miércoles, 31 de julio de 2013

"Elena, el cansancio".



(Fotografía: Iván Castiblanco Ramirez). 


Elena sentía que se iba callando, poco a poco. Que el lenguaje la cansaba. Que hablar la cansaba. Que escuchar la cansaba.

Había aprendido el ruso, el idish y, más tarde, el castellano. Tuvo, luego, que andar por el mundo con su tercera lengua a cuestas y eso, para ella, había sido demasiado.

Toda lengua que no es materna, fatiga.

Al menos con Gregorio tenía algo del ruso al día. Cuando Gregorio se fue, Elena lloró por él, por su tierra, por sus padres e, incluso, por ningún motivo.

Hay quienes lloran por todo lo que no tienen. Otros, por todo lo que han tenido.

Cada vez usaba menos el lenguaje. No leía, porque una molesta presbicia le impedía el paso hacia lo escrito. Usaba unos lentes antiguos, con marco negro y debía taparse el ojo izquierdo, ya casi nulo, ya vacío.

Pasaba las hojas de las revistas, pero no estaba segura de lo que había visto: colores, siluetas, muebles, barcos, paisajes, flores, comidas, cuerpos medio desnudos. Para ella no eran revistas, sino un modo eficaz de pasar el tiempo. Pasaban las páginas, con el ritmo indeclinable de los almanaques.

Tuvo un pequeño derrame en su cerebro.

El médico la obligó a recomponer su lenguaje abatido. Fue la época en que hablaba idish, aunque no se daba cuenta y nadie la comprendía.  

La mujer que fue a devolverle el lenguaje, a recordarle el castellano, insistía con tonterías: repetición de palabras, imágenes para niños, soplidos, respiración, ejercicios.

Elena comenzó a cansarse de la gramática, del exceso de conciencia, de la pronunciación debida, de las absurdas conjugaciones. ¿Para qué quería la palabra? Ya había pasado su vida. 

Una tarde la mujer la obligó a decir una frase irrepetible. Se sintió ultrajada. Una niña sin infancia. Los niños vienen al mundo sin decir nada. Al principio siguen en el vientre, pero apoyados por fuera. Luego, los arrancan. De materno, el lenguaje pasa a ser paterno. Y allí comenzaban los problemas.

Ella era como una niña anciana.

Decidió no responder a la espantosa severidad de la frase.

Dijo: “basta”, en perfecto castellano.

La mujer se dio cuenta: ¿quién puede no percibir un abismo?


La mujer la abrazó. También estaba cansada. 

martes, 30 de julio de 2013

"Anna, en dos amores".



(Anna Lárina). 
(Nikolái Bujarin). 


Todos los días, a las siete de la tarde, había reunión en la casa del padre de Anna. Comenzaba el bullicio un poco más temprano, cuando Nicolás se adelantaba al resto del grupo para iniciar la conversación y, de paso, mirar de reojo a Anna, mirarla desde unos ojos lejos, mirarla sin ser mirado.

La diferencia de edad era tan sideral que nunca se veían juntos en ninguna escena: demasiada distancia de vestimenta, de gestos, de tonos de voz, de luminosidad, de humedad, incluso de gravedad.  Sería imposible reunirlos en una misma mirada; nadie, ninguno, nunca, los relacionaba.

Sin embargo, no cabía la menor duda que allí ocurría una tensión, el destello de un  relámpago, el vértigo que provocan esas sensaciones de lo común, de una distancia que es apego, aunque no lo parezca, aunque se suponga imposible, aunque no tenga más remedio.

Cuando su padre hablaba, el silencio era definitivo y se exigía agudeza de oídos y templanza para percibir los matices y los laberintos de su palabra. Era uno de esos hombres que estaba al corriente de todo, con los pies enterrados en su propia época y su lectura que llegaba hasta los extremos difusos del origen de los tiempos. 

Leía demasiado aunque para él eso nunca era suficiente.

El padre de Anna leía como quien mira a través de una ventana durante horas; leía como acariciando la travesía emprendida por quienes ya habían escrito. Por eso escucharlo era adherirse al aire de una biblioteca, recostarse en el pecho de la historia, tocar el fuego de lo pensado.

Sufría desde hace tiempo una hemiplejía que le impedía moverse con soltura, sus labios estaban casi atados a la boca y su voz era monótona, directa, sin  rodeos ni encrucijadas. Cuando hablaba convencía, sin la necesidad de artificios del movimiento o de estudiadas pausas.  

Solo cuando terminaba de hablar –quizá por el cansancio, quizá por una debilidad última- el resto de los hombres revelaba su postura. Los tonos de la conversación subían y bajaban según lo escarpado del tema.

Anna los escuchaba desde la cocina como si se tratase de una radio  encendida. Anna aún no prestaba atención a lo que decían: economías, geografías, políticas, obreros, industrias, todo eran para ella un lenguaje extranjero, desconocido. 

Sin embargo cuando hablaba Nicolás, Anna entrecerraba sus ojos, dejaba de lado la costura o la cocina, atesoraba cada sonido y comenzaba a recordarlos uno por uno.

No eran tanto las palabras –ellas, tan dispuestas siempre en fila- sino el modo en que entraban en su cuerpo, la forma en que la recorrían verticalmente.  Un deslumbramiento diferente al que sentía por su padre, una lumbre carnal y más viva. Esa voz le duraba hasta que Nicolás volvía, como si nunca se hubiera ausentado, como si nunca se hubiera ido.

Demoró interminables tardes de soledad para darse cuenta que el amor no  siempre se presenta como es debido.

Demoró infinitas noches de intranquilidad hasta comprender que Nicolás y el amor se reunían en ella como la única palabra con sonido.


Demoró el hartazgo de doscientas mañanas hasta entender que el amor no se  espera. Que el amor no se busca. Que el amor no está fuera. Que el amor no viene. Que el amor sobreviene. Que el amor de toda una vida no llega: que estaba allí, desde antes. 

Incluso desde cuando no lo sabía.

lunes, 29 de julio de 2013

"El nombre de Elena".





La anciana se distrajo con su perro. Parecían de la misma edad, el mismo cuerpo, las mismas lástimas, los mismos ojos. El perro sólo quería encontrar un lugar confortable entre nosotros y allí se quedó, algo quejoso al principio y, enseguida, sereno. Era uno de esos perros que habían vivido siempre en casa, siempre alrededor de la vejez y que sabían ponerse a contemplar hacia fuera sin molestar. Uno de esos perros quietos o aquietados que van perdiendo u olvidando su raza hasta volverse pequeños humanos callados.

- Perdone que no le pregunté su nombre, señora. Soy un maleducado.   

- Elena. Me llamo Elena. Elena. Es mi único nombre. No tengo otro. Ningún otro.    

- Hermoso nombre, Elena. Tiene un origen griego. Significa: brillante como el sol.

- Soy rusa, no griega. Rusa. Mi nombre es ruso. Ruso. Si tiene una hoja se lo escribo. Déme una hoja. Y un lápiz.

Yo estaba encantado. Conversaba con Elena como si fuese alguien con quien ya compartiera mi vida desde hace años. En pocos segundos dejé de ser aprensivo a esas manos manchadas, a ese cuello indefinido, a esos ojos a veces extraviados, a esa vestimenta luctuosa y pude verla con un brillo de blanco irreprimible. Pero no dejaba de advertir que ella estaba y no estaba, que se perdía en milésimas de segundos, que esa visita y esa conversación no durarían más de cinco minutos.

Puse la hoja sobre la mesa y Elena, temblorosa, comenzó a escribir su nombre. Parecía más bien que lo trazaba, que lo dibujaba como si fuese su casa, su propio hogar.

“Елена”.

Elena se quedó mirando su nombre como si se tratara de su rostro, como si hubiera descubierto en su nombre el nombre de ella misma. Su rostro enmudeció de pronto, su semblante palideció. Se levantó con mucho esfuerzo, primero apoyándose sobre el canto de la mesa de caoba y luego estirando todo lo posible sus brazos para levantar el cuerpo. Dio tres pasos y se sentó en un sillón cercano. Suspiró con dificultad. Dejó de mirarme. Dejó de percibirme.

Desde esa posición, con la luz que entraba por las puertas que daban al balcón, noté que surgían sin pausa los movimientos involuntarios de su mano izquierda, disparatados, y otros en el mentón, incontenibles. La anciana que recién había escrito su nombre, su nombre radiante, ahora parecía un espectro, envuelta en un mundo inabordable, inaccesible. A ciertas edades, en la primera infancia y en la final vejez, escribir el nombre provoca descubrimiento y desasosiego, todo a la vez, como si nada de uno cupiese allí o como si todo se desbordara.

Yo no sabía qué hacer. Lo que más quería era hablar –de ella, de mi, de cualquier cosa-, pero lo más prudente era callarse. Miré hacia fuera. No conocía esa vista del barrio: el hotel nuevo, el quiosco de diarios y revistas atendido por un actor que por la noche se prodigaba con García Lorca, la tienda de ropas del cubano-. Yo vivía unas calles más abajo, más cerca del bar. Al darme vuelta noté que la luz que tocaba el rostro de Elena la hacía aún más proverbial, acaso más bella y más anciana.

Elena movía sus labios y miraba un punto fijo. Su semblante era indescifrable: por momentos tenía apariencia de enfado, de completo enojo y enseguida parecía distenderse como si alguna idea, o alguna voz, o alguna imagen la calmaran. Con el paso de los segundos, casi imperceptibles, creí escucharle decir palabras, pero no estaba seguro. También se mezclaban entre su lengua y sus dientes, sonidos irreconocibles, más extraños que extranjeros. Pero había un relato, una cadencia de relato, una entonación de relato. Cuánto deseaba yo ser testigo de ese relato. ¿Estaría murmurando, quizá, algo sobre su pasado, sobre su infancia? ¿O a su edad aquello que se murmura es toda la vida junta, apilada, mezclada, confundida?

Pasó un tiempo que no pude medir. En ningún momento miré la hora. Quedé atrapado, envuelto, seducido por esa imagen del rostro de Elena, que iba oscureciéndose con el ritmo del declive del día. Sentí aprensión porque sabía que ella salía al balcón todos los días, bajo todos los climas, desde muchos años, a las cinco de la tarde. De las cinco a las seis. Como un ritual que solo la vejez comprende. Como un modo de detenerse a ver pasar el mundo. Me hubiera maldecido si por mi culpa, por mi obsesivo deseo de conversación, por esa interrupción imprevista, Elena perdiese su hora de pausa, ese paréntesis de ojos abiertos.

De pronto, cuando faltaban segundos para las cinco de la tarde, vi que Elena se movía, se levantaba, llamaba al perro, abría las puertas del balcón y salía hacia ese universo abierto. Daba la impresión que Elena no me había visto, como si yo no estuviese ahí.

Hacía frío, pero ella siempre estaba abrigada, todo el año, a cualquier hora. Se me ocurrió hacerme notar, despacio, para que ella no se asustara. Tosí a propósito.

- Se está bien afuera ¿verdad?- dije por decir, como la mitad de las cosas que digo.  

Sin girar su cabeza, sin siquiera dar muestras de sorpresa, respondió: 

- Sí, se está bien afuera. Afuera, sí. Adentro hay demasiados recuerdos. Demasiados.



domingo, 28 de julio de 2013

"No, no soy yo. Y sin embargo".


Hay vidas imposibles de sentir, de tocar, de percibir. Vidas de otros, en otros lugares, en otros tiempos. Fuera de mí. Fuera de aquí. Sin alcance, sin captura. Y sin embargo.

Podemos pensarlas, eso sí, a partir de nuestras propias vidas, en nuestro lugar, en nuestro tiempo. El resultado es, casi siempre, espantoso: como si se representara el amor o la guerra a través de un par de imágenes o un par de sustantivos y quedáramos satisfechos. Como si se destrozara lo mínimo en nada. Lo ínfimo en sombra.

La tentación de transformar una vida ajena en vida pasajera. Jactancia de ocupar lo insoportable y deshacerlo en suaves proposiciones. Temor a lo impropio. A lo verdadero. A lo que sube o desciende y ya no puede ser mirado. A lo que se aparta y no puede ser oído. A lo que se va y ya no permanece. Y aún así. 

Cualquier intento por ponerse en la piel de otro comete una herejía. Pues se trataría de una superposición, una usurpación, de un secuestro, un ultraje. No de una contemplación, no de una apreciación. No de una disposición. Y a pesar de ello.

¿Cómo sería posible estar por dentro, adentrarme, respirar y ahogarme en una edad que aún no tengo o ya tuve, de un cuerpo que no percibo, de un país que no habito, de una lengua que no hablo? Pero.

No hay modo de estar más allá de lo que somos. ¿Esto está mal escrito? ¿Es ser y no estar? Quiero decir: si cierro los ojos me encuentro conmigo, una y otra vez. Si cierro la boca, sólo encuentro mis pocas palabras. Lo mismo ocurre si me abro. Aunque.

Sería cuestión de alargarse un poco uno mismo. Pero alargarse como despedazarse, perderse, desvanecerse, dejar de saberse, volverse irreconocible. Arriesgarse a no verse repetido. O, al menos, tratar que lo que no sentimos, que donde no estamos, que lo que no decimos, tenga su otra gravedad, su propia espesura.

Habría que resquebrajar lo uno. Pensar mucho más tarde lo nuestro. O  tal vez no pensarlo nunca. Dejar de pensar. O pensar sin uno. Solo de sí mismo. Porque...    


(Fotografía: Gustavo Peralta).


Tal vez sólo una ficción nos ofrezca la posibilidad de otra ficción. Una vida que decimos que es nuestra gracias a un relato que es de tantos otros. Tantas vidas que no son nuestras gracias a un relato que es de uno solo. Siempre distintos. Contar es siempre fugitivo. Siempre forajido.     

Decir una vida es ponerla en otra travesía. Un recorrido de azares, de disturbios, aire enrarecido, interrumpido. Aquello que aún no comienza ni termina.

¿La vida es la ficción o es ficción la travesía?
Por ejemplo, sobran los ejemplos.

Un hombre con labio leporino que atraviesa Sudáfrica en llamas. No tengo labio leporino ni conozco Sudáfrica ni siento el ardor de las llamas. ¿Qué importancia tiene? No lo soy, pero podría serlo. Y ese podría, lo puede todo. Puede no es poder, es temblor, es casi, es quizá. No se dice: soy, en efecto, ese hombre. Así se diría: tal vez podría serlo. En algún pequeño fragmento. O en todo. 

O: un niño prodigio que canta y recita y es amado. No soy ese niño, ni soy prodigio, ni canto ni recito, ni soy amado como niño que canta y recita. ¿Debo serlo para conmoverme? ¿Debo ser exactamente lo representado? Ese niño deja de ser niño, deja de cantar con voz afinada, deja de recitar, deja de ser amado. No, no soy yo. Y sin embargo, otra vez, podría serlo en un instante de su trayecto, en un gesto, en una mirada.

No porque me conozco. Es, más bien, porque soy reconocido sin intención, por otro que escribe. Y, así, comienzo a desconocerme.

O: un hombre en la segunda guerra mundial, en medio de una trinchera, un olor nauseabundo, el imposible regreso, la mujer que espera. ¿Quién soy, qué soy: el olor, el agobio, la muerte, el hombre, la mujer o la espera? No soy, podría serlo. Una vez más. Podría serlo.

O: una mujer que es un hombre que escribe como mujer una novela sobre la historia de un amor imposible. O, quizá, otra mujer que envejece y no puede soportarlo. Ni sostenerlo, ni cambiarlo.  

En vez de una afirmación, una duda rotunda, completa, presente: lo que podría ser, si fuera. Lo que sería, sin serlo. Lo que estoy siendo porque otros han sido. Y así, sucesivamente: en descendencia y en ascendencia. Desde y hacia todos los lados.

Quisiera reconocer el olor del puerto a una hora específica en una ciudad de la edad media. No, no es quisiera, no es deseo, no es posibilidad. Es: querría. Lo impensable hecho imposible. Pero ahora cierto.  Cierto que querría.  

Querría sentir la brisa que recorre a Sócrates cuando pasea.
Querría estar en medio del cambio de estaciones en una aldea perdida, remota, incógnita.
Querría dejar de percibir el paso de las horas en una cárcel.
Querría no morir de repente, sino a los sorbos.  
Querría amar al revés, no hacia delante, sino a los costados.

No quiero imaginarlo por mí mismo. Solo. No alcanzo, no llego, no puedo. ¿Podría? Querría. Por eso.

Busco, desesperadamente, gestos que no son míos.


Y que, luego, tampoco, podrían llegar a serlo. 

sábado, 27 de julio de 2013

"Marina, en medio de su cuerpo".


(Marina Tsvietáieva)

Marina escribía cartas. Como otros salen a pasear. O miran los lirios. O buscan, incansables, el sentido de lo incierto. O se visten y se desvisten. O miran el paso de un cisne por un agua quieta. O, simplemente, descansan.

Marina iba y volvía de varios lugares, perseguida, exiliada, regresada, esperada, inesperada. María no tenía casa. Su casa era la escritura.

Vivía en el fuego.

De niña había sido indiferente a los juegos y amante apasionada por todo lo que podía ser leído y escrito. Indiferente a los propios, cautivada por los extraños: aristas y ristras de una mujer ausentada de dios pero no de la furia.

A los siete años ya todo lo sabía: “Todo lo que me gustaba, me gustó antes de cumplir los siete años, después ya no me enamoré de nada”.

Tenía un cuerpo largo, desmedido. Sus brazos caían hacia las páginas blancas y se hundían en la terquedad, en la franqueza, en una extraña danza de bienvenidas y despedidas.

Vivía en el fuego y en medio de su cuerpo.

Su lengua era el ruso, el alemán, el francés, pero también la lengua de los árboles, la patria del dolor, la pronunciación de la impaciencia.  

Escribía cartas e historias de pintores, de escritores.  Y versos. Versos como canciones, versos que bailaban más allá de los renglones, más allá de la justicia.

Vivía en el fuego y se le soltaba la lengua.

Se le soltaba la lengua y ya nunca más volvía: lo que decía se iba detrás de cada pregunta, de cada percepción, de cada trueno, de cada algarabía. 

Una hija murió en sus brazos, de inanición, de desatino.

Otra hija recuperó sus escrituras y las devolvió al mundo.

Otro hijo recibió la carta donde Marina le contó que se suicidaba.

Amó a los poetas, amó a Napoleón, amó a su marido, amó a todo aquel y a cada quién que le escribía. Amó porque quería amar y ser amada.

Se suicidó muchas veces. La última vez, fue la primera.

Marina vivía en el fuego y se ahorcó de verdad. Sin poder apoyar sus piernas.   Ni encontrar sus cartas. Ni llevarse los cuadernos.  


Murió. Aunque no debería ser cierto. Aún la leo.  

viernes, 26 de julio de 2013

"Ocurre que Julio".





(Fotografía: Gustavo Peralta). 


Ocurre que Julio no tiene prisa en estas latitudes del mundo. No es un mes, es una superficie extensa de encierro, de languidez,  de ocultamiento. No son treinta y un días. Son muchos más, porque se miden en pasos apresurados, en torpes regresos, en esa maraña de ropa que nunca revela al cuerpo.  

Ocurre que Julio se demora un poco más a cada año. Hace de las gentes un tendal de víctimas sin final. Los atrae en un huracán de toses y  blasfemias y gemidos y los devuelve débiles al mundo.  Los días tienen temor en asomarse, las tardes están confundidas con las sombras del desconsuelo y las noches se anticipan como desiertos sin rumbo.  

Ocurre durante julio que lo que estaba distante se abroquela, se arruga, se vuelve labio en declive, palabra profana. Las calles se alargan, los pájaros emigran y las puertas se cierran. 

Los ancianos no salen, los mendigos se nublan y los perros y la mayoría de los niños se sumergen en el tedio.  

Julio, de este lado del mundo, es el tiempo enemigo del tiempo. 

Para los mendigos, julio es el mes en que no pueden echarse en ningún sitio. Y es cuando más hablan solos. A veces se los ve corriendo detrás de un rayo del sol o frente a los árboles o encima de la luna junto a todos sus sueños. Hablan solos, pero dicen algo, dicen algo a alguien: a su propia infancia, a sus padres también huérfanos, a un fragmento aún lúcido de ellos mismos. Hablan solos porque necesitan decir siempre lo mismo, sin importar que otros ya no quieran escucharlos. Hablan solos para sostener los párpados de quienes ya se han muerto. Para que el frío pueda ser rebatido con sus palabras. Para que el amor no los vuelva a dejar en el umbral aciago de la penumbra. Hablan solos porque una conversación trunca les persigue desde siempre.  

Para algunos niños, julio es la insensata reaparición del consumo. No juegan: son envueltos en ropas desabridas y salen a toda prisa a llenar los museos, los cines, los centros comerciales. Acaban destrozados por el sueño y las rápidas comidas. Y se dan cuenta, demasiado pronto, que nunca habrá consuelo. 

Para los ancianos, julio es un destierro tirano. Si se vuelcan a las calles, un viento déspota los traiciona y los detiene. Demoran demasiado en dar la vuelta a la calle. Se enredan entre la memoria y el olvido. Se mueren más en julio que en cualquier otro tiempo. Quedan recluidos a invierno perpetuo y casi nadie los visita. 

Permanecen sentados frente a las ventanas, a la espera de que algo ocurra. A la espera de alguna visita. O de alguna voz. O de alguna palabra. Esperan, ahora. Y no en la absurda promesa de una la luz aún cálida, de una conversación aún cierta, a las siete de la tarde, sólo en el mes de setiembre. 

"El mundo de los hombres que callan".



Había un mundo donde los hombres se callaban.

Se callaban porque todo lo que decían no se encontraba en ningún sitio y, en su lugar,  sólo veían desolación y ausencia, bosques siempre renegridos y los despojos de un tiempo perdido.

Se callaban porque decían que sí cuando en verdad dudaban y rodeaban la piel viva de la incertidumbre con largos sonidos oscuros. Porque decían que no cuando lo cierto era que temblaban y soñaban y sentían. Y porque decían y decían y decían y no había nadie, ninguno, del otro lado.

Se callaban porque transformaron las grandes palabras en bocas partidas y perdieron de vista hasta secar las más pequeñas, las palabras dichas por primera vez, las palabras-sílabas.

Se callaban porque al decirse ya no se miraban. Se regodeaban, se ensalzaban, se engrandecían, se aniquilaban.

(Fotografía: Iván Castiblanco Ramirez). 

En el mundo de los hombres que se callaban, las mañanas comenzaban con gestos limpios. Las tardes no precisaban sonidos ajenos. Y por la noche, en vez de hablar, escuchaban.

Escuchaban a los niños que sí hablaban. Escuchaban a las mujeres que sí hablaban. Escuchaban la tierra que sí hablaba.

Y se detenían. Se daban cuenta que escuchar era más largo que hablar, más hondo, más claro. Percibían con asombro cuánto el mundo era más interesante que ellos mismos.

Por fin, regresaban a la vida a la que habían perdido porque sólo invocaban su  nombre sin pronunciarla. Volvían a la vida a la que habían fatigado por tantas declinaciones sin motivo.


Los hombres se callaron y, así, descubrieron la humedad, el deseo, la abertura de los párpados. 

Y, también, por acaso o por asombro, descubrieron la escritura. 


"Anna y todas sus edades":

(Anna Larina y su hijo Yuri).
Anna tuvo doce años.  
Luego veintiuno. 
Luego cuarenta y dos.  
Luego setenta y cuatro. 
Luego ochenta y dos. 

Luego murió.  

Pero hay edades que nunca tuvo. Que nunca pudo. 

No tuvo la edad de la serenidad, cuando la serenidad es la palabra-pausa, la palabra-tiempo. 

Ni la de la rebelión, cuando la rebelión no es sólo contra qué sino también junto a quién.  

Ni la del aire libre, cuando el aire libre es la respiración que se decide por voluntad propia, en cualquier sitio y a cualquier hora. 

Ni la de la soledad, cuando la soledad es el la voz del cuerpo, el secreto más cierto, el más callado. 

Ocurre que hay personas con edades interrumpidas.  O mezcladas. O salteadas. O prohibidas. O mutiladas. O condenadas. O desterradas. 

Como los niños de madres muertas. 
Como los hermanos de los hermanos perdidos. 
Como las abuelas de nietos desaparecidos. 
Como los amores quietos, suicidados. 

Cuando Anna tuvo doce años su padre leía y leía y ella jugaba con las voces inmensas del tiempo y la memoria, de la historia y del cigarro. 

Cuando Anna tuvo veintiún años se casó con un hombre que enseguida sería asesinado, quizá sin tiempo para ser hombre, casi sin tiempo para ser padre. 

Cuando Anna tuvo cuarenta y dos años volvió a ver a su hijo, veinte años después de haberlo perdido y sin nunca haberlo abandonado. 

Cuando Anna tuvo setenta y cuatro años recibió la carta de despedida de su marido, una carta escrita mucho tiempo antes, una carta que demoró cincuenta y cuatro años en ser leída.  

Cuando Anna tuvo ochenta y dos años, murió. 

Para no morir, habría que tener todas las edades. 

Para no matar, habrá que ofrecer todas las edades.

jueves, 25 de julio de 2013

"Una niña ignora que será poeta".



(Marina Tsvietáieva con su familia, imagen tomada de: http://misredesrusas.blogspot.com.ar/). 


Una unidad de tiempo no es una unidad de sucesos ordenados: ¿cómo podría serlo? Para que dos o tres hechos que ocurren al mismo instante tengan alguna relación es necesario inventarse más de un tercio de la historia, disimular sus pliegues, eludir la tentación de la moral e, incluso, rehuir de la intemperie de lo ajeno. 

¿Qué es la historia o su relato sino la incapacidad para explicar cómo es posible que una  mujer ame en el límite de sus fuerzas sin que haya ya nadie de la otra parte? ¿O que en el mismo minuto en que se desata una guerra, en otro sitio haya un hombre fumando indiferente? ¿Qué relaciona a un ciego que no acaba de cruzar la calle con una señora que pasa horas mirándose en un espejo? ¿Cómo es posible siquiera imaginar que a un dolor le corresponde, a la vez, un silencio, un desatino o nada? 

La historia de lo humano es la historia del quizá y del casi. 

Quizá si alguien se hubiera dado cuenta de algo, quizá si aquel niño no se hubiera escapado ni golpeado fatalmente su cabeza, quizá si dos individuos se hubieran conocido antes, quizá si el terremoto hubiese comenzado lejos de  aquí. Quizá si no hubieras dicho aquella palabra. Casi seríamos distintos, casi otra cosa, casi en otra parte, casi sin desearlo, quizá sin reconocernos. 

En el infinito entramado de azares que es el mundo a veces ocurre que diferentes personas no se crucen ni se conozcan de milagro. Algunos parten siete segundos antes que otros o se enredan en una conversación que los hace llegar más tarde o están en el sitio donde jamás deberían estar o son gente que nunca sale. Algunos se han detenido sin motivo, otros se han distraído, otros se han ido cuando no correspondía y todavía otros estaban a punto de decir algo que callaron o hablaron demasiado cuando lo oportuno era un silencio cauto, retraído. 

La vida es un compendio inexacto de quimeras: tener una vida no significa otra  cosa que ser capaces e incapaces de otras vidas. El destino es una palabra que solo puede pronunciarse un poco antes de la muerte. El porvenir es una encrucijada que no espera. El pasado crece a los lados como si el cuerpo no lo contuviera. 

Una niña juega sentada sobre la hierba, mientras su padre fuma un tabaco fuerte. La niña no sabe qué le tocará en suerte. Quizá alguna vez recuerde el aroma mezclado del tabaco y de la hierba. Pero no tiene idea de lo qué será cuando, después, se le pregunte quién sea. Esa niña juega con otra niña y no sabe que ya no la volverá a ver jamás, no prepara su vida, no anticipa los días, no tiene otra pretensión que hacer durar la atmósfera. Ni siquiera repara, ahora, que su padre lee apoyando el libro sobre su brazo quieto. Ignora que le tocará una vida de difamación, de memoria aturdida y de encierro.    

Un hombre y una mujer aún no se conocen, porque aún son un niño y una niña. No saben que se conocerán, ni tienen idea alguna sobre un barco que navegará treinta y dos días hacia una patria extranjera. Ella aún tiene el cabello rojizo y él todavía pasa horas en la escuela. Todo lo que ahora hacen no conduce a ningún encuentro. A ninguna parte. A ningún recuerdo. 

Una niña ignora por completo que será una poeta muy reconocida fuera de su tiempo, aunque de muy pequeña pasa las horas dibujando y escribiendo y ya los seis años cree saberlo todo. Jamás ha pensado que tendrá tres hijos y que uno de ellos, la más pequeña, morirá por inanición demasiado pronto. Tampoco elabora su futura sensibilidad extrema, ni cocina a lentitud de fuego un amor que le será eterno. 

Un niño de diez años se escapa de la siesta con su primo de once años. Mientras recorren el camino hacia el agua profunda, solo imagina alegrías: está completamente ausente del golpe en la cabeza contra una piedra que hará que en minutos deje de tener un primo. No sabe, siquiera, que con el tiempo el recuerdo será amargo, pero solo eso: un recuerdo. Ni tampoco sabe que su vida tendrá poco que ver con todo lo que allí está presente: las siestas, las rocas, su primo, sus diez años.  

Todos vemos ahora algo que por ahora no entendemos: la vida y la muerte, en apariencia ajenas.  

Nadie sabe qué vendrá. Por eso la vida es tanta. Y tan breve. 

miércoles, 24 de julio de 2013

"Anna, en tres arrugas".


Casi al mismo tiempo en que mis abuelos emprendían su inevitable travesía hacia América, Anna era arrancada y arrastrada por una inválida y absurda proclamación de justicia hasta una oscura región de vientos, convulsos e interminables, en nombre de otro exilio: el exilio del cuerpo, el desgarro de quedarse a solas, sola de soledad impropia, el encierro de una voz pequeña que, entonces, sólo podría curvarse hacia dentro, hacia la patria del silencio, como única confesión posible.

Cuando supo que venían a buscarla, Anna dejó a su hijo de un año y siete meses al cuidado de su ama de llaves, miró hacia los lados para guardarse algunos pocos detalles –la lámpara todavía encendida, los libros con su lomo hacia dentro, los papeles que no pudo ocultar a tiempo-, bajó la cabeza casi hasta los pies –el abatimiento es eso: una espina dorsal ya sin huesos- y arrastró su caminar hacia la salida del hotel donde vivía.

Unos segundos cuyo peso era equivalente al paso de tres siglos de zares; unos segundos que la envejecieron como si se hubiera expuesto a una humillación definitiva; unos segundos metálicos, como de trescientas sesenta y cinco batidas ingrávidas del corazón, de setecientos treinta dolores de muelas, de mil cuatrocientas sesenta irritaciones truncas en el cerebro.

Los agentes que vienen a buscar gentes para llevarlas a prisión son todos iguales: más oscuros que la noche de un vejamen, más densos que la niebla, más indignos que el hambre, más necios aún que la justificación de su necedad. Hablan, pero no necesitan decir nada: su presencia es ya esa única frase que de algún modo el terror ha escuchado antes. 

Llegan a la cita con la puntualidad de la muerte, se ríen porque sienten placer por la infamia y la desgracia les es ajena. A veces llevan un papel doblado para dar formalidad a su atropello y fuman en las puertas de las casas como una muestra de su perversa masculinidad. 

Quienes vinieron a buscar a Anna eran exactamente así: crueles en el silencio, absurdamente recios, ocultando los ojos detrás de unas gafas baratas y sucias. Anna no los miró pero los recordó para siempre, como se recuerda al infausto autor de un genocidio, como se recuerda la causa de una  lágrima infinita, como nunca es posible olvidar la tormenta que desvía el alma hacia un resguardo vano.

¿Cómo se puede caminar hacia el sitio incógnito y absurdo del confinamiento, del hastío y de la inmundicia? ¿Qué orden es capaz de dar una mente exhausta a sus propios pies vencidos?

La tensión de esos pasos quedó para siempre marcada en la piel de la frente Anna; una frente hasta aquí sin pliegues y que ahora dejaba ver tres arrugas: la arruga del esposo asesinado, la arruga del hijo a quien no volvería a ver sino veinte años más tarde y la arruga para ella reservada. 

Tres arrugas como un alambre de púa, como una separación cortante, como la definitiva descomposición de una vida en tres irremediables pérdidas.

En agosto de 1937, tiempo después de haber pasado por abominables torturas, Anna escribió en el aire e inscribió en su memoria estos versos que sólo ahora conocemos:

“Bajo las cejas, espesas como arbustos /
brilla una mirada sombría /
Sobre la ancha frente, puentes de arrugas
como una sentencia de muerte”. 


martes, 23 de julio de 2013

"El mundo de los hombres que lloran".


Había un mundo donde los hombres lloraban todo el tiempo. Pero no lo hacían por cualquier cosa. Por ejemplo: solían llorar porque una rama se había casi desprendido de un árbol. O porque la luna no estaba aún del todo llena. O porque quizá había demasiada prisa por las calles de los números impares. O porque habían percibido que algunos, entre ellos, no eran del todo frágiles o del todo fuertes. El único llanto prohibido era el llanto porque sí. Nadie podía llorar por llorar. 

En un principio parecía que los hombres lloraban a toda hora, en cualquier lugar, por cualquier motivo, pero era una percepción equivocada.

Había una hora en particular, las siete de la tarde, cuando se escuchaba con nitidez -pero en absoluto desorden, sin ninguna placidez en la melodía- esa atmósfera inusual del murmullo de las lágrimas. No era casual: las siete de la tarde es la hora en que la luz se disemina por los perfiles, se acomoda en los contornos y ya no señala hacia nada, ni acusa a nadie, a ninguno.

Los hombres, quizá por cierta prudencia o por decoro o por pura imbecilidad, salían a llorar hacia lugares precisos, alejados de sus hogares pero no muy lejos de las causas que provocaban el llanto: tomaban algo que podría llamarse una distancia mínima, o distancia cercana, o distancia próxima. Se apoyaban en el tronco de un árbol, se sentaban al borde de una acera despoblada, caminaban despacio por los márgenes del río, buscaban escondites sombríos. Y lloraban sin parar. 

Preferían no encontrase con nadie a esa hora, pues sabían que para que un llanto fuese verdadero debían estar en soledad: ése era el llanto de los hombres por el momento solos.

El llanto no duraba demasiado tiempo, no era una cuestión de duración, sino de intensidad.  Llorar no era un acto privado, pero sí íntimo. A esos hombres les parecía impropio llorar en grupo o delante de otro hombre que también lloraba. Había que salir a llorar, irse de uno mismo, de lo propio y de los demás, para llorar realmente. Además, no les gustaba causar remordimiento, ni complacencia, ni lástima con sus llantos.

¿Pero porqué lloraban? A los hombres les angustiaba sobremanera todo lo que fuera casi y todo lo que fuese quizá. El sentir casi un peligro, el tener quizá un amor, el saber casi algo, el no poder quizá realizar un sueño, el pensar casi lo mismo, el quizá algo podría ocurrir en otro momento. Detestaban el mundo de los casi y los quizá. Preferían una vida de blancos y negros, por más terrible o mediocre que fuese.    

Durante el llanto los hombres se mantenían únicamente ocupados en llorar. Como en ningún otro momento del día y de la noche, era allí cuando lo humano se revelaba tal cual se suponía que debía ser: no había postergaciones, ni certezas, ni explicaciones, ni trampas. Todo era indecisión, fragilidad, despojo; pero también todo no dejaba de ser austero, honesto, transparente. 

En el mundo de los hombres en llanto se creaba una complicidad inédita, aunque terriblemente solitaria, que duraba hasta el cuarto de hora siguiente, casi al borde del comienzo de la noche, quizá antes de volver a hablar, casi antes de pensar. 

(Fotografía: Gustavo Peralta)

Justo en ese instante, una mujer los interrumpía.
 Sí, una mujer interrumpía los llantos de los hombres y les ofrecía una tregua.

Era una mujer sin edad, sin rostro, que nunca aparecía de frente: era cualquier mujer y eran todas las mujeres. Una mujer que tenía a un lado el sol y a otro lado la luna. Era una mujer que, como Venus, estaba llena de cicatrices, de una descomunal e hiriente belleza.

Los hombres, confundidos, detenían el llanto. Pero apenas el último hombre dejaba de llorar, la mujer les impedía el habla para que no intentaran comenzar a explicar el llanto, hacer teorías, escribir terribles poemas o arrepentirse de inmediato. La mujer decía con voz firme: “Ahora podrán decir. No hablar, sino decir. El lenguaje solo es posible sin llorar y sin hablar. Así podrán decir cada cosa, aunque nunca podrán decirlo todo”.

La mujer se iba despacio. Si su aparición dejaba perplejos a los hombres, su partida les provocaba un nuevo e inevitable llanto y se sentían incapaces de decir.

Hablaban todo el tiempo, eso sí, de la mujer que recién había llegado y que ya se había ido.  


La mujer los dejaba alterados, inquietos, extraños.  

Quizá sin poder hablar. Casi sin dejar de llorar. 



"Anna, en dos minutos".



(Anna Larina)


Por una ínfima hendija –la que estaba 
en el baño, en ese baño que no era sino un agujero cada vez más horadado por los excrementos y los líquidos de todas y de cada una de las mujeres presas- Anna lograba mirar hacia fuera, hacia lejos, hacia más tarde, hacia después. Eran exactamente dos minutos al día los que le daban para deshacerse de lo poco o nulo que en el cuerpo le sobraba. Una concesión de la mezquindad y del espanto. A las 7.15 de la mañana. 

Cuando en un algún sitio se calcula el tiempo de la defecación que le corresponde a una persona, es que ya se ha suprimido el tiempo y se han destrozado las personas. 

Pero Anna amaba ese momento, tanto como amaba poder conversar dos minutos con la cocinera en ese pasillo helado donde se encontraban y desencontraban fugazmente a las 17.15 de la tarde. 

Un día era eso mismo: el instante de la orina y la mierda con la mirada lejos; el instante de las poquísimas palabras que se desplegaban. El resto del tiempo era la soga al cuello, el trabajo forzoso y forzado, la nieve como espanto acostumbrado, el pensamiento que sólo piensa apenas para eludir lo siniestro, el silencio atroz de toda la verdad inconfensable. 

Durante los dos minutos en el baño Anna recitaba sin voz, en su cabeza, sus debilitados poemas, para no olvidarlos. ¿Cuánto de poesía cabe en ciento veinte segundos? Anna lograba recitar exactamente tres poemas suyos, cada vez los mismos, cada vez los distintos. Su estómago por un lado, sus palabras por el otro. Como en una escisión vital Anna debía descargar los trozos de mendrugos enalteciendo con su boca cerrada todos los demás sonidos. 

Durante los dos minutos en que podía conversar con la cocinera, elegía muy bien las palabras a decir y las palabras a escuchar. Era una cosa o la otra: a veces era un minuto para escuchar cualquier cosa y otras veces un minuto para contar algo. Cuando hay sólo dos minutos: ¿es mejor escuchar o hablar? ¿Sentir aquello que podría ser la última frase, la última voz? ¿O intentar dejar un rápido y vertiginoso testamento? 

Cualquier cosa es mucho más que un silencio de décadas; cualquier cosa lo es todo frente a la ignominia; cualquier cosa pone en marcha el corazón y despliega los pulmones, los oídos; cualquier cosa dicha que dure un par de minutos. 

Decir: “¿Has visto como se juntan las hojas de los árboles y se arremolinan danzando en el mismo sitio, sin quitarse de allí ni añorar el paso del viento?”.  

O decir: “Ayer por la noche tuve un recuerdo que no puedo confesártelo, que hizo que me acariciara el pelo, buscara mi vientre, me escapase lejos y regresase sin que nadie lo advirtiera”. 

Escuchar: “Haré una carne con las reses muertas agolpadas en el campo. Una carne que no será roja y que tendré que machacar durante horas y horas”. 

O escuchar: “Si algún día regreso a casa le pediré a mi marido que me haga cuatro hijos y me cocine durante cinco días seguidos”.   

Dos minutos a través de una hendija donde sólo es posible apoyar un ojo o una boca, pero no los dos al mismo tiempo.

Dos minutos en el baño. O a lo largo de un pasadizo helado. 

Dos minutos para escuchar. O para decir. 

La vida no es otra cosa que la irremediable y entrañable duración de dos minutos. 

lunes, 22 de julio de 2013

"Elena, nieva".


Un paisaje está hecho de desórdenes que sólo la mirada consigue componer, aún con enmiendas ajenas o fragmentos inventados. El panorama urbano en una metrópolis abierta se presenta como una secuencia impura de tumultos, alocados transportes, mercados, caballos, el golpe de las persianas y calles cuyo recorrido ha sido pensado antes, en otro tiempo, para otras personas, para otro caminar.

Es extraño que una ciudad ofrezca paisajes, escenas largas, mientras que el individuo esté puesto dentro y anónimo, tan adentro y tan anónimo que va perdiendo su voluntad de mirar,  de apreciar lo que está más allá de los cuerpos de los transeúntes, las sombras que se sueltan de cada quien y recorren su propio camino.

Los tiempos convulsos impiden aún más el paisaje y se concentran, obstinados, en la disputa por milímetros de rebelión y ensueños.

Más allá de las ciudades, allí donde la vista no alcanza a pensar ni a pensarse, la geografía toma sus propias decisiones y elabora dimensiones raladas o desmedidas abundancias. Cuando el paisaje no se ve interrumpido, entonces despliega sin remedio la aridez infinita, el río incesante, los accidentes imprevistos.

Los paisajes nevados cargan con un destino de agua. De agua verde y exagerada luz. Un árbol se recubre de nieve y se vuelve pino o abeto o abedul. En cambio si un pájaro se detiene en una estepa, es probable que no encuentre jamás su nido.

Los pájaros de las estepas no tienen la suerte que sí tienen los pájaros del Himalaya, que nacen cuando el huevo desciende de los cielos altos y aprenden a volar al mismo tiempo que aprenden a respirar. Pero los pájaros del Himalaya que no aprenden a volar durante el primer vuelo no respiran y tampoco tienen la suerte de los pájaros del Cuzco, ésos que ocupan el largo del terraplén y  las terrazas y realizan ceremonias nuevas cuando ya nadie los ve.

La nieve, en cambio, no depende de ninguna suerte y no toma ninguna decisión: lo hace por ella la atmósfera enardecida de frío.

Cuando hay veinte o treinta grados bajo cero lo único que sobrevive es la nieve y los habitantes que nacieron allí sin protestar. ¿Cómo es posible pensar si hay que correr de prisa para no detenerse de una vez y para siempre, si no es posible dejar la mente en blanco, porque el blanco ya lo recubre todo?


Entonces Elena –esa Elena que aún tiene 19 años y que vive entre la nieve-  imagina que pensar es como oscurecerse, escribir  es interrumpir lo más posible el vacío de una página y amar es cobijarse en un blanco común. 

Quizá en otro sitio. 
Quizá de sol. 
Quizá definitivo. 

sábado, 20 de julio de 2013

"Elena, Anna y Marina, en un abrir y cerrar de ojos".





(Marina Tsvietáieva)




(Anna Larina)


(Abuela Elena)


Una noche soñé con una fotografía nítida, imposible. El retrato sepia, ajado pero exacto de Elena, Marina y Anna juntas. ¿Cómo podría ser? Un sueño, me dije. Yo mismo  soñándome y sosteniendo la imagen y mirando la fotografía con una ternura de la que no soy capaz. Eran mis manos, era mi cuerpo, lo se. Y también eran ellas,  las tres, cada una: Elena, sonriente. Marina, desafiante. Anna, infinitamente triste. Alrededor de la foto, nada. Eso es lo que produce el sepia: un árbol se parece el cielo, el cielo se mezcla y funde con las cabelleras, la sequedad y la humedad se confunden entre sí y la tierra y el horizonte no se encuentran jamás. Pero el sepia muestra algo que ninguna otra tonalidad consigue: nos conduce directamente hacia los rostros, hacia la patria de los gestos y parece que hay allí algo que quisieran decir, decirse o decirnos.

El sueño duró un poco más porque yo no quería despertarme de ningún modo. Quería seguir aferrando una fotografía tan inexistente como presente. Como aquella otra noche: había soñado que sostenía un libro, que marcaba una frase, la frase que –estoy seguro de ello- contenía el título de un libro que quería escribir hace mucho tiempo: un libro sobre un hombre que decide darse una pausa y ya no puede salir de ella por más que lo intente. La frase era tan certera, tan verdadera como un acantilado. Nadie pudo nunca haber escrito esa frase. Era perfecta y recuerdo que me dolían los ojos al leerla y me temblaban los pies al intentar remarcarla. Mientras soñaba la frase y en el sueño quería subrayarla, no lograba hacer funcionar el lápiz negro. Y la frase se corría o se descorría o llovía encima del libro y la página se vaciaba, se emblanquecía poco a poco, robándome cada una de las palabras y las letras. Todavía ahora siento la conmoción por haber descubierto una frase ideal que ya no recuerdo en lo más mínimo.

Pero al igual que con la frase,  al abrir los ojos la fotografía también se evaporó, se hizo un remolino y se fue. Y es que un sueño acaba cuando se abren los ojos; sin embargo los ojos están abiertos cuando uno se está soñando a sí mismo. Me desperté y lo único que podía recordar eran tres fotografías por separado, ya no sepias, ya no juntas. En el sueño las reuní en una sola, el sueño hizo más posible algo casi posible: de hecho mi abuela pudo y quiso haber estado con Anna y Marina, aunque Anna y Marina nunca estuvieron nunca juntas. Era mi propia abuela esa amiga que reunía a las dos personas que ella más quería: Anna, la de la condena sin fin, la de las memorias incesantes, la de los poemas guardados entre los dientes; Marina, la del amor extremo, la que vivió en el fuego,  la de soga al cuello.


Y aquí estoy yo esta mañana de julio: con una imagen que no puedo recomponer y una frase que no puedo pronunciar. Soy un recuerdo –magro, debilitado, al mismo tiempo impotente e imponente- de dos sueños que duraron, como siempre, apenas un abrir y cerrar de ojos.   



"El último de la especie", a propósito de Vida y Época de Michael K, de J. M. Coetzee.


La exuberancia y el desborde de cada identidad. El deber de decir ‘yo soy’ y ‘aquí estoy yo’. Tener que sobreactuar la presencia y la existencia. Deber ser algo en la vida. Anunciarse y enunciarse. Tener que representarse y narrarse a cada minuto. Decir presente. Dar el presente. Imperativos de la época: nada ni nadie puede abandonar el centro, quitarse, replegarse, anonimarse. Nada ni nadie puede asumir para sí invisibilidad, ni arrogarse algún derecho de no pertenecer. Todos y todas en la celebración del nombre propio, a partir del cual todo puede decirse, desdecirse y contradecirse.

Razón de la época: si no se es nombre y apellido se es ninguno, se es nadie. Si no hay profesión, actividad,  posición, decisión, ascensión, los demás comienzan con su impaciencia, su exigencia. Ley de la época: no dejar a nadie en paz, hacer de lo común un embudo, un sendero abismado por el vacío y las serpientes y los muchos consejos y las alimañas del progreso. Espíritu de la época: mostrarse, hacerse ver, publicar, producir, proceder, notarse, hablar. No hay espectador que desee, expectante, su anonimato. 

Sin embargo: anónimo puede ser otra cosa. No el que no tiene nombre sino, quizá, quien no quisiera ser sometido al aquí y ahora. Ni mediocre ni perezoso ni tímido. Ser anónimo habla de un pedido de silencio hacia uno mismo y sin comentarios después. Habla de una posición indescifrable para los que sólo perciben el mundo como arriba-abajo-medio, o dentro o fuera, o centro-periferia. Habla, tal vez, de un deseo persistente de no ser molestado, de no ser convocado, de no ser llamado, de no ser involucrado, de no ser partícipe ni participante. Bartleby, aquel personaje de la novela de Melville, también podría ser una ajustada expresión del carácter anónimo. En su única expresión: “I would prefer not to” (“preferiría no hacerlo”), no sólo habita lo cómico, lo literal, la indisposición, el abandono de la conversación, la sospecha de demencia y la incomprensión de los demás, sino también un deseo de retirarse, de no tener que hacer todo lo que le piden, de no responder siempre con un sí, de no someterse a la repetición de una tarea siempre repetida, siempre la misma.

El mundo ha estado y está repleto de anónimos importantes, entre otros: el anónimo de Rávena (conocido, luego, bajo la compilación de textos de un cosmógrafo cristiano del siglo III); el Gallus Anonymus (cronista que influyó sobre la política de Polonia); más recientemente, el nombre Anonymous (una comunidad o subcultura de usuarios de Internet que realiza atentados en la red).  El anónimo es, literalmente, ser sin nombre. Pero ser. Existencia. Por ejemplo: Anonyumus IV, aquel estudiante inglés que cumplió tareas en la Catedral Notre Dame en París, hacia 1270. Nadie sabe quien fue, nadie sabe su nombre, pero existen sus escritos. Dio nombre a otros nombres, aún quedándose en el anonimato. Por él se supo de la Escuela de polifonía y de dos grandes compositores, Leonín y Perotín. 

El anónimo es, literalmente, un ser sin identidad. Pero con vida. Viviente. Por ejemplo: Michael K, aquel personaje de labio leporino[2] que construyó el escritor John Maxwell Coetzee, haciéndolo atravesar toda una Sudáfrica en guerras con la única voluntad de esparcir las cenizas de su madre y, enseguida, iniciar un viaje de ansiado anonimato. Michael K se esconde una y mil veces y no logra cumplir con su deseo de no ser perturbado; prefiere no conversar con nadie, pero es interrumpido por infinitas preguntas. Prefiere la soledad, pero siempre hay alguien más, muchos más. 

Es la metáfora de la imposibilidad del quitarse, del preferir no estar y no poderlo, una pesadilla interminable donde nadie parece dejarlo en paz. Es un nadie acribillado a incógnitas que otros no pueden soportar para sí; es un sin nombre al que nadie dejará de etiquetar insistentemente: “(…) Quiero conocer tu historia –escribirá el médico de un internado-. Quiero saber por qué precisamente tú te has visto envuelto en la guerra, una guerra en la que no tienes sitio. No eres un soldado, Michael, eres una figura cómica, un payaso, un monigote (…) No podemos hacer nada aquí para reeducarte (…) ¿Y para qué te vamos a reeducar? ¿Para trenzar cestas? ¿Para cortar césped? Eres un insecto palo (…) ¿Por qué abandonaste los matorrales, Michael? Ese era tu sitio. Deberías haberte quedado toda la vida colgado de un arbusto insignificante, en un rincón tranquilo de un jardín oscuro”. [3] 

El desprecio por el anonimato de Michael K es evidente. Como si el ser anónimo fuera sinónimo de radical fragilidad, de desperdicio, de estiércol. Como si el anónimo no pudiera vivir entre los nombres y debiera quitarse de la vista del mundo. Como si fuera imposible enseñarle algo al anónimo. Anónimo que ya es considerado muerto y, a la vez, un testigo insoportable de otros modos de existencia. 

Será el mismo médico del internado quien encontrará el modo de apreciar a Michael K. Una manera de hacer justicia con quien no pretende transformarse, ni ser mejor ni peor, ni normal, ni nada: “Soy el único que ve en ti el alma singular que eres (…) Te veo como un alma humana imposible de clasificar, un alma que ha tenido la bendición de no ser contaminada por doctrinas ni por la historia, un alma que nueve las alas en ese sarcófago rígido (…) Eres el último de tu especie, un resto de épocas pasadas”.[4]

Quizá Michael K sea como otros seres singulares que desean apenas susurrar, imaginar con austeridad otro tiempo y otro lugar posibles. Seres que quieren ser dejados en paz, fuera de las cosas innecesariamente necesarias de este mundo, sin ánimo de transmisión: “Mi madre fue aquella cuyas cenizas devolví a este lugar (…) Mi padre fue el reglamento del dormitorio (…) Por eso está bien que yo, que no tengo nada para transmitir, pase mi vida aquí, apartado de todo”. [5]

Las cenizas, ya esparcidas, son anónimas. En una tierra o en un océano anónimo. De un cuerpo anónimo que alguien, tal vez, recordará o no.

Hay en el mundo quienes quieren apartarse, retirarse, sin querer decir ni hacer nada. De eso se trata la virtud del anonimato; de quererse anónimo.  Y no de ser vueltos anónimos por el vértigo insufrible de una permanente e inexpresiva necesidad de acción, necesidad de enunciación, necesidad de estar, siempre, presente en el presente. De querer confrontarse, incluso sin quererlo, al barullo reinante. 

Con ese suave murmullo que proviene del silencio, el silencio que nunca se sabrá si fue pronunciado, si dijo algo, si quiso decirnos algo. 




[2] “Lo primero que advirtió la comadrona en Michael K cuando lo ayudó a salir del vientre de su madre y entrar en el mundo fue su labio leporino. El labio se enroscaba como un caracol, la aleta izquierda de la nariz estaba entreabierta. Le ocultó el niño a la madre durante un instante, abrió la boca diminuta con la punta de los dedos, y dio gracias al ver el paladar completo. A la madre le dijo: -Debería alegrarse, traen suerte al hogar” (John.Maxwell Coetzee. Vida y época de Michael K. Barcelona: Literatura Mondadori, 2006, pág. 9).
[3] Ibídem, págs. 155-156.
[4] Ibídem, pág. 158.
[5] Ibídem, págs. 111-112.