.